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Portada de la novela Luna de Miel: el Precio del Esposo

Luna de Miel: el Precio del Esposo

9.6 / 10.0
Alejandro Montoya cree haber doblegado a su esposa tras meses de frialdad y verla ceder un gran proyecto a su asistente, Sofía Vega. Al planear su luna de miel en Nordella, los celos de Sofía hacen que Alejandro cancele el viaje para complacerla, dándole el boleto a ella bajo excusas laborales. Aunque él espera sumisión y promete compensarla, ella acepta en silencio mientras ve fotos de ambos como pareja. Lo que Alejandro ignora es que ella ya renunció y él ya firmó el divorcio.

Luna de Miel: el Precio del Esposo - Capítulo 1

Mi esposo, Alejandro Montoya, el presidente del grupo, creyó que los tres meses de frialdad calculada que, por iniciativa propia, me impuso finalmente habían dado resultado, cuando se enteró de que yo había cedido voluntariamente un proyecto millonario a su asistente favorita.

Convencido de que ya me había “domado”, propuso llevarme a Nordella para nuestra luna de miel.

Pero cuando Sofía Vega, la asistente a la que más consentía, se enteró, los celos la desbordaron y armó un escándalo, amenazando con renunciar a la empresa.

Mi esposo, que siempre la había consentido, entró en pánico. Después de pasar tres días y tres noches atendiendo sus caprichos, usó un viaje de negocios como excusa para cancelar nuevamente nuestra luna de miel y entregarle el otro boleto a Sofía. Mas tarde, me explicó todo con total indiferencia.

—El amor y los sentimientos son cosas sin importancia, lo importante es el trabajo. Como jefe, debo poner a la empresa en primer lugar. Tú eres mi esposa, deberías apoyarme, ¿no?

Miré el celular, en el último estado de Sofía, aparecía una foto de ambos, con las cabezas juntas y las manos formando un corazón, como una pareja enamorada. No dije nada, solo asentí.

Alejandro creyó que me había vuelto comprensiva y madura.

Quedó muy satisfecho e incluso prometió que, al regresar al país, me compensaría con una luna de miel aún más romántica.

Lo que no sabía era que yo ya había presentado mi renuncia. Y que él mismo había firmado, hacía tiempo, el acuerdo de divorcio.

Entre él y yo, ya no existía ningún futuro.

El segundo día de la luna de miel de Alejandro y su asistente favorita Sofía, yo terminé de hacer todas las entregas de trabajo y fui a Recursos Humanos para completar el proceso de renuncia.

No pasaron ni diez minutos cuando recibí la notificación en el sistema:

“Aprobación confirmada.”

—Parece que el presidente Montoya ya quería despedirla. Al menos ella tuvo la decencia de irse sola.

—Sí… quedarse aquí solo le habría causado problemas. Mejor irse a tiempo. Pero, ¿qué planea ahora?

—¿Y a nosotros qué nos importa? Con lo que ganamos, ni deberíamos preocuparnos por ella. Además, sigue siendo la esposa del presidente. Aunque renuncie y se quede en casa sin hacer nada, nunca le faltará dinero.

Mientras empacaba mis cosas, mis compañeros me miraban con sonrisas cargadas de envidia y burla. Yo ya estaba acostumbrada.

Todos sabían que Sofía y yo no nos llevábamos bien, y que Alejandro, siendo mi esposo, siempre la defendía a ella, dejándome en ridículo en público una y otra vez. Por eso, todos competían por atacarme, solo para quedar bien con Sofía. Al pensar en eso, solté una risa sarcástica.

—Disculpen, pero esta vez no me voy para quedarme en casa —dije—. Voy a cambiar de empresa. Hay una compañía que me ofreció el doble de salario, con beneficios mucho mejores que aquí.

Después de decir eso, ignoré sus rostros llenos de envidia, recogí mis cosas y salí de la empresa. Pero apenas crucé la puerta, sonó mi teléfono. Era Alejandro.

Estaba pensando cómo explicarle lo de mi renuncia, cuando al contestar, su voz sonó indiferente:

—Te envié un archivo. Quiero que lo termines y me lo mandes en una hora.

Así que… todavía no sabía que yo ya había renunciado. Me dio risa y abrí el archivo.

Me di cuenta que era el proyecto que hace poco le había cedido a Sofía; lo mismo de siempre. La fama y el mérito se los llevaba Sofía, pero el trabajo lo hacía yo. Y si surgía algún problema, la culpa también recaía sobre mí.

Al principio me había negado, y Alejandro hizo de todo para convencerme. Cuando vio que seguía firme y, no lograba convencerme empezó a castigarme con su silencio, dejándome de hablar durante días.

Antes de casarnos, mis padres solían decirme que en un matrimonio siempre debe haber alguien que ceda primero. Yo no quería que la relación se deteriorara, así que al final, cedí y me hice cargo del proyecto.

Pensé que algún día Alejandro entendería mis buenas intenciones.

Pero esta vez, para ayudar a Sofía a ascender, discutió conmigo como nunca y me castigó con su frialdad y silencio durante tres meses completos.

Incluso cuando tuve fiebre de cuarenta grados y terminé hospitalizada, ni siquiera fue a verme. Todo para obligarme a cederle a Sofía el proyecto millonario que me había costado un mes entero de desvelo.

Fue entonces cuando, por fin, me rendí del todo.

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