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Portada de la novela Mi Bastardo Inocente

Mi Bastardo Inocente

Héctor abandona a Gabriela, su prometida embarazada, para casarse con Rebeca, su amiga de la infancia que espera un hijo, bajo el pretexto de protegerla del escándalo. A pesar de que Gabriela se encuentra igual de desamparada, su antiguo novio contempla con indiferencia cómo la sociedad tacha de bastardo a su futuro bebé. Ante el desprecio y la dolorosa realidad, ella toma la drástica decisión de abortar para cortar definitivamente todo lazo con él.
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Capítulo 4

Sentí que el corazón se me hacía mil pedazos en ese instante. Lo miré fijamente sintiendo cómo perdía toda la esperanza en él.

Aturdida, como flotando en una pesadilla, me encerraron como un perro rabioso en el ático de la mansión.

Al caer la noche, a la oscuridad se sumó el chillido de las asquerosas ratas. Una se plantó frente a mí y me observó con cierta curiosidad durante un largo rato.

De repente, la puerta del ático se abrió.

La rata, asustada, huyó y se escondió. Tras la puerta apareció Rebeca, con una expresión de odio.

Al ver que estábamos solas, dejó de lado cualquier disimulo y me dedicó una sonrisa llena de malicia.

—¡Mírate nada más, Gabriela! ¡Por fin te llegó tu hora! Te lo dije mil veces, Héctor es mío. Pero tú, con el mayor descaro del mundo, metiste. ¿Y encima de todo pensabas casarte con él? Deberías saberlo: para él, yo soy lo más importante en la vida. Tú… tú solo eras un pasatiempo, alguien para matar el rato cuando se aburría, ¡nada más!

Su sonrisa, tan hiriente, encendió toda la rabia que llevaba dentro. Por lo que, sin pensarlo, agarré lo primero que encontré en el suelo y se lo aventé con furia.

Rebeca lanzó un grito de pánico y del susto cayó sentada al suelo. Fue entonces cuando vi que le había lanzado una rata.

Enseguida oímos pasos apresurados subiendo hacia el ático, y, un segundo después, Héctor y Paula aparecieron en la puerta, mientras Rebeca lloraba a gritos, abrazándose el vientre, gimiendo que le dolía el vientre.

—¡Héctor, me duele muchísimo el estómago! ¿Y si le pasó algo a nuestro bebé?

—Yo solo venía de buena fe… Pensé que Gabriela no había comido y quería preguntarle qué se le antojaba. ¡Pero ella sin reparo agarró una rata y me la aventó!

Dijo todo ese cuento y luego gimoteó un poco más sobre su supuesto dolor. Y, aunque su actuación era pésima, todos le creyeron.

Paula me lanzó una mirada feroz y ya se me iba encima, cuando su hermano la detuvo. Héctor puso mala cara, y primero le pidió que se llevara a Rebeca abajo para que la revisaran. Solo entonces se volteó hacia mí, observándome con total desaprobación.

—¡Me decepcionas tanto, Gabriela! —dijo, mientras la decepción inicial en sus ojos se convertía en indiferencia—. Había pensado que te quedaras aquí en la mansión, para estar pendiente de ti. ¡Pero ahora veo que, con esa actitud déspota, es imposible que convivas con Rebeca!

Cerré los ojos, invadida por una tristeza infinita. El cansancio y una profunda desesperación se reflejaban en mi semblante.

—¿Vivir juntas? Todo el mundo sabe que Rebeca espera un hijo tuyo. Yo, en cambio, solo cargo con un… con un hijo de «quién sabe quién». Es eso lo que dicen, ¿no? Según tú, yo te traicioné. ¿Con qué cara me voy a quedar en la mansión?

Su mirada se endureció y un gesto de impaciencia asomó en su rostro. Pero intentó controlarse y, bajando la voz, me dijo:

—Yo me voy a encargar de esto. Pero, por ahora, ¿no puedes simplemente estar tranquila, cuidar tu embarazo y tener al bebé? ¿Qué ganas con estar peleando con Rebeca?

No respondí, sino que me limité a mostrar una sonrisa llena de sarcasmo y gruñí con desprecio.

Héctor ya no pudo contenerse más, por lo que, salió furioso dando un portazo.

—¡Te vas a quedar en el ático reflexionando una buena temporada! ¡Yo me encargaré de que te traigan comida todos los días!

***

Pasaron los días, y yo seguía encerrada en aquel ático lúgubre, con la única compañía de las asquerosas ratas.

Supuse que Héctor le había dado alguna advertencia a Rebeca, porque, aunque vivíamos bajo el mismo techo, ella ya casi no iba a provocarme.

Así pasó un largo y tortuoso mes, hasta que un día… la vi pasar cerca y, a propósito, dije en voz alta, para que me oyera:

—¡Mañana, Héctor me va a acompañar a mi revisión!

Esa noche, me mostré mucho más dócil de lo habitual. Cuando él fue a llevarme la cena, le mencione la cita médica con toda naturalidad.

—Ya pasó otro mes. A nuestro bebé le toca otra revisión.

A Héctor pareció gustarle mi actitud. Había un dejo de emoción, casi de alivio, en su voz cuando respondió:

—Gabriela, si hubieras sido así desde el principio, te habrías ahorrado tantos problemas. No te preocupes, mañana te acompañaré al chequeo.

Pero al día siguiente, como siempre, no cumplió su palabra. Sino que acompañó a Rebeca al hospital, mientras que Paula me llevaba a mí.

Durante todo el trayecto, su hermana no disimuló su fastidio; no dejó el celular y dudo que se enterara siquiera de qué estudios me harían.

Ya en el consultorio, y, con la ayuda del médico, tomé los medicamentos para interrumpir el embarazo.

Justo en ese momento, Héctor, que ya había terminado con la revisión de Rebeca, apareció por fin.

—¿Y Gabriela? Rebeca ya terminó hace rato. ¿Dónde se metió?

Cuando de un golpe empujó la puerta del cuarto y entró, me encontró con la parte inferior del cuerpo bañada en sangre. En el suelo, entre mis pies, había restos de tejido y coágulos.

Héctor palideció, y sus labios empezaron a temblar sin control.

—Ga… Gabriela, pero… ¿qué hiciste?

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