
Luna de Miel: el Precio del Esposo
Capítulo 5
Pero parecía haber olvidado algo, el amor es como el dinero en una alcancía. Si solo sacas y nunca depositas, con el tiempo se agota.
Como yo había puesto el precio de la casa bastante bajo, en menos de una semana se vendió sin problemas. Fui a la oficina de la inmobiliaria, firmé el contrato y acordé la fecha de entrega con los compradores, luego regresé a casa.
Sin embargo , al abrir la puerta, me sorprendió escuchar risas y charlas alegres dentro del apartamento. Las pantuflas de pareja que siempre estaban en la entrada habían desaparecido. Y en su lugar había un par de tacones y los zapatos de cuero para hombre que Alejandro más apreciaba, pues era un regalo de Sofía en su cumpleaños.
Me di cuenta de quiénes estaban adentro, Alejandro y Sofía. ¿No se suponía que regresarían en dos días?
Mientras pensaba esto, Sofía escuchó el ruido y se acercó, usando mis pantuflas, mi pijama, y con el cabello ligeramente desordenado sobre los hombros, adoptando una postura perezosa, como si fuera la dueña de la casa.
—Irene, ¿por qué regresas ahora? Si más no recuerdo la oficina todavía no ha cerrado.
Mientras hablaba, se metió una uva en la boca y escupió la semilla en un vaso de tomar agua que estaba a su lado.
Reconocí el vaso, era el juego de vasos de pareja que Alejandro me había regalado. Antes los cuidaba con tanto cariño que siempre los sostenía entre mis manos.
En ese momento, Alejandro se acercó desde la sala. Al ver que Sofía usaba mi vaso como bote de basura, fingió no verlo. Al verme, su expresión se tensó por un momento, y enseguida se volvió sombría.
—¿Otra vez te escapaste del trabajo? Irene, ¡aunque seas mi esposa, no puedes hacer esto todo el tiempo! Eso es la empresa, no nuestra casa. Si no respetas las reglas, ¿cómo voy a lograr que los demás lo hagan?
¿Reglas? No pude evitar sonreír por lo absurdo.
Si de no respetar las normas se trata, Alejandro es insuperable. Hace un año, cuando la empresa empezaba a estabilizarse, él ascendió a Sofía al puesto directivo, a pesar de que no tenía experiencia en la industria.
Aunque dudé, escuché que él decía que ella sería muy capaz, y me concentré en enseñarle.
Pero Sofía, en la oficina , hacía todo menos trabajar, se la pasaba maquillándose o durmiendo. Después de perder el tiempo durante la jornada laboral, se quedaba hasta la madrugada a propósito y luego mandaba fotos al grupo de la empresa mostrando que estaba haciendo “horas extras”, cuando en realidad no lo hacía.
Cuando le conté a Alejandro, él no le dio importancia, dijo que tal vez ella solo se relajaba un poco tras estar cansada de tanto trabajo.
Cuando le pedí que prestara más atención a la situación, dijo que no tenía tiempo; cuando le sugerí instalar cámaras, respondió que no era legal.
Más tarde, los proyectos comenzaron a fallar uno tras otro, con pérdidas millonarias. Sofía seguía actuando a su antojo, y yo, al borde de la paciencia, quise despedirla… pero Alejandro se opuso rotundamente. Finalmente me preguntó:
—¿Estás celosa? ¿Temes que Sofía te supere?
Así que ella se quedó, y poco a poco fue quitándome clientes y proyectos. Él lo veía todo, pero hacía oídos sordos, y además la elogiaba como una empleada ejemplar, convirtiéndome a mí en la villana celosa.
Antes me sentía menospreciada. Pero ahora, pensándolo bien, con esa paciencia que tuve, si hubiera sido en cualquier otra empresa probablemente no me habrían marginado ni menospreciado como aquí.
No dije nada. Sofía, a mi lado, le dio unas palmaditas suaves en la espalda y lo calmó con una voz dulce diciéndole:
—Tal vez Irene vino porque sabía que regresarías y se adelantó un poco.
Él claramente le creyó y su expresión se llenó de satisfacción.
—Está bien, pero que no vuelva a pasar. Por cierto, ¿cómo supiste que regresaba hoy?
Sofía sonrió diciendo:
—Se te olvidó, Alejandro. Los boletos de regreso fueron comprados por Recursos Humanos, probablemente ella se lo contó a Irene.
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