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Portada de la novela Condenado a verla feliz

Condenado a verla feliz

8.6 / 10.0
A sus veinte años, Natalia vive marcada por el amor secreto que siente hacia Ricardo Montenegro, el imponente mejor amigo de su padre, quien le lleva doce años de diferencia. El destino de ambos cambia drásticamente durante una importante recepción, donde Ricardo es víctima de una peligrosa droga. Luciendo el hermoso vestido de princesa que él mismo le obsequió en el pasado, Natalia toma la decisión de entregarse a él para salvarlo, transformándose de forma irrevocable en su único remedio.

Condenado a verla feliz - Capítulo 1

Natalia se enamoró del mejor amigo de su padre: Ricardo Montenegro, un hombre doce años mayor que ella.

La primera vez que lo vio, él llevaba un traje impecable. Hombros anchos, cintura marcada… una presencia imponente que se robaba todas las miradas.

Ricardo le sonrió, le revolvió el cabello con cariño y le regaló un precioso vestido de princesa.

Cuando Natalia cumplió veinte, Ricardo asistió a una recepción y alguien lo drogó. Y ella, envuelta en aquel vestido de princesa, le entregó la pureza de su juventud para salvarlo… convirtiéndose en su único remedio.

Al día siguiente, Isabela Gómez, la amiga de la infancia de Ricardo, los encontró semidesnudos. Devastada y con los ojos enrojecidos, Isabela salió corriendo, pero tuvo la desgracia de ser arrollada por un camión fuera de control. Murió en el acto.

Desde ese momento, Natalia sintió que Ricardo Montenegro se había convertido en otra persona.

Con una frialdad pasmosa, él se encargó del funeral de Isabela, se casó con Natalia, compartió su cama cada noche y, con la misma impasibilidad, le dijo que no quería hijos todavía, obligándola a abortar una y otra vez.

Tras el decimoctavo aborto, Natalia sufrió una hemorragia severa. Agonizando en la mesa de operaciones, oyó al médico llamarlo por teléfono.

Y él, imperturbable, respondió: "¿Ya se murió? Avísenme cuando esté muerta."

En ese instante, Natalia finalmente comprendió: él la odiaba.

Odiaba que ella se hubiera ofrecido a él aquella noche, odiaba que, por un giro del destino, ella hubiera sido la causa indirecta de la muerte de Isabela.

Mientras agonizaba en la mesa de operaciones, el arrepentimiento la consumió por completo.

Al abrir los ojos de nuevo, descubrió que había vuelto a nacer, reviviendo justo el día en que Ricardo había sido drogado…

Observó al hombre que usualmente era distante, elegante e intocable. Ahora yacía en la cama con varios botones de la camisa desabrochados y los ojos enrojecidos, como una flor altiva arrancada de su pedestal. Natalia sintió un torbellino de emociones.

En su vida pasada, fue precisamente esta imagen vulnerable de Ricardo la que la había cautivado, la que despertó su deseo y la hizo ignorar que era amigo de su padre, que le llevaba doce años, que debía ignorar todo y entregarse a él.

Pero después supo la verdad: Ricardo e Isabela llevaban mucho tiempo enamorados, solo que ella intervino antes de que pudieran confesarse sus sentimientos.

Quizás el destino se compadeció de ella, ¡permitiéndole regresar a este día crucial que había sellado su destino!

En esta nueva vida, Natalia solo tenía un propósito: ayudar a Ricardo y a Isabela a estar juntos.

Sin dudarlo un instante, sacó con rapidez el celular de su bolso y marcó el número de Isabela Gómez.

Diez minutos después, Isabela llegó apresuradamente.

Natalia le tomó la mano con urgencia.

—Isabela, sé que te gusta Ricardo, y tú le gustas a él. Nunca encontraron el momento para decirlo, ¿cierto? Pero ahora te necesita. Lo drogaron. Esta es la mejor oportunidad para que ambos digan lo que sienten en verdad.

Isabela ya estaba escéptica desde que recibió la llamada, y al escuchar las palabras de Natalia, su expresión se tornó aún más compleja, temiendo que fuera una trampa.

—Natalia, ¿qué te traes entre manos? ¿No se supone que te mueres por Ricardo? Y ahora que está así, vulnerable, ¿me llamas a mí en lugar de aprovecharte? ¿Y encima dices que quieres «ayudarnos»?

Al oír esto, Natalia esbozó una sonrisa amarga.

Era cierto que, en ese momento, su enamoramiento por Ricardo era un secreto a voces en toda Guadalajara.

Antes, creía que con esfuerzo podría superar las barreras de estatus y edad. Ahora comprendía que, si él no la amaba, por mucho que ella se entregara, solo le esperaba sufrimiento.

Se había equivocado terriblemente en su vida anterior.

Pero Natalia lo negó.

—No… ya no me gusta. Se acabó.

Apenas terminó de hablar, oyó un gemido ahogado proveniente de la habitación.

—Ya no puede resistirse. Si no entras ahora, será demasiado tarde.

Isabela siguió la mirada de Natalia hacia la habitación; un atisbo de indecisión cruzó sus ojos.

Finalmente, Isabela apretó los dientes, como si se hubiera convencido.

—Y tú, ¿por qué te quedas aquí parada? ¿Quieres escuchar todo?

Natalia se tensó un instante, pero enseguida se hizo a un lado para dejarla pasar.

En el preciso momento en que la mano de Isabela rozó la cara de Ricardo, Natalia cerró la puerta con firmeza, sin dudar.

Al instante, los gemidos del hombre y los suspiros ahogados de la mujer atravesaron la gruesa puerta y llegaron hasta los oídos de Natalia.

Aquellos sonidos de intimidad, uno tras otro, le arrancaban partes del corazón, como si lo golpearan hasta dejarlo hecho pedazos.

Como si hubiera perdido toda su fuerza, se dejó caer al suelo.

Las lágrimas brotaron sin control, pero, extrañamente, sintió una inesperada liberación recorrer su cuerpo.

Por fin podía escapar del destino de su vida anterior.

Natalia se secó las lágrimas torpemente y, tambaleándose, corrió hacia su cuarto.

Esa noche, la pareja en la habitación contigua dio rienda suelta a su pasión.

Mientras tanto, Natalia no durmió.

Al amanecer, recibió una llamada de su padre, Arturo Fuentes.

—Nat, ¿no te gustaría venirte a vivir conmigo?

Hacía unos años, Corporativo Orión había decidido expandirse al mercado internacional. Arturo se había ido solo al Reino Unido y, temiendo no poder cuidar bien de su hija, la había confiado a su buen amigo, Ricardo, a pesar de la diferencia de edad.

Y así pasaron varios años.

Después, Natalia se enamoró de él. Por eso, aunque los negocios de Corporativo Orión en el extranjero ya se habían estabilizado, ella había rechazado una y otra vez las innumerables propuestas de su padre para que fuera a vivir con él.

Pero ahora, Ricardo e Isabela por fin estaban juntos. Era hora de que ella se marchara y empezara su propia vida.

Pensando en esto, Natalia respiró hondo.

—Papá, sí quiero. Me voy contigo.

Parecía que su padre no esperaba que aceptara tan de pronto; al otro lado de la línea, su voz denotaba una gran alegría.

—¡Hija! ¡Por fin entraste en razón! Ya te había dicho que Ricardo no era para ti, mi niña. Estabas muy aferrada, y eso no iba a terminar bien. Querer enamorarte está perfecto, pero hay que buscar a la persona correcta. De hecho, tengo a alguien en mente para presentarte, alguien de tu edad. Cuando vengas, lo conoces, sales con él, y si no funciona, pruebas con otras personas. Nunca está de más, ¿verdad?

Las palabras de su padre hicieron que los ojos de Natalia, ya hinchados de llorar, volvieran a llenarse de lágrimas.

«Papá ya me lo había dicho en mi otra vida… pero fui tan terca. Desperdicié todo por no escucharlo».

Se pellizcó la palma de la mano y se forzó a sonreír.

—Papá, haré lo que tú digas. En un momento voy a empezar a ver lo de los papeles para irme.

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