
Tras el divorcio, los gemelos se arrepintieron
Capítulo 3
—Daniela tiene depresión. ¿Ahora tú también vas a copiarle? Valeria, ¿te parece divertido mentir?
Pero yo realmente había caído en depresión. Hubo un tiempo en que incluso pensé en quitarme la vida. Fue gracias a Elena que poco a poco logré salir adelante. Y mi hijo… era lo único que todavía me ataba a este matrimonio.
Y ahora el bebé ya no estaba, él, como padre, aunque no se preocupara por mí, al menos debería haber llamado para preguntar por su hijo.
Pero lo único que hizo fue culparme.
Quizás, en su corazón, yo ya no era la mujer que caminaría a su lado en el futuro.
Acostada en la cama del hospital, abrí el perfil de Daniela en redes sociales y vi su última publicación, era una foto de ella y Sebastián, mejilla con mejilla y en su dedo había una curita rosada.
La supuesta “herida” por la que dijeron que se había cortado las muñecas era tan leve que ni siquiera necesitaba una venda. Si la foto no tuviera tan buena resolución, ni siquiera se notaría la marca. Al fondo, en la cocina, se veía a Santiago preparando la comida.
El pie de foto decía:
‘Gracias por siempre dejarlo todo para acompañarme en mis momentos más tristes.’
Los comentarios estaban llenos de elogios y envidia.
‘Qué suerte tienes.’
‘Escuché que tiene depresión. ¡Ánimo, preciosa, vas a salir adelante!’
Elena a mi lado, no pudo evitar reír irónicamente con el corazón destrozado.
—Tal para cual, son el uno para el otro. Valeria, deja de ver eso. Ya no tiene nada que ver con nosotras. Acabo de hablar con un abogado para empezar el trámite del divorcio. ¿Quieres hacerlo conmigo?
Aparté la mirada y asentí.
El acuerdo estuvo listo muy rápido. Cuando lo pusieron frente a mí para firmarlo, mi teléfono sonó, Daniela acababa de publicar algo nuevo. Era un plato que había preparado Santiago.
‘El doctor Santiago cocina delicioso. ¡Está riquísimo!’
En la foto se veía una mano sirviéndole comida, una mano que yo conocía demasiado bien. Pero en el dedo anular, donde antes había un anillo, ahora solo quedaba una marca tenue.
Tragué saliva, mis pestañas temblaron y, firmé el acuerdo.
Luego pedí un servicio de mensajería para que llevara los papeles de divorcio al hospital donde trabajaba Sebastián. Quería terminar esto con dignidad.
Cuando vi que el paquete había sido recibido, lo llamé. Pero tardó en contestar, intenté varias veces antes de que atendiera. Pero antes de que pudiera hablar, su voz estalló llena de furia, maldiciéndome.
—Valeria, ¿estás loca? ¿Qué significa que me envíes un acuerdo de divorcio? ¿Te quieres divorciar? ¿Y encima lo mandas a mi oficina? ¿Quieres que todos sepan que eres una celosa irracional que no sabe comportarse?
Los ojos me ardían. Había puesto como remitente la dirección del hospital. Si él hubiera mirado con atención, habría sabido que yo seguía internada. Pero ni siquiera preguntó.
Conteniendo las lágrimas, estaba a punto de hablar cuando en la llamada se escuchó la dulce voz de Daniela:
—Sebastián… me encanta este vestido. No debiste gastar tanto por mí.
No imaginó que Daniela le hablara de pronto. Luego él me respondió con torpeza:
—A Daniela le gustó y se lo compré, nada más. No pienses cosas raras.
Y enseguida añadió, con tono autoritario:
—¿Dónde estás? Ven ahora mismo a pedirle disculpas. Aun estando enferma, ella se preocupa por ti. Es una chica tan buena… no seas así. Aprende a comportarte, madura un poco.
Hablaba con una seguridad arrogante, como si su perdón fuera algo que yo no pudiera perder. Como si, sin él, el mundo se me viniera abajo.
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