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Portada de la novela Mi Bastardo Inocente

Mi Bastardo Inocente

Héctor abandona a Gabriela, su prometida embarazada, para casarse con Rebeca, su amiga de la infancia que espera un hijo, bajo el pretexto de protegerla del escándalo. A pesar de que Gabriela se encuentra igual de desamparada, su antiguo novio contempla con indiferencia cómo la sociedad tacha de bastardo a su futuro bebé. Ante el desprecio y la dolorosa realidad, ella toma la drástica decisión de abortar para cortar definitivamente todo lazo con él.
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Capítulo 3

Después de ese día, Héctor y yo apenas mantuvimos contacto. Él se dedicaba a tiempo completo a cuidar de Rebeca y, solo de vez en cuando, muy tarde por la noche, me preguntaba cómo estaba.

Al ver que yo no le hacía caso, con el tiempo, sus mensajes se volvieron cada vez más esporádicos.

Hasta el día en que cumplí tres meses de embarazo.

En el hospital, durante una exhaustiva revisión prenatal, me encontré justo con la hermana de Héctor. Paula Alcázar me miró con total sorpresa, me arrebató el informe de las manos, y, sin poder evitarlo, alzó la voz:

—Gabriela, ¿en serio engañaste a mi hermano? ¿Y estás esperando el hijo de otro?

Mi rostro se transformó. No podía creer que pensara eso de mí. Por lo que me apresuré a explicarle:

—¡Este bebé es de tu hermano, de Héctor! ¡Yo no lo engañé!

Pero ella me dedicó una mirada de profundo desagrado y rio con desprecio varias veces.

—Te acabo de descubrir con las manos en la masa, ¿y todavía quieres negarlo? Gabriela, en serio, pareces tan decente por fuera, ¡pero vaya que eres una cualquiera! Seguro piensas usar ese niño para endosárselo a mi hermano, ¿no es así? ¿Y así crees que vas a poder entrar a la familia Alcázar y asegurar tu futuro?

Aunque sabía que no le caía bien a Paula, nunca imaginé que me despreciara tanto. No intentó bajar la voz en lo más mínimo, y, en poco tiempo, un grupo de curiosos nos rodeó. Muchos me señalaban y murmuraban.

Me mordí el labio inferior con tanta fuerza que casi me saco sangre. Respiraba con mucha dificultad, cada bocanada de aire me quemaba por dentro. Intenté salir corriendo del hospital varias veces, pero ella me lo impidió una y otra vez.

Finalmente, resignada, la miré, sintiéndome sumamente humillada, y, con un nudo en la garganta, logré decir:

—¿Qué demonios quieres? Ya te lo dije, ¡este bebé es de tu hermano! Si no me crees, ¡llámalo y pregúntale!

Me miró con una sonrisa burlona y llena de desprecio.

—Ay, Gabriela, no me quieras ver la cara. Ya sé que el bebé que espera Rebeca sí es de mi hermano. De hecho, él está con ella en su consulta justo ahora. Si de verdad estuvieras esperando un hijo de él, ¿crees que te habría dejado venir sola al hospital? Te atreviste a engañar a mi hermano y encima te embarazaste de otro. ¡Pues ahora atente a las consecuencias con nuestra familia!

Ella hizo una seña con la mano, y de inmediato aparecieron varios guardaespaldas.

El pánico comenzó a invadirme de inmediato. Tomé mi celular para llamar a Héctor, pero, al instante, ella me dio una cachetada, dejando sus dedos impresos en mi mejilla y haciendo que mi celular cayera al suelo.

Su cara reflejaba una crueldad implacable, y su mirada era perversa. Estiró la mano y me agarró del cabello con saña.

—¿Todavía no te das por vencida? ¿En serio crees que mi hermano va a venir a rescatarte? Gabriela, ¡me parece que ya quieres dejar este mundo!

Los guardaespaldas me metieron a la fuerza en el auto de ella, y, poco después, llegamos a la mansión de los Alcázar.

Héctor y Rebeca estaban allí, y me vieron entrar escoltada por los guardaespaldas.

Tenía el cabello hecho un desastre, hilos de sangre en la comisura de los labios, y la ropa toda arrugada y hecha un desastre.

La mujer descansaba tranquila recostada en el sofá, con un aspecto radiante y saludable, mientras el padre de mi hijo le daba de comer caldo de pollo con devoción.

Paula mantenía la cabeza en alto, con aire triunfante.

—Hermano, esta tipa, ¡te engañó! ¡Y para colmo de males, está esperando un hijo que no es tuyo! Hoy fue a su revisión al hospital, ¡y allí mismo la descubrí!

Levanté la cara, tenía la mejilla ligeramente hinchada y la marca roja de los cinco dedos era perfectamente visible. Con dolor, miré a Héctor, esperando que él aclarara la situación, pero, el muy cínico, ni siquiera volteó a verme. Tan solo se limitó a decir, con apatía:

—Enciérrenla en el ático. Y que nadie la saque de ahí sin mi autorización.

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