
¡Sorteé a mi esposo y me salió un bombón!
Capítulo 4
A los pocos minutos, la cuenta de Daniela, con millones de seguidores, se volvió tendencia.
“Un día perfecto es usar un vestido que te queda a la medida, tomar la mano del amor de tu vida y escuchar nuestra música favorita,” escribió.
La foto: ella y Alonso, dedos entrelazados, beso de portada.
Cuentas de chismes y recicladores de contenido desenterraron mis viejos tuits donde le había declarado amor a Alonso. Los montaron en videos comparativos con las publicaciones recientes de Daniela: edición morbosa, música dramática, letras fosforescentes. En el clip más viral, Alonso incluso le dio like. El hashtag “Luisa se regala” se convirtió en sticker y meme.
Puse la cara de hielo, desactivé mi perfil y escribí al equipo de Comunicación Corporativa.
Diez minutos después, los términos asociados a mi nombre estaban limpios. Historias caídas. Palabras clave bloqueadas. El feed, refrescado.
Un día antes de mi cena de compromiso con Alejandro, pasé temprano por la oficina. No alcancé a sentarme: dos guardias de los Rivas me sacaron a la fuerza y me llevaron a su residencia.
Apenas crucé la puerta, vi a Daniela llorando en el sofá, el rímel hecho río. Alonso la consolaba en susurros. Al verme, el gesto se le volvió piedra.
—Luisa Fernanda, te pasaste. Daniela solo subió una publicación y tú mandaste cerrarle todas sus redes. Sabes que vive de eso. Le cortaste el trabajo.
—No hice eso —dije—. Solo pedí que bajaran lo relacionado conmigo. Nada más.
—¿Y quién más tendría ese poder? —escupió—. ¡Estás celosa!
—Iba a ex…
No alcancé. Desde la escalera bajó una voz cargada de veneno:
—Ni casada y ya le llevas la contra a tu “marido”. ¿Así educan a sus hijas los Molina?
La señora Rivas chasqueó los dedos. Una empleada entró con una charola; sobre ella, un café caliente.
—Si mañana piensas entrar a esta familia, empieza por obedecer —sonrió con frialdad—. Hoy me vas a servir como cualquier empleada.
La empleada me extendió la taza humeante.
—Señorita, sírvale a la señora.
Me tragué la rabia. Tomé la taza, el borde me quemó los dedos. El cuerpo reaccionó antes que mi orgullo: la porcelana estalló contra el piso.
—¡Ni respeto a tus mayores tienes! —tronó Alonso.
Me froté las yemas enrojecidas y sostuve la mirada de la señora Rivas.
—Solo serviré café a mis verdaderos suegros. Además, ¿no decías que no querías casarte conmigo? Yo tampoco.
Apoyé la mano para incorporarme. Los guardias me sujetaron de ambos brazos.
—¿Qué creen que están haciendo? —me zafé cuanto pude—. Soy Molina. ¿De veras se atreven?
La señora Rivas vino hacia mí y me cruzó la cara con una bofetada. El golpe se superpuso, exacto, al eco de las muchas de mi vida pasada. Me quedé helada.
—Mañana es la cena de compromiso y sigues insolente —siseó—. Mírala, Alonso: tu futura esposa, la que no respeta ni entiende modales.
Alonso ni me miró.
—Es ella la que lleva meses aferrada. Si fuera por mí, me casaría con Daniela.
—Yo… yo sueño con casarme contigo —sollozó Daniela—. Pero venimos de menos. No podemos darnos el lujo de pelear con los Molina.
Sus lágrimas hicieron su trabajo. Alonso se acercó, se plantó sobre mí.
—¿No querías casarte conmigo a toda costa, Luisa?
También te podría gustar





