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Portada de la novela La mujer casada con flacidez vaginal y su suegro con hipertrofia

La mujer casada con flacidez vaginal y su suegro con hipertrofia

Tras dar a luz de forma natural, la protagonista de esta historia experimenta una severa laxitud que afecta su vida íntima, provocando el rechazo absoluto de su esposo, cuya anatomía ya era limitada. La alarmante falta de intimidad conyugal deja de ser un secreto familiar cuando su suegro se entera de la situación. Lejos de ignorarlo, el hombre la acorrala en el baño y, revelando que padece de hipertrofia, le propone un encuentro clandestino asegurando que sus cuerpos encajarán a la perfección.
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Capítulo 2

Me paré frente al espejo y me miré: piel blanca y tersa, cuerpo escultural... cualquiera que me viera diría que soy un bombón.

Pero así de perfecta como soy, nadie me quería, y no me quedaba más que arreglármelas sola.

Frente al espejo, levanté una pierna, me mordí los labios y me dejé llevar sin control.

Pensar en que mi suegra acababa de decirle a mi suegro que fuera a buscar una mujer me daba ganas de ir corriendo a decirle que no buscara más, que me buscara a mí.

Yo estaba más limpia que cualquier mujer de la calle y, lo más importante, lo necesitaba más que ninguna.

Dios mío, ¿en qué estoy pensando? ¡Pero si es mi suegro!

Mientras más trataba de no pensar en él, menos podía contenerme, hasta que solté un grito que no pude frenar:

—Papi... ah... suegro... cógeme... cógeme duro...

Lo delicioso del pecado y la locura me envolvieron con una emoción que nunca había sentido; mis manos se movían cada vez más rápido, cada vez más fuerte, fuera de control.

No me di cuenta de que mis gritos se volvieron obscenos.

Hasta que la puerta del baño se abrió despacio.

Me quedé helada, paralicé las manos y abrí los ojos. Quise cerrar la boca, pero no pude evitar gemir una vez más.

Nuestras miradas se cruzaron. Me quería morir de la vergüenza. Era mi suegro.

Cuando vi cómo me miraba con ojos oscuros, caí en cuenta de que el camisón seguía abajo, en mis tobillos...

Yo había gritado tan fuerte que seguro me escuchó desde afuera; ahora que me veía en semejante estado, cualquiera adivinaría lo que estaba haciendo.

Me quería morir. ¡Es el papá de mi esposo!

Mi suegro.

Y yo acababa de gritar su nombre mientras me tocaba. Le grité que me cogiera hasta matarme.

Seguro lo escuchó todo y lo adivinó todo: me estaba imaginando cosas con él mientras me daba placer.

Vivimos bajo el mismo techo, nos vemos a diario... ¿cómo iba a mirarlo a los ojos después de esto?

Seguro piensa que soy una cualquiera. Me subí el vestido a toda prisa para tapar todo lo que tenía mojado ahí abajo.

Muerta de vergüenza, roja hasta las orejas, agaché la cabeza y dije en voz baja:

—Suegro, per... perdón...

—No me va a despreciar, ¿o sí?

—No —dijo mi suegro con amabilidad—. Pero ¿tuviste algún problema con Emilio? ¿Por qué...?

Menos mal que no mencionó lo que grité. No sé si no lo escuchó o si se hizo el sordo.

—Yo...

Roja como un tomate, balbuceé sin poder ni hablar; el sudor me escurría por la frente.

Pensar en la mirada de desprecio de mi esposo y en todas esas noches de tormento me daba ganas de confesarlo todo de una vez y dejar que mi suegro me revisara.

Pero las palabras se me atoraban en la garganta y no podía pronunciarlas.

—¿Qué te pasa? Cuéntame, seguro puedo ayudarte —dijo, caminando hacia mí.

Me dio unas palmaditas en el hombro y con cara amable me dijo que no tuviera miedo. Esa manera suya de ser, tan madura, tan firme, tan tranquilizadora, me dio un valor enorme.

Al fin, con la cara ardiendo y la cabeza agachada hasta casi tocarme el pecho, le conté casi tartamudeando y en un susurro mi vergonzoso problema.

Se sorprendió. Dijo que la capacidad de contracción de los músculos vaginales suele ser muy buena; que normalmente, aunque haya desgarre y sutura, se recupera.

Que un caso como el mío era rarísimo que no tuviera contracción.

—A ver, déjame revisarte. Necesito ver cómo está la situación.

¿Qué? Creí haber oído mal.

Aunque hacía un momento, gracias a sus palabras de aliento, me armé de valor para contarle lo que me pasaba, enseñarle ahí abajo era algo que no podía hacer.

Al ver que estaba en aprietos, me explicó con paciencia:

—Que te dé pena es normal, después de todo soy hombre, y además soy el papá de Emilio. Pero soy médico, y además ginecólogo. Eso lo he visto miles de veces; no te preocupes tanto.

Como seguía sin decidirme, agregó:

—Bueno, ya que te da pena, mejor yo te ayudo.

Y me cargó y me sentó sobre el lavamanos. No me dio tiempo de reaccionar, de la nada me levantó el vestido.

La pantaleta ya me la había quitado quién sabe cuándo; estaba al descubierto, sin nada que me tapara.

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