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Portada de la novela Caminos separados por los que luché

Caminos separados por los que luché

7.8 / 10.0
En esta novela moderna de romance y mafia, una joven pelirroja y rebelde reencarna tras morir en un incendio. Al despertar en el pasado, decide no repetir su trágica vida junto a Cassian Vercetti, el frío líder criminal que siempre intentó someter su naturaleza salvaje. Para escapar, altera el contrato matrimonial escribiendo el nombre de su media hermana. Sin embargo, al descubrir que su prometida ha cambiado, Cassian romperá todas sus estrictas reglas para perseguir a la mujer que lo rechazó.

Caminos separados por los que luché - Capítulo 1

Me quedé mirando el contrato matrimonial de los Vercetti que mi padre empujó sobre la mesa. Sin pensarlo dos veces, escribí el nombre de mi media hermana, Demi, y se lo devolví deslizándolo.

Mi padre se quedó de piedra, antes de que entonces sus ojos se encendieron con una emoción tan absurda que parecía que acababa de ganarse la lotería.

—¿Cómo puedes darle a tu hermana una oportunidad tan perfecta?

En mi vida pasada, mi matrimonio había sido el chiste de todos.

Yo era la pelirroja indomable, la brujita salvaje que se atrevió a meterse en la órbita de Cassian Vercetti, heredero y líder de la familia criminal Vercetti, de sangre vieja.

Nunca fui perfecta ni obediente.

Mientras a él le encantaban los vestidos de diosa, yo usaba minifaldas y bailaba arriba de las mesas.

Él exigía una intimidad misionera: tradicional, ordenada, correcta. Yo quería subirme encima, montarlo, perderme por completo.

En una gala, las esposas de la alta sociedad se reían de mi cabello, de mi vestido, de mi «“salvajismo».

Pensé que, al menos, él fingiría defenderme; pero no lo hizo.

—Perdónenla. Ella no está… debidamente entrenada.

«¿Entrenada? Como un perro.»

Me había pasado toda mi vida pasada asfixiándome bajo sus reglas, doblándome hasta sangrar para encajar en la forma que él quería… hasta la noche en que nuestra casa se incendió.

Tras lo cual, cuando volví a abrir los ojos, me di cuenta de que había regresado al instante exacto en que me enteré del matrimonio arreglado.

Miré el contrato frente a mí.

«¿Otra vez? Creo que a mí me quedan mejor los chicos de la discoteca».

Pero en el momento en que Cassian se dio cuenta de que la novia no era yo, rompió cada regla por la que había vivido.

Mi padre me observó mientras escribía el nombre de Demi Vale en el contrato matrimonial.

Se quedó helado por medio segundo, antes de arrebatarme los papeles, los cuales dobló con cuidado, como si le diera terror que yo me arrepintiera.

—Desde que era niña hasta hoy, te gastaste cinco millones en la hija de esa amante —solté, plana, sin emoción—. Y en mí no llegaste ni a cincuenta dólares. Supongo que por fin te salió rentable la inversión.

Él se rio… demasiado contento.

—Ay, no lo digas así, Aria. Demi es una dama de sociedad, como debe ser. Ella y Cassian son la pareja perfecta. —Su rostro se endureció—. Y deja de llamarla «la hija de la amante». Es tu hermana.

—No lo es —repuse levantando la mirada, fría, firme—. Es un año menor que yo. Estuviste casado con mi madre diez años… pero la engañaste durante nueve.

Se atragantó con su propia respiración y, de golpe, cambió el tema.

—Bien. Si insistes en renunciar al puesto de la alianza, iré ahora mismo a la propiedad Vercetti y renegociaré.

—Espera —lo detuvo.

Se giró de inmediato, nervioso como si lo estuvieran persiguiendo.

—¿Te estás arrepintiendo? —me preguntó.

—Yo nunca dije que lo iba a regalar.

Claro que entendió. Primero: hombre de negocios. Padre… jamás.

—Cincuenta millones. Te los transfiero ahora.

No discutí.

En cuanto interpretó mi silencio como un «sí», salió disparado con el contrato, como un hombre escapando de un edificio en llamas.

Lo vi irse, sin sentir nada más que ironía.

Me di la vuelta y subí las escaleras.

Al pasar junto a la puerta de vidrio, vi mi reflejo: rizos rojos, ojos azules. Mi corazón golpeándome fuerte en el pecho, vivo, brutal.

Y de pronto se me llenaron los ojos de lágrimas. Pero no de pena, sino de alivio.

«Esta vez… me toca ser yo», pensé. «Ya no amo a Cassian. Soy joven y rica».

¿Por qué demonios renunciaría a mi libertad y jugar a ser la esposa perfecta para un hombre que nunca me había amado?

Pensando esto, me cambié de ropa, colocándome una minifalda diminuta; tras lo cual salí de casa, saqué una visa exprés y me fui directo al antro más candente del centro.

El bajo hacía temblar las paredes y las luces cortaban la oscuridad en tajos, mientras los cuerpos se movían sin pudor, y de pronto sentí cómo la libertad me envolvía como una segunda piel.

Levanté la mano y lancé un fajo de billetes al aire, mientras ordenaba:

—Tráeme a tus modelos más calientes. A todos.

El dueño del club casi se desmaya.

—¡No, no, señorita, por favor, no! ¡Toda la ciudad sabe que usted se va a casar con los Vercetti! Cassian es… es frío, estricto, a la antigua. ¡Tiene reglas para sus reglas! Si se entera de que usted vino aquí… si se entera de que pidió hombres… ¡mi pequeño club se va a la ruina!

Me bebí el trago de un sorbo. El ardor me hizo lagrimear, pero, aun así, la libertad me arrancó una sonrisa.

—Relájate. Ya le pasé el compromiso a otra persona. Desde hoy solo estoy aquí como clienta… y pago bien.

—¿Tú… lo cediste? —balbuceó, antes de soltar una carcajada incrédula, creyendo que estaba de broma.

—¡Pero si todo el mundo sabe que estás obsesionada con Cassian! Un montón de herederos te buscaron y tú los rechazaste a todos. ¡Hasta aquella gala! Lo viste una sola vez y dijiste que solo un hombre como él te merecía.

Me reí con él, aunque me congelé por dentro.

—Que te guste alguien y que seas la persona correcta para esa persona no es lo mismo —murmuré—. ¿Él y yo? Nunca más. —Entrecerré los ojos—. Eres el dueño de un club, no mi sacerdote. Agarra el dinero y tráeme otro trago.

Entonces lo vi: un modelo tímido parado a un lado. Sin pensarlo dos veces, le coloqué un dedo bajo la barbilla, y, con voz lenta y peligrosa, le dije:

—Estos más jovencitos… sí que están lindos.

Pero entonces… una voz fría y letal cortó la música detrás de mí, como una cuchilla afilada.

—¿A cuál acabas de llamar «lindo»?

Todo mi cuerpo se puso rígido, y, un segundo después, con una lentitud pasmosa, me di la vuelta.

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