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Portada de la novela Condenado a verla feliz

Condenado a verla feliz

A sus veinte años, Natalia vive marcada por el amor secreto que siente hacia Ricardo Montenegro, el imponente mejor amigo de su padre, quien le lleva doce años de diferencia. El destino de ambos cambia drásticamente durante una importante recepción, donde Ricardo es víctima de una peligrosa droga. Luciendo el hermoso vestido de princesa que él mismo le obsequió en el pasado, Natalia toma la decisión de entregarse a él para salvarlo, transformándose de forma irrevocable en su único remedio.
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Capítulo 5

La fuerza de la cachetada fue tal que la tiró al suelo.

No solo se le hinchó la mejilla de inmediato, ¡sino que empezó a sangrarle la boca!

A Natalia le zumbaban los oídos.

No oía nada. Todo se volvió borroso.

Se llevó una mano temblorosa a la mejilla y, al sentir la marca del golpe, las lágrimas brotaron sin control.

Era la primera vez que Ricardo le pegaba.

Pero antes de que pudiera reaccionar, él ya había desaparecido por la puerta principal.

Natalia tomó aire con dificultad, se levantó de prisa y salió corriendo tras él.

Tenía miedo de que Isabela sufriera el mismo accidente que en su vida pasada.

—¡Bum!—

Uno tras otro, truenos sordos acompañaban el aguacero que azotaba el mundo.

Y bajo la lluvia, un tipo alto sujetaba con fuerza a una mujer casi inconsciente entre sus brazos.

Isabela forcejeaba sin parar, con la voz quebrada por la desesperación:

—Hoy era el día más importante de mi vida y ella lo arruinó. ¿Cómo esperas que me quede ahí? Si todavía te busca tanto, prefiero no pelear por ti con una niñita. Mejor te la devuelvo y ya...

Ricardo la abrazó aún más fuerte.

—No, Isabela, jamás podría enamorarme de ella. Sabes perfectamente cuánto tiempo llevo queriéndote. ¿De verdad quieres destrozarme el corazón tirándome en brazos de otra?

Al decir esto último, se inclinó para besarla.

Pero al instante siguiente, los faros cegadores de un carro que se acercaba los iluminaron.

Natalia, que acababa de salir corriendo tras ellos, vio sangre por todas partes y se quedó paralizada.

...

La luz roja sobre la puerta de urgencias se encendió.

Varios médicos se apresuraban a conectar aparatos a Ricardo para estabilizarlo.

Pero a él no le importaban sus heridas; insistía en que salvaran primero a Isabela.

—Pero, señor Montenegro, usted es el que está más grave.

Su voz era débil y temblorosa.

—¡No me importa! ¡Sálvenla a ella primero!

Sin más opciones, los médicos llevaron primero a la inconsciente Isabela al quirófano.

Poco después, un doctor salió corriendo.

—¡La paciente tiene una hemorragia grave! ¿Quién tiene sangre tipo A?

Al oír eso, Ricardo, ignorando las advertencias de la enfermera, se bajó de la cama.

—¡Yo soy A! ¡Sáquenme sangre a mí!

—Pero, señor Montenegro, usted...

—¡Cállese! ¡Hágalo ahora!

Pronto, varias bolsas de sangre llenaron la bandeja médica a su lado, mientras la cara de Ricardo se ponía pálida como el papel.

Solo cuando confirmaron que Isabela estaba fuera de peligro, aceptó por fin acostarse en la camilla y que lo llevaran a urgencias.

Natalia no pudo soportar ver más. Dio media vuelta y se fue.

Sabía que Ricardo amaba a Isabela. Más que a su propia vida.

«Si tan solo lo hubiera entendido en mi vida anterior», pensó con amargura, «quizás mi final no habría sido tan desastroso».

Ahora, en esta vida, había cambiado el curso de las cosas, pero Isabela igual había tenido el accidente.

Y todo había empezado por culpa de esas cartas de amor y esos retratos suyos.

Pero no tenía idea de cómo habían salido a la luz; estaba segura de haberlos roto.

Ahora que lo pensaba, la única persona que podría haber guardado sus cartas y hacerlas públicas era Isabela.

«Pero ¿por qué haría algo así?», se preguntó. «Si ya estaba con Ricardo».

No lo entendía, y prefería no darle más vueltas.

Pasó tres días en casa, aturdida. Ricardo salió del hospital y lo primero que hizo fue ordenar a los guardaespaldas que la encerraran en el almacén frigorífico.

En cuanto la arrojaron dentro, un frío que calaba hasta los huesos la envolvió por completo.

Al ver el blanco gélido que la rodeaba, Natalia esbozó una sonrisa amarga.

Ya ni recordaba cuánto tiempo había pasado desde la última vez que sintió frío de verdad.

Desde que cayó accidentalmente en un lago helado de niña, su salud se había resentido y le tenía pavor al frío. Por eso, la mansión siempre tenía calefacción, como si fuera primavera todo el año.

Y ahora Ricardo usaba eso para castigarla, por no renunciar a él y, según él, haber dañado indirectamente a Isabela.

Por instinto, Natalia se acurrucó, intentando conservar algo de calor, pero era inútil. Solo podía sollozar débilmente.

Una empleada que estaba fuera no pudo más y le susurró:

—Señorita Natalia, vaya y pídale perdón al señor. Su cuerpo no va a aguantar esto...

A Natalia se le enrojecieron los ojos de golpe.

«En mi vida pasada me equivoqué, y lo acepté», pensó. «Pero esta vez no he hecho nada malo. ¿De qué tendría que disculparme?».

Además, Ricardo solo tenía ojos para Isabela en este momento; no le interesaría escuchar su versión.

Ráfagas heladas la golpeaban desde todas direcciones. Pronto, una fina capa de escarcha cubrió sus pestañas.

Sintió que los latidos de su corazón se volvían más lentos, que sus pensamientos se nublaban...

Al final, cerró los ojos lentamente y perdió el conocimiento.

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