
La mujer casada con flacidez vaginal y su suegro con hipertrofia
Capítulo 1
Después de mi parto natural terminé con laxitud vaginal y me convertí en un enorme agujero negro. Mi esposo, cuyo tamaño ya de por sí dejaba mucho que desear, se negaba a tener intimidad conmigo.
Cuando mi suegro se enteró, me acorraló en el baño con la mirada turbia y me dijo que él tenía hipertrofia, entonces me entraría como anillo al dedo...
Esa noche me puse unas encantadoras medias negras, pero mi esposo inventó que tenía trabajo pendiente, agarró su almohada y se fue al estudio.
Yo estaba a punto de llorar de la frustración.
—Nuestro bebé ya tiene tres meses y solo me has tocado una vez. También soy mujer.
—¿Que no sabes cómo estás?
—Te lo suplico, solo una vez más. Esta vez voy a apretar más fuerte.
—Apretar mis narices. Tu agujero negro no se compara ni con mi mano. Y más te vale hacerme caso: busca un momento para que mi papá te revise.
Vi cómo se alejaba sin voltear y las lágrimas se me salieron sin control.
Pero solo podía echarme la culpa a mí misma. Después de todo, no tenía derecho a reclamarle nada.
Mi esposo y yo siempre nos llevamos de maravilla; en la intimidad también todo funcionaba bien. Pero hacía tres meses tuve un parto natural, gemelas.
El canal de parto se desgarró, me dieron más de diez puntos, y desde entonces ahí abajo me quedó tan flojo como un agujero negro.
La calidad de nuestra vida íntima se fue al suelo. Mi esposo me tocó una sola vez y se negó rotundamente a hacerlo de nuevo.
Estos días me las arreglé con pepinos y berenjenas... pero por más grandes y gruesos que fueran, nada se compara con un hombre de carne y hueso.
Solo me provocaban más ganas, y fue precisamente porque ya no aguantaba que esa noche me atreví a rogarle otra vez.
Pero no solo me rechazó, sino que volvió a insistir en que buscara tiempo para que mi suegro me revisara y empezar el tratamiento cuanto antes.
Mi suegro era especialista en ginecología en uno de los mejores hospitales de la ciudad; su habilidad era extraordinaria, tanto que lo llamaban una eminencia en ginecología.
Pero... era mi suegro. ¿Cómo iba yo, siendo su nuera, a pedirle que me tratara algo así?
Además, mi suegro, aunque rondaba los cincuenta, era guapo, siempre con sus lentes de armazón dorado, un aire culto y refinado, y un cuerpo bien cuidado, con músculos firmes que irradiaban masculinidad.
Desde que mi esposo dejó de tocarme, lo imaginé más de una vez. Si de verdad me mandaba a que él me revisara, seguro me iba a delatar yo sola, y entonces ya no tendría dignidad en esa casa nunca más...
Cuando estaba pensando en todo eso, de la habitación de al lado, la de mis suegros, empezaron a llegar sonidos sugerentes.
Sonaban muy intensos.
Era obvio que mi suegro estaba encima de mi suegra, embistiéndola con fuerza. Al escuchar los jadeos y gemidos constantes de mi suegra, sentí algo muy curioso. Tal vez era envidia. Y celos.
Si la que estuviera debajo de mi suegro fuera yo...
Con ese pensamiento, el fuego que ya traía y que no se apagó empezó a arder con más fuerza.
No pude evitarlo: apreté las piernas y empecé a frotarme. Pero en ese momento, desde la habitación se escuchó a mi suegra quejándose a gritos.
Y después, mi suegro tratando de calmarla.
Me quedé helada. Así que mi suegro era así de potente. Mi suegra no lo aguantaba y de plano ya no lo dejó seguir; por más que mi suegro le rogó, ella lo rechazó sin pensarlo.
—La tienes como de burro, y aparte cada vez duras más de una hora. Mejor ve y búscate a otra.
Dios mío. Más de una hora. Cuánto se habría de sentir eso. Unos con tanto y otros con tan poco.
Mi suegro tenía un tamaño y una resistencia capaces de impresionar a cualquiera, y mi suegra lo despreciaba.
Y yo, toda abierta y vacía, con un esposo que prefería arreglárselas solo antes que tocarme.
De verdad que el mundo era injusto.
Suspiré, me levanté sin ánimos y me fui al baño de visitas de la sala.
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