
Cuando Dejé de Esperarte
Capítulo 2
El estilo de su departamento era sencillo, casi frío. Él había dicho más de una vez, con resignación, que desde que yo llegué la casa no había dejado de llenarse de cosas.
Pero todo lo que realmente era mío cabía en una sola maleta.
Cuando ya estaba a punto de irme, Antonio me llamó.
Con el torso desnudo y apoyado en el marco de la puerta, bajó la cabeza y encendió un cigarro.
—Ya no eres tan joven. Es hora de que busques a alguien con quien sentar cabeza —exhaló el humo, con una sonrisa a medias—. De ahora en adelante, quedemos como amigos.
Entendí perfectamente lo que quería decir, asentí:
—Está bien.
***
El invierno en Solan es húmedo. No hace tanto frío, pero esa humedad helada parece colarse entre los huesos.
Parecía que estaba nevando. Algo frío y mojado cayó sobre la punta de mi nariz.
Levanté la vista. El cielo, que hace un momento estaba despejado, se había cubierto de nubes. Copos diminutos caían arrastrados por el viento.
Desde que vine a Solan con Antonio, no había vuelto a ver nieve.
De pronto, recordé la nieve de Puerto Brisamar. Una pequeña ciudad costera donde, al llegar el invierno, la humedad del mar se transformaba en nevadas espesas, capaces de durar toda la noche. Al amanecer, la nieve llegaba hasta las rodillas y todo era un blanco absoluto. Era liberador. No como esta nieve, fina y persistente, que se me cuela hasta el alma y me la deja hecha un nudo.
Dejé la maleta a un lado y me senté en la parada del autobús para llamar a casa.
Mi madre, Juana García, contestó casi de inmediato, emocionada pero con cuidado:
—¿Celina?
El aire frío me golpeó la nariz. Me la froté; ardía un poco.
—Mamá, extraño tu comida.
Ella se alegró al instante.
—Cuando vuelvas te preparo todo lo que quieras. Déjame ver los pasajes, ya casi es Año Nuevo y seguro no será fácil conseguirlos.
La interrumpí:
—No hace falta, mamá. Este Año Nuevo lo paso en casa.
Se quedó en silencio un segundo; luego su voz se llenó de ilusión:
—¿De verdad?
—Sí.
Levanté la cabeza; tal vez un copo se me metió en los ojos. Parpadeé, con la voz ronca.
—Mamá, he decidido trabajar en Puerto Brisamar.
***
Esa misma tarde presenté mi renuncia.
El jefe intentó retenerme a toda costa.
—¿Es por el sueldo? Dime y lo vemos. Al gerente lo van a transferir el próximo año; tú eres la que tiene más posibilidades de ascender. Irte ahora es una lástima.
Sonreí y negué con la cabeza.
—Gracias, pero quiero volver a casa y pasar tiempo con mis padres.
Nunca fui una persona ambiciosa, no soñaba con destacar ni con llegar a lo más alto, solo quería vivir bien, en paz.
Vine a esta ciudad por Antonio. Él quería hacer carrera aquí y yo lo seguí sin dudar. Pensé que, si me quedaba el tiempo suficiente a su lado, algún día por fin me miraría de verdad. Pero resulta que, en el amor, por más que uno se esfuerce, no siempre hay recompensa.
De camino al hotel, una canción melancólica sonaba en la calle. La escuché en silencio y, de pronto, pensé en la primera vez que vi a Antonio: tenía diecisiete años. Ahora yo tenía veintiocho. Había entregado tantos años por él; estaba a punto de cumplir treinta. Años tirados en algo absurdo. Ya era hora de que se acabara.
***
Esa noche, después de mucho tiempo, soñé con Antonio de mi juventud.
Antonio, con diecisiete años, se había cambiado a nuestra escuela cuando yo iba en segundo de preparatoria. Cuando los demás chicos aún se veían torpes y desaliñados, él llevaba una chaqueta negra, un mechón de pelo cayéndole sobre la frente y una figura alta y esbelta.
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