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Portada de la novela Condenado a verla feliz

Condenado a verla feliz

A sus veinte años, Natalia vive marcada por el amor secreto que siente hacia Ricardo Montenegro, el imponente mejor amigo de su padre, quien le lleva doce años de diferencia. El destino de ambos cambia drásticamente durante una importante recepción, donde Ricardo es víctima de una peligrosa droga. Luciendo el hermoso vestido de princesa que él mismo le obsequió en el pasado, Natalia toma la decisión de entregarse a él para salvarlo, transformándose de forma irrevocable en su único remedio.
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Capítulo 7

Durante toda la noche, las luces de la mansión Montenegro permanecieron encendidas.

Natalia, sentada en el sofá, se sentía profundamente inquieta. Se clavaba las uñas en las palmas con tal fuerza que se había hecho sangrar, pero parecía ajena al dolor, con la mirada perdida en el reloj de pared.

Vio cómo las manecillas avanzaban sin pausa desde la medianoche hasta las siete de la mañana.

Justo cuando el reloj dio la hora en punto, se oyeron unos pasos apresurados desde el exterior, cada vez más cercanos.

Apareció Ricardo. Sus ojos, de un negro intenso, estaban cargados de una furia que hizo que a Natalia se le erizara la piel; un escalofrío le recorrió el cuerpo entero.

Ricardo tomó un látigo de manos de un empleado y avanzó hacia ella, paso a paso.

—¿Tienes idea de que por poco pierdo a Isabela y a mi hijo, Natalia?

«¿Un bebé? ¿Isabela está embarazada?»

Tras la conmoción inicial, Natalia volvió en sí.

«Sí... en la vida anterior, ella también quedó embarazada justo por estas fechas. En esta vida, reuní a Isabela con Ricardo, así que era lógico que fuera ella la embarazada ahora».

No tuvo tiempo de darle más vueltas. Al ver a Ricardo dispuesto a castigarla físicamente solo para desquitarse por lo de Isabela, los ojos se le inundaron en lágrimas mientras intentaba defenderse:

—Yo no le hice nada al vestido, ¡nunca le he hecho daño! Primero el secuestro, luego esas cartas extrañas en la fiesta, y ahora esto... ¿De verdad no te parece sospechoso? ¡Ni que yo fuera tan astuta como para que todos mis planes de tenderle una trampa funcionaran siempre!

Esperaba que Ricardo, siempre tan meticuloso, notara las inconsistencias en todo aquello.

Pero él estaba cegado por la ira.

—¿Me estás diciendo que Isabela te está tendiendo trampas? ¡Es a ella a quien amo, con ella me voy a casar! ¿Por qué razón querría hacerte algo así?

Eso era justo lo que Natalia tampoco entendía.

—No sé...

No pudo terminar; un grito ahogado escapó de sus labios cuando el látigo de Ricardo silbó en el aire y le golpeó la espalda con fuerza.

—Natalia, ¡cómo eres necia!

Natalia palideció al instante; una mueca amarga se dibujó en sus labios.

«Claro... Isabela es la única que le importa. Qué ingenua fui al pensar que podría creerme a mí».

Intentó escapar por instinto.

Pero los guardaespaldas que estaban detrás se abalanzaron sobre ella, sujetándola con firmeza contra el suelo.

—¡Natalia! ¿Vas a admitir tu error, o no? —gritó Ricardo con severidad, mientras el látigo volvía a caer.

Natalia temblaba de dolor de pies a cabeza, pero apretó las manos con fuerza, negándose a emitir un solo quejido.

Al ver que no respondía, Ricardo descargó el látigo sobre su espalda una vez más.

—¡Te lo pregunto de nuevo! ¿Admites o no que te equivocaste?

Pero la joven en el suelo mantuvo los labios sellados, sin decir palabra.

«¡Yo no hice nada malo! ¿Por qué tendría que admitir algo que no hice?»

Su terquedad enfureció aún más a Ricardo.

El látigo golpeó su espalda repetidamente.

Pronto, toda la espalda de Natalia era una masa sangrante, pero ella seguía sin doblegarse.

Finalmente, el mayordomo, incapaz de soportarlo más, se acercó y detuvo la mano de Ricardo que sostenía el látigo.

—Señor Montenegro, si sigue así, va a matarla...

Solo entonces Ricardo se detuvo. Arrojó el látigo a un lado con indiferencia.

—¡Que no se repita esto!

Natalia no pudo más. Su cabeza cayó hacia el suelo y perdió el conocimiento.

...

Ricardo no volvió a la casa en los días siguientes. Natalia, con la espalda destrozada por los latigazos, no podía ni levantarse de la cama debido al dolor.

Pasó varios días postrada, recuperándose, hasta que finalmente pudo volver a caminar.

El día que se sintió mejor, recibió una notificación de la oficina de inmigración: su permiso de residencia permanente estaba listo.

Ahora, con el documento en mano, Natalia ya no tenía razón para seguir en la casa de los Montenegro.

Después de recogerlo, regresó para empacar lo poco que le quedaba y se dispuso a marcharse con su maleta.

Pero justo al salir, se encontró con Ricardo, que llegaba en ese momento.

Antes de que Natalia pudiera reaccionar, Ricardo espetó con dureza:

—¡Natalia! ¿Cuántos años tienes para andar con estas niñerías de escaparte? Ya te dije mil veces que te olvidaras de mí. Pero sigues de terca, haciéndole daño a Isabela una y otra vez. ¿Y encima te ofendes porque te castigué, o me vas a decir que me equivoqué?

Al oírlo, ella sintió un cansancio infinito.

«No sé cuántas veces tendré que repetírselo para que por fin me crea que ya no siento nada por él».

Al sentir su silencio, la expresión de Ricardo se endureció aún más. Finalmente, se masajeó la sien con los dedos.

—Mira, olvídalo. Si quieres ir a despejarte, está bien. Últimamente el embarazo de Isabela es delicado, y yo estoy muy ocupado con la boda. Si te quedas aquí, quién sabe qué podrías intentar hacerle.

Dicho esto, tomó la maleta de Natalia.

—Yo mismo te llevo al aeropuerto.

Natalia no pudo negarse ni quiso dar explicaciones. Simplemente lo siguió en silencio.

El carro avanzó con rapidez hasta la terminal del aeropuerto. Justo cuando Natalia tomaba su maleta en silencio para bajar, él finalmente preguntó:

—¿A dónde vas? ¿Ya tienes boleto?

Los labios de Natalia apenas se movieron, pero antes de que pudiera responder, él continuó, con un tono distante:

—Quédate cerca, visita alguna ciudad por aquí. No te vayas muy lejos. Cuando termine la boda con Isabela, pasaré por ti.

Esta vez, Natalia no dijo nada más. Se limitó a asentir con sumisión:

—Sí.

Tras despedirse, tomó su maleta y caminó hacia la entrada del aeropuerto, bajo la mirada de Ricardo.

Esperó hasta que el auto de Ricardo desapareció entre el tráfico, entonces sacó su celular y, en silencio, bloqueó todos sus números. Luego, sin dudarlo un instante, se dirigió a la puerta de embarque.

«¿Pasar por mí?»

«No, gracias, Ricardo».

«No volveré. Nunca más».

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