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Portada de la novela La mujer casada con flacidez vaginal y su suegro con hipertrofia

La mujer casada con flacidez vaginal y su suegro con hipertrofia

Tras dar a luz de forma natural, la protagonista de esta historia experimenta una severa laxitud que afecta su vida íntima, provocando el rechazo absoluto de su esposo, cuya anatomía ya era limitada. La alarmante falta de intimidad conyugal deja de ser un secreto familiar cuando su suegro se entera de la situación. Lejos de ignorarlo, el hombre la acorrala en el baño y, revelando que padece de hipertrofia, le propone un encuentro clandestino asegurando que sus cuerpos encajarán a la perfección.
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Capítulo 3

Mi suegro era demasiado directo. Me puse roja hasta las orejas. No podía creer que algún día me vería así de expuesta frente a él.

Lo vi con la mirada clavada ahí abajo, tragó saliva y el sonido fue tan fuerte que hasta yo lo escuché. Me moría de vergüenza y me cubrí la cara con las manos para desaparecer.

Él me apartó las manos con calma.

—Tranquila, déjame revisarte bien.

Y me tocó. Como un inspector de calidad: abría y revisaba con cuidado, palpaba la textura, medía el grosor con los dedos.

Ni siquiera se puso guantes. Sus manos grandes y callosas me rozaron. No pude evitarlo: todo mi cuerpo se sacudió y sentí una oleada de calor por dentro.

“Esto va mal”, pensé. Si seguía así, iba a empezar a reaccionar. Quise detenerlo, pero el cuerpo no me respondía, y encima los ojos se me iban solos hacia mi suegro.

Mi suegro solo traía un bóxer, sin nada arriba. Sus abdominales marcados en perfecta fila y su torso fornido quedaban a la vista, y además tenía un mechón de vello que le bajaba del ombligo hasta el vientre.

Una oleada de feromonas me abrumó por completo. Sentí que se me despertaba algo, como si se encendiera un fuego dentro de mí.

Ese papacito de casi cincuenta años, con sus abdominales marcados y ese cuerpo... Pero es mi suegro. ¡Es el papá de mi esposo!

Después de una revisión completa, mi suegro dio su diagnóstico.

—Esto es atrofia muscular posparto. En términos comunes, laxitud vaginal.

—Una persona normal puede recibir dos o tres dedos. A ti te cabe la mano entera. Emi tiene a lo mucho diez centímetros. Ustedes no deben estar bien en eso, ¿o sí?

Asentí, con un nudo de frustración.

—Sí... es que él ni me toca. Yo hace un momento estaba...

—No te preocupes tanto. Sí hay una solución, solo que no sé si haya alguien adecuado para ayudarte con el tratamiento.

—Claro que sí, Emi puede —dije con ingenuidad.

—Pero si acabas de decirme que ustedes no funcionan. El tratamiento que te propongo requiere encontrar a un hombre que sea compatible contigo, y que lo hagan todos los días durante una semana seguida. Tiene que ser una vez al día sin falta para detener la atrofia del músculo.

—¿¡Qué?!

¿Qué clase de tratamiento era ese? Eso era ser infiel.

Además, con lo floja que estaba, ¿dónde iba a encontrar un hombre “compatible” conmigo? No existía.

Al ver que seguía dudando, mi suegro dijo:

—Casi no hay hombres así. Mira, yo lo hago. Para serte honesto, yo tengo hipertrofia genital. Parece que encajamos perfecto.

¿Qué?

¿Él tenía hipertrofia?

Pero éramos suegro y nuera. ¿Eso estaba bien?

No me decidía.

—Pero... pero es que...

—Ya deja los peros —dijo mi suegro sin dar lugar a respuesta—. Si no tratas esto pronto, la laxitud va a empeorar...

Y me separó las piernas hacia los lados. Quedé frente a él en la postura más vergonzosa que pudiera imaginar.

Al segundo siguiente, mi suegro se quitó el bóxer sin perder un segundo.

Una tremenda cosa saltó libre.

Se me cortó la respiración. Sin duda era hipertrofia: así de grueso, así de largo...

Por más floja y abierta que estuviera, no pude evitar sentir miedo. Con algo de ese tamaño, ¿no me iba a matar?

Al ver su cuerpo fornido y varonil, y lo que la naturaleza le dio, mi deseo se encendió.

Pero mi suegra estaba ahí afuera. La excitación y la emoción de algo que nunca había vivido casi me hacían perder la razón.

Mi suegro me miraba ahí abajo con ojos devoradores de deseo. Ya no quedaba nada de su elegancia habitual: los ojos rojos, la respiración pesada, como un animal salvaje. Sujetó su enormidad y la apuntó a lo más profundo de mí, que temblaba...

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