
Me Llamó Interesada y Me Perdió
Capítulo 5
Las miradas se llenaron de asco. Los insultos llegaron uno tras otro.
Yo miré a Pablo: seguía con esa expresión indiferente, incluso con una mueca de "qué lástima", pero con el orgullo bien puesto, como si Sara hubiera dicho en voz alta lo que él llevaba tiempo pensando.
Se me torció la boca en una sonrisa absurda. Iba a hablar, pero Pablo me sujetó del brazo, como si fuera generoso, como si viniera a calmar las aguas.
—Ya, ya. Eso ya quedó atrás. Además, a mí no me hace falta ese dinero. Si quieres plata, dímelo de frente. No necesitas inventar excusas.
Apenas habló Pablo, la oficina se indignó todavía más, como si yo fuera la ingrata del siglo.
—Exacto, si Pablo tiene dinero, nada más hay que pedirlo.
—¡Inventarte lo de tu propia madre por plata! Eso ya es inhumano.
—Yo que pensaba que Leticia era bien ahorradora; hasta le compartí comida varias veces.
—A esa hay que sacarla de aquí. Que Pablo la corra y que no pueda volver a levantar cabeza en la capital.
Vi incluso a compañeras con las que antes me llevaba bien, dándome la espalda también. Pensé en todo lo que había hecho Pablo, y, de pronto, todo me pareció vacío y ridículo.
Ya me iba a ir. Aunque en ese momento sacara el estado de cuenta y se lo tirara en la cara, él y Sara encontrarían otra forma de ensuciarme, de hacer que todos siguieran humillándome.
En silencio, guardé el estado de cuenta en el bolsillo.
Luego levanté la vista y le sonreí a Pablo.
—Siete años juntos. Haz cuentas: ¿cuánto de tu dinero me gasté? Si no puedes decirme en qué se fue un solo centavo conmigo, entonces págame lo que me debes: decenas de miles de dólares. Si no, prepárate: voy a demandarte a ti y a tu empresa.
Él decía que no quería un amor manchado por dinero, pero vivía y respiraba dinero.
Ese heredero intocable que ante los demás derrochaba como si nada, se había quedado con el dinero que yo apartaba para salvar a mi mamá.
Pablo se quedó pensando, buscando, rebuscando. Y en sus ojos pasó una chispa de pánico.
Claro que no podía recordar en qué había gastado dinero en mí. Alguien que me hacía pagar a medias hasta los condones, jamás me iba a dar un centavo por voluntad propia.
No era que "la gente rica fuera tacaña", era que yo, para él, no valía ni un peso.
Quizá quiso discutir, quizá quiso inventar algo, pero yo ya no quería oírlo.
Me di la vuelta para irme. En ese momento, Sara me empujó. Perdí el equilibrio y caí al suelo.
—¡Leticia! No intentes engañar a todos. ¿Cómo que Pablo te debe dinero? Eso es calumnia. ¿No te da miedo que llamemos a la policía? Si te meten a la cárcel, ¿quién va a cuidar a tu mamá? ¡Está en el hospital esperando que tú pagues! ¡Mejor pídele perdón a Pablo ahora mismo!
Sara creyó que podía amenazarme con eso. Pero yo ya no tenía nada que me atara.
En ese instante, pasó mi director. Al ver a Pablo, se abrió paso entre la gente.
Traía un formulario en la mano.
—Señor Pimentel, la madre de Leticia falleció hace unos días. El documento de aprobación de la indemnización todavía no tiene su firma. Y el formulario de solicitud para adelantarle a Leticia dos mil dólares de su sueldo ya lo retiré, tal como usted indicó. Es una pena. Dicen que a la madre de Leticia le faltaban justo dos mil dólares para completar el costo de la cirugía.
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