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Portada de la novela Me Llamó Interesada y Me Perdió

Me Llamó Interesada y Me Perdió

En la novela romántica Me Llamó Interesada y Me Perdió, Leticia vive una farsa de siete años junto a Pablo Pimentel, un heredero multimillonario que, para probar su desinterés, jamás gastó un centavo en ella. Tras negarle dos mil dólares para la cirugía de su madre enferma, Leticia enfrenta sola el funeral. Al volver, descubre que Pablo colma de lujos a su vecina Sara y se burla de su dolor con sus amigos. Con el corazón roto y la verdad al descubierto, decide desaparecer de su vida para siempre.
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Capítulo 4

Fruncí el ceño. Era demasiada información de golpe.

¿Una sola cuenta? ¿Y desde cuándo tengo bono?

Al verme así de confundida, él también se desconcertó.

—¿Ustedes no son novios? Pablo le pidió al área de Finanzas que te separaran el sueldo. El salario base te lo depositan a ti, pero el bono y los aumentos se van a otra cuenta. Dijo que era para que fueras ahorrando. La verdad, qué raro: con un novio como él y aun así seas tan ahorradora… eso no se ve todos los días.

Entonces, todos estos años, yo solo había recibido el mismo sueldo que cuando entré.

Cada vez que pedía un aumento, no era que yo no trabajara lo suficiente: era que Pablo lo desviaba a otra cuenta.

Fui a Finanzas a pedir el historial de pagos. Y ahí, en la línea de "bono", saltó, nítido y despiadado: dos mil dólares.

Días atrás, por esos mismos dos mil dólares, había pasado un día entero haciendo malabares para juntar el dinero del hospital.

Y por esa demora, mi madre no llegó a entrar al quirófano; se me fue.

Lo más absurdo era esto: la suma de todos los bonos retenidos en estos siete años ya alcanzaba de sobra para el tratamiento de mi madre.

Fui una idiota, tan idiota que solo sabía trabajar, con miedo de que me despidieran y de quedarme sin sustento.

Tan idiota que me dejé engañar por Pablo, sin darme cuenta.

Para que él no pensara que yo era una aprovechada, no solo nunca gasté su dinero: también dejé que me quitara lo que yo misma ganaba.

Y en una relación llena de mentiras y humillaciones, yo aguanté siete años.

Con el historial de pagos en la mano, pensaba ir a buscarlo y pedirle cuentas. Pero él apareció primero. Con todo el descaro del mundo, entró como si nada.

—Leticia, nada más discutimos por un par de cosas y ya sales corriendo de la casa y encima renuncias. Tu carácter empeora cada día.

Detrás de él venía Sara, con una sonrisita, como si lo estuviera disfrutando. Se acercó, fingiendo preocupación, y soltó, con voz dulce y venenosa:

—Leticia, qué fría eres. Vives del dinero de Pablo, en el departamento que él paga. Sin él, ¿de verdad podrías sobrevivir en esta ciudad?

Hay gente sin vergüenza que puede mentir sin que se le mueva un pelo.

Me dio tanta rabia que hasta me reí de puro coraje. Iba a responderle, pero Pablo me cortó:

—Sara tiene razón. En estos siete años, si no fuera por mí, ya te hubieras muerto de hambre. Hoy voy a hacer como que solo estás armando un drama. Te voy a dar el día libre: vámonos a casa. Y ni siquiera este día de ausencia te lo voy a descontar del sueldo.

***

Mientras más claro veía quién era Pablo, más me preguntaba cómo pude estar siete años así de ciega.

A mi alrededor empezaron los susurros. Señalaban, murmuraban. Y al ver que Pablo no hacía nada por detenerlos, las voces subieron de volumen.

—Pablo escondió quién era para que Leticia no se sintiera menos; incluso nos pidió que guardáramos el secreto. Con eso se nota cuánto le importa.

—Vive de lo que paga Pablo, vive gracias a Pablo y todavía se atreve a hacerle berrinches.

—Quiere codearse con los de arriba sin tener con qué. Sin Pablo, ¿qué es ella?

Mientras más gente hablaba, más satisfecho se le veía a Pablo.

Y Sara no paraba de echarle más leña al fuego, cargándome culpas inventadas.

—Leticia, ¿no fuiste tú la que le fue a pedir a Pablo dos mil dólares, diciendo que tu mamá se estaba muriendo? Te encanta sacarle plata y encima quieres hacerte la víctima. ¡Qué hipócrita!

Fue como echar agua fría sobre aceite hirviendo, el lugar explotó.

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