
Tras el divorcio, los gemelos se arrepintieron
Capítulo 4
Solté una risa llena de rabia.
—¿Que yo me disculpe? ¿Por qué tendría que hacerlo? ¡Fuiste tú quien me dejó sola en la calle bajo una fuerte tormenta! Sabías que me dolía el vientre y aun así me abandonaste ahí… ¿y ahora quieres que sea yo la que “madure”? No te preocupes. En cuanto firmes, les dejo el camino libre. Cómprale todos los vestidos que quieras, los que se te antojen. Ya no tendrá nada que ver conmigo. No volveré a interponerme en sus vidas.
No quería seguir escuchándolo. Justo cuando iba a colgar, su voz estalló al otro lado de la línea.
—Valeria, ¿estás mal de la cabeza? Le compré ese vestido a Daniela porque está enferma, para que se sienta un poco mejor. En cambio tú, embarazada y gorda como una cerda, dime… ¿qué vestido te va a quedar bien? Usas mi dinero, vives en mi casa, ¿y todavía no estás conforme? Solo no te llevé al hospital, ¿no que estabas tan grave? Bien que tuviste fuerzas para mandarme el acuerdo de divorcio. ¿Qué pasa? ¿Ya no sabes qué inventar? Te lo advierto, si quieres hacer un escándalo, hazlo tú sola. No metas a mi hermano ni a su esposa en esto. Si por tu culpa mi hermano se divorcia, no voy a dejarlo pasar. ¿Me oíste?
Cuanto más hablaba, más fría se volvía su voz. Sentí como si me clavaran agujas en el pecho, las lágrimas comenzaron a caer sin control.
Él es psicólogo. Sabe perfectamente que durante el embarazo una mujer es más sensible. Y aun así, delante de otros, me llamó cerda, dijo que ningún vestido me quedaría bien. Yo claro que había engordado por el embarazo, por nuestro hijo, para poder nutrirlo y traerlo sano al mundo. Y ahora, en su boca, eso se convertía en mi culpa.
Elena ya no pudo soportarlo. Me arrebató el teléfono y gritó con todas sus fuerzas:
—¡Maldito desgraciado! ¿Con qué derecho insultas a Vale? ¡Ojalá tú y esa zorra de Daniela se queden juntos para siempre! ¡Que se aguanten el uno al otro toda la vida!
Colgó de golpe.
El dolor me atravesó el pecho, no pude contenerme y rompí a llorar.
Estuvimos hospitalizadas medio mes. En todo ese tiempo, ninguno de los dos nos llamó ni envió un solo mensaje. Era como si nos hubieran borrado de sus vidas.
En cambio, Daniela siempre los tenía a los dos a su lado.
Esos dos, adictos al trabajo, dejaron todo para viajar con ella, para cumplir cualquier capricho que tuviera.
Vi fotos de Sebastián, que siempre ha tenido miedo a las alturas, subiéndose a la montaña rusa por ella, e incluso se atrevía a lanzarse al vacío por ella.
En las publicaciones de Daniela, siempre aparecía en medio de ellos dos, sonriendo radiantemente. En una foto, Sebastián la miraba y le sonreía con una ternura que hacía años no me dedicaba a mí.
Y su hermano, con esas manos que Elena siempre protegió con tanto cuidado, le pelaba camarones… aun siendo alérgico al marisco.
Los comentarios estaban llenos de bendiciones, mensajes positivos y hasta mensajes de envidia.
Elena y yo mirábamos cada publicación con tanto dolor, riéndonos irónicamente. Su sonrisa luminosa contrastaba cruelmente con nuestro aspecto pálido y agotado. Me froté los ojos, que ardían de tanto llorar, y volví a marcar su número.
—Sebastián, ¿ya firmaste el acuerdo de divorcio? Si sigues negándote, iniciaré una demanda.
Hubo silencio por un instante, luego con su voz, incrédula y molesta me contestó:
—¿Hablas en serio, Valeria? Estás embarazada, llevas medio mes sin volver a casa y encima me bloqueas. ¿Qué es lo que quieres? Soy médico, estoy ocupado. Deja de complicarme la vida, ¿sí?
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