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Portada de la novela ¡Sorteé a mi esposo y me salió un bombón!

¡Sorteé a mi esposo y me salió un bombón!

En su vida pasada, la heredera de los Molina eligió casarse con Alonso Rivas, una decisión que la llevó a la ruina familiar y a una muerte trágica provocada por los celos de la amante de su esposo. Ahora, tras regresar en el tiempo a su vigésimo cumpleaños, decide no repetir el error. Elige al azar una fotografía entre los candidatos y el destino la une a Alejandro de la Vega, un magnate austero y espiritual. Sin embargo, al presentarse con su nuevo prometido, la obsesión de Alonso despierta con furia.
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Capítulo 3

—Y además, Daniela luce mejor en vestido largo que tú.

Daniela me dio la espalda, altiva; su porte de reina se mostraba sin filtros. Pero su voz fingió modestia:

—Si a la señorita Molina no le parece, no pasa nada. Este vestido se ve finísimo; no es para alguien como yo…

—¿Qué tonterías dices? —la interrumpió Alonso—. La mujer que amo no es “alguien como”. Y tú, Luisa, también vives a costillas de tus padres; de “alta” solo tienes tu apellido.

Dicho esto, le entregó el vestido al maestro sastre.

El maestro no cambió el gesto. Siguió esperando mis indicaciones, impecable. Desde el bisabuelo de su bisabuelo, la familia Molina ha sido su mejor cliente.

Esa deferencia encendió la rabia de Alonso.

—Tú…

—Si a la señorita le gustó, que lo use —lo interrumpí.

Alonso por fin relajó el ceño.

—Mira, por portarte “correcto”, cuando nos casemos puedo acompañarte a comer una vez al mes.

Su tono, como quien lanza una migaja de cariño, me reveló algo que no había querido ver. Desde que supo que los Molina estamos arriba de todos y que los Rivas ni figuran en el top diez, su forma de hablar cambió. Yo antes admiraba su juventud sin miedo, su manera de no medir a la gente por dinero. Pero desde entonces se la pasa diciendo “ustedes los Molina”, recordándome que “soy lo que soy por mis padres”, hiriéndome a propósito porque sabe que lo quiero.

La verdad, es complejo de inferioridad.

La lucidez me sacó una sonrisa.

—Alonso Rivas, ¿de dónde sacas que el hombre con el que voy a casarme eres tú?

Él alzó una ceja, desdeñoso, como si hubiera escuchado el chiste del año.

—Me seguiste desde niña. Cada cumpleaños pedías lo mismo: casarte conmigo a los veinte. Ya llegaron tus veinte. ¿De veras vas a casarte con otro?

Daniela, recargada en su pecho, dejó caer un hilito de burla.

—Bueno, con el nivel de los Molina, hay herederos de todo el país haciendo fila.

—Aunque todos hicieran fila —remató Alonso—, ella solo querría ser mi esposa.

Se dieron la vuelta. Antes de cruzar la puerta, Alonso todavía alcanzó a ordenar:

—Cuando esté listo, manden el vestido a mi casa. Y esas mancuernillas cursis, cámbienlas a cuadro. Nada de iniciales.

El maestro lo siguió con la mirada y soltó un suspiro.

—Señorita Molina, usted dirá…

—Si ella lo quiere para hoy, que lo lleve. Yo diseño otro —me senté de nuevo, trazando líneas sobre el papel—. Y no haga caso con lo de las mancuernillas. El novio no es él; no tiene derecho a meterse.

Esa noche había cumpleaños de una amiga. A mitad del brindis, Daniela apareció con retraso, detrás de ella el guardaespaldas de Alonso. El hombre dejó a mis pies una bolsa roja de plástico.

—¿La señorita Molina ya se había desesperado? —canturreó Daniela—. Iba a regresarte el vestido al salir del concierto, pero Alonso quiso que nos quedáramos un rato en el auto y… bueno. Tú eres famosa por tu gran paciencia. No te va a importar, ¿verdad?

Bajé la vista. El vestido—valuado en tres millones de pesos—yacía hecho un trapo. La seda roja arrugada, con manchas blanquecinas que resaltaban como bofetadas.

A mi alrededor, el murmullo se partió en dos: voces indignadas y sonrisas envenenadas.

—Le provocan en la cara y ella ni se inmuta. Sí que lo trae clavado a él.

—¿Y de qué le sirve? Alonso solo ama a Daniela.

—La heredera de los Molina, arrastrándose así… Al paso que van, las empresas de los Molina acabarán con apellido Rivas.

Aparté la mirada del bulto y levanté la mano.

—Llévense eso. Tírenlo.

Luego, a Daniela, sin subir la voz:

—Si te gustó, quédate con la anécdota.

Mi tono seco apagó su lucimiento como agua sobre chispa. La sonrisa se le quebró. Cerró los puños y caminó, rígida, hacia su mesa—la última, la que le habían asignado a ella.

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