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Portada de la novela Mi íncubo desobediente

Mi íncubo desobediente

Tras un mes de espera, el perfecto compañero de fantasía de la protagonista sigue rechazando cualquier contacto físico. Aunque se niega a devolverlo al servicio técnico, todo cambia drásticamente durante una cena familiar. Al ver la intensa reacción de la criatura ante su hermanastra, ella descubre un terrible error: su pariente fue quien abrió el paquete original el día de su llegada. Decepcionada y traicionada, decide contactar al asesor para exigir un reemplazo inmediato.
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Capítulo 2

Lo observé y sentí un nudo en el estómago de pura lástima. No entendía cómo podía estar así de mal si, por fuera, se veía tan fuerte y sano.

El movimiento de su mano al secarse el cabello se detuvo en seco. Sus ojos se oscurecieron y me sostuvo la mirada con una frialdad absoluta.

Nada que ver con los íncubos de los anuncios, que suelen mirar a sus dueñas como si fueran lo más sagrado del universo.

—Si en un par de días sigues así, sin terminar de adaptarte, te voy a llevar a que te den mantenimiento —le dije.

Él asintió, soltando un suspiro que pareció de alivio.

Por dentro, me moría de la frustración. Era como tener un banquete enfrente y no poder probar ni un bocado. Tener la miel en los labios y no poder saborearla era una tortura.

Me puse de pie y salí de la habitación para despejarme. Al final del día, la única razón por la que había comprado un íncubo era para darme el gusto.

De pronto, mi celular empezó a sonar. Era mi padre. Contesté con fastidio.

—Dice tu abuela que te extraña. ¿Cuándo piensas aparecerte por la casa? —soltó de una vez.

Sabía perfectamente que era una excusa. El que se moría por verme era él.

Mi padre es de esos hombres que viven por y para sus hijos. Si pasaba dos días sin verme, sentía que se le iba la vida.

—Está bien, papá, ya entendí. En un rato salgo para allá…

Me interrumpí al darme la vuelta. Me quedé de piedra al ver que Diego ya estaba armando sus maletas.

—¿Tantas ganas tienes de ir a la mansión? —le pregunté, aún con la llamada activa.

Él detuvo sus manos un segundo, pero no soltó palabra. No le di más importancia.

La verdad, no tenía ni tantitas ganas de volver a esa casa, pero mi papá siempre me ganaba con sus chantajes.

—A tu abuela ya le quedan pocos años de vida, ¿qué te cuesta pasar un rato con ella? —me había dicho.

Así que, apenas tres días después de haberme ido, ya estaba de regreso.

Nada más cruzar el umbral, una chica se me echó encima. Me hice a un lado con una mueca de asco y la miré con frialdad.

Raina puso esa cara de mosquita muerta que tanto odiaba y habló con esa vocecita chillona y fingida que usaba siempre.

—Hermana, por fin volviste. No sabes cuánta falta me hiciste estos tres días.

Raina era la hijastra de mi padre.

Era el colmo: mi padre juraba que me adoraba y que le dolía el alma si no me veía, hasta puso todas las acciones de la empresa a mi nombre... pero nada de eso le impidió casarse con otra y mantener a una hija que ni siquiera era suya.

A Raina no la pasaba, y no era solo por mi padre, sino porque la tipa era una hipócrita.

La había agarrado varias veces haciéndome jugaditas sucias, y a la muy cínica ni le daba tiempo de quitar esa cara de mala cuando la descubría.

Al ver que yo no le seguía el juego, ni se inmutó. Simplemente se giró hacia Diego, que venía detrás de mí, y le dedicó su mejor sonrisa.

—Diego, ¿no estás cansado de cargar tantas cosas? —Luego me lanzó una mirada de reproche—. Ay, hermana, de verdad te pasas. Diego es tu íncubo, no un empleado doméstico. ¿Cómo puedes ponerlo a hacer trabajos tan pesados?

Solté una risa seca.

—¿Y qué? ¿Las vas a cargar tú entonces?

Su cara se tensó por un instante.

Diego me clavó una mirada indescifrable, pero guardó silencio.

Yo estaba harta, así que me fui directo a mi habitación.

No tenía paciencia para lidiar con el teatro de Raina. Por eso no me di cuenta de que, a mis espaldas, Diego le devolvió el gesto a Raina con una leve sonrisa y un ligero asentimiento.

Durante la cena, el ambiente estaba pesadísimo. Mi padre no dejaba de mirar a Diego con mala cara.

—No es más que un juguete —masculló mi padre—, y lo andas trayendo de arriba abajo como si fuera un tesoro.

Sentí cómo Diego se ponía rígido a mi lado. Estaba a punto de intervenir para poner a mi padre en su lugar, pero Raina se me adelantó.

—Papá, no hables así de Diego. Aunque sea un íncubo, él también tiene su dignidad.

Sentí un movimiento a mi lado y giré la cabeza. Diego estaba mirando a Raina fijamente, con los ojos cargados de una ternura infinita.

Fruncí el ceño y lo analicé con cuidado. ¿Acaso eran imaginaciones mías? ¿Por qué sentía que mi íncubo miraba a Raina con ese brillo especial en los ojos?

Me pareció el colmo de la ironía. Yo había pagado una fortuna por él, lo mantenía con lo mejor, le daba todo lo que necesitaba y consentía cada uno de sus caprichos.

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