
Mi íncubo desobediente
Capítulo 3
Él me había dicho que no soportaba que lo tocara y yo, por puro respeto, me había mantenido al margen. Pero resultó que toda mi consideración no sirvió de nada frente a esas palabritas dulces y fingidas de Raina.
Ella seguía parloteando sin parar, con ese tono meloso que me estaba taladrando los oídos. Era desesperante.
—¿Te puedes callar de una vez? —solté.
En cuanto terminé de hablar, se hizo un silencio sepulcral en el comedor.
Mi padre me lanzó una mirada de reproche, como pidiéndome que no fuera tan grosera, mientras que la mamá de Raina seguía comiendo como si la cosa no fuera con ella.
Raina me miró con los ojos empañados, pasando la vista de Diego a mí, a punto de romper a llorar.
De pronto, el sonido de los cubiertos chocando contra el plato rompió la tensión. Entonces, la voz fría y distante de Diego resonó en toda la mesa.
—¿No puedes dejar de ser tan prepotente?
Todos nos quedamos de piedra. En esta casa, nadie se había atrevido nunca a hablarme en ese tono.
Mi padre se paró de un salto y hasta la mesa tembló, con la cara roja de coraje.
—¡Lo tienes muy malcriado, Fiona! ¡Se le olvidó quién manda aquí! ¡En mi vida había visto a un íncubo hablarle así a su dueña!
No me dio por explotar. Solo me quedé ahí, barriendo a Diego con la mirada, intentando descifrar qué estaba pasando.
Desde que lo compré, siempre se había portado apático, casi como un robot sin sentimientos. Pensé que así era su naturaleza, pero en ese momento me di cuenta de que algo no cuadraba.
¿Por qué le dolía tanto que yo regañara a mi hermanastra? Su mirada hacia mí era gélida, pero cuando miraba a Raina... había un brillo extraño, algo casi... íntimo.
La cena terminó de la peor manera. Esa noche, mi padre se puso terco y me prohibió dormir en la misma habitación que Diego.
—¡Déjalo que pase hambre! —sentenció—. Que aprenda de una vez quién es su dueña.
No tuve el valor de confesarle que Diego llevaba un mes en ayunas, y que era él quien se negaba a "probarme".
Era demasiado humillante.
A mitad de la noche, bajé a la cocina por un vaso de agua, pero un sonido que venía del cuarto de al lado me detuvo en seco.
Me quedé helada. ¿Qué hacía una voz de mujer en el cuarto de Diego?
Me acerqué con cuidado y sentí un frío intenso recorrer mi espalda. No me había equivocado: era Raina. Su voz suave y fingida se escuchaba clarito en el silencio del pasillo.
—Diego, de verdad te agradezco que me hayas defendido en la cena. No tienes idea de lo sola que me siento en esta familia. Nadie se pone de mi parte. Vine solo para darte las gracias.
Diego le respondió con una ternura en la voz que yo jamás le había escuchado, ni mucho menos me había dedicado a mí.
—Fiona tiene un carácter difícil, pero en el fondo no es mala persona —dijo él, con ese tono protector—. Si vuelve a hablarte así, no te quedes callada, responde. No se va a atrever a hacerte nada.
Solté una sonrisa amarga. Llevábamos apenas un mes juntos y el tipo ya sentía que me conocía de toda la vida.
Pero fue en ese preciso instante cuando la verdad me golpeó como un rayo: el día que llegó el paquete, fue Raina quien lo abrió.
Todo cobró sentido. No era que mi íncubo estuviera defectuoso. Era que, antes de vincularse conmigo, se había quedado prendado de alguien más a primera vista. Con razón no dejaba que lo tocara.
Recordando lo que me había dicho el asesor, regresé a mi habitación y les escribí de nuevo.
"Mi íncubo sigue sin mejorar y no tengo intención de mandarlo a reparar. Mejor hagamos el cambio por uno nuevo."
Como siempre, respondieron de inmediato.
"Entendido, linda. Mañana mismo sale su nuevo pedido. Le llegará en una semana, aproximadamente."
Me quedé pensando un momento y añadí otra pregunta.
"¿Y qué va a pasar con el que tengo ahorita?"
Esta vez tardaron un poco más en contestar.
"No se preocupe por eso. A los ejemplares que presentan problemas, devoluciones o quejas, los recolectamos cuando tenemos oportunidad. Normalmente se venden a precio de remate como artículos de segunda mano."
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