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Portada de la novela Condenado a verla feliz

Condenado a verla feliz

A sus veinte años, Natalia vive marcada por el amor secreto que siente hacia Ricardo Montenegro, el imponente mejor amigo de su padre, quien le lleva doce años de diferencia. El destino de ambos cambia drásticamente durante una importante recepción, donde Ricardo es víctima de una peligrosa droga. Luciendo el hermoso vestido de princesa que él mismo le obsequió en el pasado, Natalia toma la decisión de entregarse a él para salvarlo, transformándose de forma irrevocable en su único remedio.
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Capítulo 6

Cuando volvió en sí, se encontró recostada en la cama de su habitación. A su lado, de pie, estaba Ricardo, con una expresión distante.

—Causaste un desastre enorme esta vez. Debería encerrarte tres días, pero Isabela es tan buena que no quiso que sufrieras y me pidió que te dejara salir.

—Ya sabía que seguías obsesionada conmigo. Pero grábatelo bien, Natalia: jamás me fijaría en una muchachita doce años menor que yo. Lo nuestro es, y siempre será, imposible.

Apenas terminó de hablar, azotó la puerta frente a ella. El estruendo ahogó la explicación que Natalia intentaba articular.

Se recargó en la cabecera y, cerrando los ojos, dejó escapar un largo suspiro. Murmuró para sí misma:

«Ricardo, de verdad que ya no te quiero».

Los días siguientes, la casa de los Montenegro se llenó de una actividad inusitada.

Todo el personal de la mansión trabajaba en los preparativos para la boda de Ricardo e Isabela.

Mientras daba indicaciones, Isabela tomó del brazo a Natalia con un entusiasmo que parecía borrar cualquier aspereza pasada.

—El lugar y la decoración ya están casi listos, solo falta la dama de honor. Pensé que tú, Nat, serías perfecta. Así te contagias de la buena suerte y, quién sabe, a lo mejor hasta encuentras novio entre los padrinos.

Al final, sus palabras llevaban un tono de burla.

Natalia, incapaz de igualar semejante actuación, se soltó de su agarre. Estaba a punto de negarse cuando una voz masculina cortante resonó sobre ellas.

—Ella no puede ser la dama de honor.

Natalia e Isabela se giraron al mismo tiempo y vieron a Ricardo detrás de ellas.

—¿Por qué no? —preguntó Isabela, genuinamente sorprendida por su negativa.

Ricardo no respondió de inmediato; solo levantó la vista hacia Natalia.

Últimamente parecía más tranquila, ya no lo buscaba todo el tiempo.

Sin embargo, la idea de que Natalia pudiera tener novio le generó una extraña opresión, una molestia indefinible.

Pero si le preguntaban por qué, no sabría explicarlo.

Ricardo, ensimismado, buscaba una excusa cualquiera cuando oyó hablar a Natalia.

—No tengo ninguna relación ni con la novia ni con el novio, por lo que no soy apta para ser dama de honor.

«La verdad es que estoy por irme del país», pensó. «De todos modos, no podré asistir a esa boda».

Al oírla, Ricardo asintió, siguiendo su argumento. Isabela terminó por desechar la idea.

Justo cuando Natalia respiraba aliviada y se disponía a marcharse, la escuchó decir:

—Bueno, ya que Nat no puede ser la dama de honor, para demostrar tus buenos deseos, ¿qué tal si me regalas ese vestido de novia que diseñaste? Me encantó.

Al oír esto, Natalia no pudo evitar mirar a Ricardo.

Aquel vestido lo había diseñado a los dieciocho años y había ganado un premio en un concurso.

Innumerables jóvenes de la alta sociedad habían querido comprarlo para sus bodas, pero Natalia siempre se había negado.

Porque lo había diseñado para sí misma.

Soñaba con usarlo para casarse con Ricardo.

Ricardo conocía el significado del vestido, pero no quería decepcionar a Isabela, así que intervino:

—Natalia, si me vendes ese vestido, te daré cualquier cosa que pidas.

Natalia hizo una mueca.

—No hace falta. Isabela tiene razón, debo felicitarlos de alguna manera. Considéralo mi regalo de bodas adelantado.

Dicho esto, llamó a la boutique.

Poco después, personal de la tienda trajo el vestido que tenían guardado y lo entregó en manos de Isabela.

Isabela, radiante con su preciado vestido, ya no tenía tiempo para importunar a Natalia. Corrió emocionada al probador.

Natalia observó su espalda con calma y, sin mostrar emoción alguna, dio media vuelta y regresó a su cuarto.

Solo Ricardo se quedó mirando su silueta mientras se alejaba, sumido en sus pensamientos.

...

De madrugada, Natalia estaba sola en su habitación, terminando de hacer las maletas.

Ya casi había acabado de empacar y los trámites estaban casi listos. Pronto podría marcharse.

Acababa de esconder la maleta y se disponía a dormir, cuando la puerta de su cuarto se abrió de golpe.

Antes de que pudiera reaccionar, Ricardo irrumpió en la habitación, la sujetó con fuerza de la muñeca y la reprendió sin miramientos.

—¡¿Qué le hiciste al vestido?!

—¡Isabela solo se lo probó y al poco rato empezó a tener picazón y le salió sarpullido por todo el cuerpo! Natalia, ¡¿querías matarla?!

Bajo la luz tenue, la mirada furiosa de Ricardo parecía querer destrozarla.

Natalia negó con urgencia.

—¡Yo nunca toqué ese vestido! ¡Es imposible que le hiciera algo, no tengo ningún motivo para hacerle daño!

La expresión de Ricardo se endureció. La empujó bruscamente sobre la cama. Sus ojos brillaban con ira contenida y su voz estaba cargada de furia.

—¿Que no tienes motivos? Sé perfectamente que sigues tras de mí, pero no tenías por qué lastimar a Isabela. Más te vale que no le pase nada, porque si no...

Ricardo no pudo terminar la frase. La empleada doméstica entró corriendo desde el pasillo.

—¡Señor, la señorita Gómez se desmayó!

—¡Vigila a esta! ¡Que no se escape! —ordenó Ricardo, dirigiéndose a la empleada.

Su semblante cambió por completo y, tras dar la orden, salió disparado de la habitación.

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