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Portada de la novela Cuando Dejé de Esperarte

Cuando Dejé de Esperarte

Tras levantarse de la cama de Antonio Toscano, la protagonista recibe su ropa interior de manos de él, quien le comunica con total frialdad que ha modificado la clave de acceso a su hogar. Con la instrucción de no regresar a menos que sea estrictamente necesario, Antonio justifica su decisión ante el desconcierto de ella: la mujer a la que tanto tiempo intentó conquistar finalmente ha aceptado ser su novia, y él no está dispuesto a arriesgar esa nueva relación permitiendo que se encuentren.
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Capítulo 9

Antes de venir aquí, jamás imaginé que la primera noche terminaría sentada en el sofá con un hombre desconocido.

Y casi con la cabeza pegada a la suya.

Presioné un algodón sobre su herida. Entonces supe que se llamaba Bernardo Reynaud. Era pintor, y había venido a la zona para hacer bocetos del paisaje.

—Parece bastante profundo —fruncí el ceño al mirar la mordida—. ¿No deberías ponerte una vacuna?

Bernardo se tocó la barbilla, muy serio.

—Yo creo que sí. Una antirrábica.

Tardé un segundo en entender que me estaba insultando. Lo miré con rabia, aunque sin mucha convicción: al final la culpa era mía.

Bernardo se rió.

—Oye, pero mírala bien. Tu mordida quedó bastante redonda. Tiene cierto sentido estético.

***

Mi mamá estaba encantadísima con Bernardo. Todo el tiempo lo invitaba a comer a la casa.

A escondidas, me guiñaba el ojo y me apretaba el brazo, toda emocionada:

—Bernardo es un encanto. Siempre ayuda a tu papá y a mí con lo que sea. Míralo nada más, ¡qué guapo está! Si ustedes dos se casan y luego tienen un bebé, ese niño va a salir guapísimo…

Yo suspiré, resignada.

—Mamá, ya. Basta.

No es que Bernardo no me gustara. Pero una vez vi el abrigo de lana que él usaba. Lo dejó tirado, como si nada, sobre el respaldo del sofá. Y yo ya lo había visto antes en Antonio. Un abrigo de una casa de sastrería artesanal, de esas con siglos de historia. Uno de esos no bajaba de los diez mil dólares.

O sea: otro rico, otro mundo.

Aun así, Bernardo era buenísimo para caerle bien a la gente. Hablaba muy bien, sabía decir lo justo. Desde que llegó, él se encargaba de cargar los bidones de agua a la casa; incluso mi papá, que es muy exigente, no paraba de elogiarlo.

Tanto que el día de Año Nuevo mi mamá también lo invitó a comer con nosotros.

Yo le reclamé en voz baja:

—¿Y tú por qué lo invitaste?

Mi mamá me miró como si yo fuera la mala.

—Pobrecito, él está solo aquí. ¿Te parece bien dejarlo pasar el Año Nuevo solito, sin nadie?

No tuve forma de discutirle. Solo pude ver, impotente, cómo Bernardo se sentaba a la mesa, con esos ojos claros, brillantes, siempre a punto de sonreír.

—¡Qué rico cocinas!

A mi mamá casi se le iba la sonrisa hasta las orejas.

—Si te gusta, come más.

Entre una cosa y otra, mi mamá terminó soltando un suspiro y mirándome de reojo.

—Celina, ¿y yo cuándo voy a conocer a tu novio?

Con Bernardo ahí, me dio una vergüenza horrible.

—Mamá, ¿qué dices?

Bernardo me miró y habló como si fuera lo más natural del mundo.

—Celina es tan guapa que seguro le sobran pretendientes. No te preocupes.

Mi mamá frunció los labios.

—¿Y cómo no me voy a preocupar? Seguro salió igualita a mí; desde chiquita era bonita. Ay, ahora mismo te enseño fotos de cuando era niña.

Ya no aguanté.

—¡Mamá!

Pero Bernardo apenas sonrió.

—Claro. Me encantaría.

***

Después de cenar, mi mamá de verdad sacó el álbum de fotos y se puso a verlo con Bernardo.

—Mira, aquí tenía cien días de nacida, bien gordita, ¿no estaba preciosa? Y mira, de chiquita Celina era una ternura, con los ojazos. En el barrio todos la adoraban, decían que parecía muñeca.

—Y esta es de la primaria, en una presentación, ¡ay no! Ese rubor gigante, me muero de risa.

Mi mamá no alcanzó a terminar de pasar las páginas cuando mi papá la llamó. Ella se fue, dejándonos ahí.

Me acerqué, incómoda.

—Mi mamá es así, no le hagas caso. Si no quieres seguir viendo, déjalo ahí.

Bernardo levantó la vista; en sus ojos claros había una risa suave.

—No me molestó. Tu mamá tiene razón, de chiquita sí eras muy linda.

Me quedé congelada.

***

Sin darme cuenta, ya era la una de la madrugada. Afuera todavía había gente lanzando fuegos artificiales.

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