
¡Sorteé a mi esposo y me salió un bombón!
Capítulo 2
Los últimos sonidos de Daniela ya venían rotos por el llanto. Yo aún intentaba procesar lo que había insinuado cuando Alonso la levantó del piso y me miró con un odio nuevo.
—Lo nuestro no tiene nada que ver con Daniela. ¿Por qué le haces esto?
Su acusación me cayó como agua helada.
—Yo no…
—Claro —me cortó, con una risa seca—. Te criaron entre algodones. Te malcriaron tanto que ya no ves límites.
No alcanzó a apagarse el eco de su voz cuando un oportunista se acercó con una caja envuelta en moño.
—Señor Rivas, un obsequio por su compromiso con la señorita Molina…
No terminó la frase. Alonso tomó la caja y, delante de todos, me la arrojó.
—Luisa Fernanda, pídele perdón a Daniela.
Su voz fue cuchillo.
—Y escúchame: aunque los Rivas no tengamos el peso de los Molina, voy a rechazar la alianza si hace falta. No puedo casarme con una mujer tan cruel.
El empaque era primoroso. La esquina, afilada. Sentí el tajo bajo el mentón y un calor metálico bajarme por el cuello.
Hubo un coro de exclamaciones; nadie dio un paso.
Me llevé los dedos a la herida: se tiñeron de rojo.
El Alonso que tenía frente a mí ya no era un desconocido; era la superposición exacta del de mi vida pasada, gritándome en público por ella. Sentí que el corazón se me helaba, capa por capa.
—No voy a pedir perdón por algo que no hice.
—Entonces no te quejes después —escupió.
Se fue con Daniela pegada al costado, como si yo fuera el problema y no su crueldad.
Mis papás alcanzaron a verme la herida y se desesperaron. Me sacaron casi en vilo. En casa, el médico de cabecera llegó con su maletín y manos firmes.
Los miré corretear por mí y, contra toda lógica, me sentí agradecida.
Pensé:
“Gracias por este segundo intento.”
“Gracias porque mis papás siguen aquí y porque la familia Molina no está en ruinas.”
“Ahora sí: lejos de Alonso y de Daniela. Lo más lejos posible.”
***
A los pocos días, la familia De la Vega envió los regalos de compromiso. Cajas pequeñas y grandes fueron ocupando cada rincón de la casa. Entre ellas venía una pulsera antigua de su familia, un objeto de esos que pasan de generación en generación. Un símbolo claro: nos toman en serio.
Me ardieron los ojos.
En la vida anterior, los Rivas—sabían lo mucho que yo quería a Alonso—salieron a decir que yo me les había impuesto, que no me querían como nuera y que él se casaba “por compromiso”. No hubo cena de compromiso. No hubo regalos. La “boda” fue apenas una comida entre familias.
Recuerdo las burlas de sus padres detrás de la servilleta, y la mirada vacía de Alonso, apuntándome como si yo fuera un error que había que tolerar.
Ahora, con el respeto de los De la Vega haciendo peso en mi regazo, supe que esta vez había elegido bien.
Después de pensarlo, decidí elegir yo misma el regalo para Alejandro.
En una sastrería-atelier centenaria, conversaba con el maestro sobre el diseño de unas mancuernillas cuando Alonso entró tomado de la mano de Daniela.
—¿Qué haces aquí? —su gesto de fastidio me tropezó de frente.
El maestro intervino, nervioso:
—La señorita Molina quiere diseñar personalmente el traje del prometido para la cena.
Alonso dio una mirada desdeñosa a los bocetos, alzó la barbilla.
—Ya te lo dije: no pienso casarme contigo. Da igual lo que hagas. Y por cierto, odio las mancuernillas con iniciales. Cursi.
Bajé la vista. En el boceto brillaba una A dibujada a lápiz. Entendí el malentendido.
—En realidad, estas mancuernillas son para…
—Alonso, ese vestido rojo es hermoso —Daniela, con brillo en los ojos, señaló el vestido largo que acababan de colgar esa mañana.
El rostro de Alonso se suavizó.
—Si te gusta, que te hagan uno igual.
—Lo quiero para esta noche —ella ladeó la cabeza, casi en ronroneo—. Para ir contigo al concierto.
A él se le curvaron los labios. Se volvió al maestro con tono de orden:
—Ajuste la prenda a su talla ahora. No nos retrase.
Fruncí el ceño.
—Alonso, ese es mi vestido de compromiso.
—Estoy ocupado —respondió sin siquiera mirarme—. No tengo tiempo para tus shows familiares.
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