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Portada de la novela Tras el divorcio, los gemelos se arrepintieron

Tras el divorcio, los gemelos se arrepintieron

8.2 / 10.0
Dos mejores amigas unieron sus vidas a los hermanos Alcázar y concibieron al mismo tiempo. Sin embargo, el desprecio de sus maridos lo cambió todo. Sebastián abandonó a su esposa embarazada en la carretera bajo la lluvia para atender a su exnovia. Al pedir auxilio a su amiga, ambas sufrieron un brutal choque contra un camión. A pesar de su desesperación, el otro hermano ignoró las llamadas de auxilio acusándolas de mentir. Tras perder a sus hijos en la tragedia, ambas toman la firme decisión de divorciarse.

Tras el divorcio, los gemelos se arrepintieron - Capítulo 1

Mi mejor amiga y yo nos casamos el mismo día con los hermanos Alcázar. Por coincidencia, incluso quedamos embarazadas al mismo tiempo.

Yo me casé con el hermano mayor, un reconocido psicólogo; ella, con su hermano menor, un prodigio de la medicina.

Debido a las molestias del embarazo, Sebastián decidió manejar y llevarme para realizarme un chequeo prenatal.

Pero a mitad del camino, una sola llamada de su ex, la mujer que nunca superó, bastó para que cambiara de rumbo y me dejara atrás.

Llorando, me aferré a su brazo.

—Sebastián, te lo suplico… afuera está lloviendo a cántaros. ¿Puedes llevarme primero al hospital?

Él apartó mi mano con impaciencia.

—Ella se cortó la muñeca. ¡Podría morir! ¿Puedes dejar de ser tan inmadura? Tengo que ir a vendarla. Tú puedes ir sola al hospital.

La lluvia caía como si el cielo se estuviera rompiendo. Y Sebastián me dejó sola en plena carretera. No tuve más opción que llamar a mi mejor amiga para que viniera por mí.

Nunca imaginamos que, en el camino, un enorme camión de carga se lanzaría directo contra nosotras.

Mientras perdía el conocimiento, la escuché llorando, llamando a su esposo… Pero lo único que recibió fueron reproches.

—No inventes tonterías, Elena. Solo porque estoy acompañando a Daniela, ¿ahora vas a mentir sobre un accidente?

Al final, fueron unos desconocidos que iban pasando quienes llamaron a la ambulancia. Gracias a ellos, sobrevivimos, pero las dos perdimos a nuestros bebés.

Cuando despertamos en el hospital, nos miramos y sonreímos amargamente.

—¿Te vas a divorciar?

—Sí.

Acaricié mi vientre, ahora plano y vacío, y susurré en voz baja:

—Hijo… perdóname.

Sonreí… pero fue una sonrisa que dolía más que el llanto y, las lágrimas comenzaron a caer, caían sin control, espesas y, con un sabor amargo imposible de tragar. Aquí dentro… alguna vez hubo una vida.

Mi esposo me abandonó por Daniela Prado. Me dejó sola en la autopista bajo una fuerte tormenta, sin importarle el peligro en el que me encontraba. Sin importarle la vida de nuestro hijo.

Desbloqueé el celular y le envié un mensaje a Sebastián:

‘Divorciémonos.’

El hombre que normalmente tardaba un día entero en responderme, me llamó casi al instante.

—Valeria, ¿qué tonterías estás diciendo? ¿Otra vez vas a empezar con tus celos? ¿Solo porque no te acompañé al control prenatal vas a inventar algo así? ¿Qué clase de madre usa a su propio hijo para dar lástima?

Su voz era fría y distante, como si estuviera molesto.

—Ya te dije que Daniela es mi paciente. Tiene depresión. Estoy cumpliendo con mi responsabilidad profesional, ¿entiendes? Y encima haces que Elena vaya a quejarse con mi hermano. Daniela también es paciente de él, nada más que eso. Si por tus celos algo le pasa y termina desangrándose, tú serás la culpable. ¿Sabes lo que significa eso? ¡Sería homicidio!

Y colgó.

El tono vacío del teléfono me dejó sin aire por un segundo. Daniela era su paciente… ¿pero acaso yo no era su esposa?

Que siempre estuviera pendiente de ella hasta en lo más mínimo, lo soportaba. Pero ayer… él sabía que yo me sentía mal, sabía que ese también era su hijo. Y aun así me dejó sola en plena carretera, bajo aquella lluvia torrencial.

Todo por lo que le dijo Daniela:

—Sebastián… hoy me corté la mano mientras partía fruta. ¿También crees que soy inútil? Tal vez ni siquiera debería existir…

En ese instante, él quiso dar la vuelta, pero yo lo detuve con todas mis fuerzas. No temía mojarme, solo temía que algo le pasara a mi hijo.

Le rogué llorando. Pero aun así me sacó fuera del auto. Solo me lanzó un paraguas antes de irse, dejándome empapada bajo la tormenta. Sin otra opción, llamé a Elena, mi mejor amiga.

Cuando supo lo que había pasado, se enfureció. Entre insultos, juraba que le escribiría a Sebastián para reclamarle, y decirle unas cuantas cosas.

Con su ayuda, finalmente logré sentarme a su lado, en el asiento del copiloto y, abrocharme el cinturón…

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