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Portada de la novela Me Exhibió por una Canasta Navideña

Me Exhibió por una Canasta Navideña

Tras ser expuesta injustamente en internet por una empleada que la acusó de tacaña al no entregar canastas navideñas, la directora de una empresa decide tomar medidas drásticas. Aunque el público virtual lo ignora, su política interna otorga generosas tarjetas de regalo de 200 dólares en cada festividad y cumpleaños. Para darles una lección, publica un comunicado cancelando dicho beneficio para darles la canasta que tanto exigían. El caos estalla de inmediato y su personal termina suplicando por el antiguo trato.
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Capítulo 1

Una empleada me expuso en redes sociales.

Dijo que era una jefa miserable y tacaña por no darles una canasta navideña.

Pero la gente en internet no sabía que, según la tradición de mi empresa, en cada festividad y también en su cumpleaños, cada empleado recibía sin falta una tarjeta de regalo de 200 dólares.

Como medio internet me estaba haciendo pedazos, decidí seguirles el juego y publiqué un comunicado:

“Para respetar las tradiciones navideñas, este año se cancelan las tarjetas de regalo. En su lugar, todos recibirán una canasta navideña.”

Apenas salió el comunicado, la empresa entera se convirtió en un caos.

Los empleados se plantaron frente a la puerta de mi oficina y me rogaron que les devolviera las tarjetas de regalo.

Ya se acercaba Navidad y en la empresa ya se sentía el ambiente festivo.

Le pedí a mi asistente que trajera las tarjetas de regalo que habíamos preparado. Era un fajo bastante grueso.

Esa era una tradición desde que se fundó la empresa. En cada festividad y también en su cumpleaños, cada empleado recibía una tarjeta de regalo de 200 dólares.

La nueva pasante, Carmina Ibarra, asomó la cabeza desde su cubículo.

Miró las tarjetas de regalo que llevaba mi asistente e hizo una mueca de desdén.

—¿Una empresa tan grande como la nuestra ni siquiera va a repartir una canasta navideña?

Lo dijo en un tono calculado, justo lo bastante alto para que todos en la oficina la escucharan.

Dulce Núñez, una empleada veterana que estaba a su lado, le jaló suavemente la manga y le recordó en voz baja:

—Aquí nos dan una tarjeta de regalo de 200 dólares como beneficio navideño. Es mucho más útil que una canasta navideña. Tú acabas de llegar y no lo sabes.

Otro compañero respaldó a Dulce:

—Sí. Yo el año pasado usé esa tarjeta para comprarle un celular nuevo a mi mamá. Me sirvió más que cualquier canasta.

—¿Ah, sí?

Carmina alargó las sílabas con sarcasmo.

—Una cosa es una tarjeta y otra cosa es una canasta navideña. Si ni siquiera quieren dar una, ¿con qué cara presumen sus buenos beneficios? Si no hay ni un detalle, ¿de qué sirve dar más dinero?

A Dulce y al otro compañero se les endureció el rostro. Ninguno volvió a decir nada.

Por la tarde, tocaron la puerta de mi oficina.

Carmina estaba parada en la entrada, con una carpeta apretada contra el pecho.

—Señora Carrillo, ¿tiene un momento? Quisiera hablar con usted sobre la cultura organizacional.

Asentí.

Ella entró, cerró la puerta y sonrió con una expresión profesional.

—Siento que, siendo una empresa tan importante, podríamos cuidar un poco más la cultura interna. Por ejemplo, en Navidad. La tarjeta de regalo sí es práctica, pero le falta ese toque tradicional. Si pudiéramos darle a cada empleado una canasta navideña adicional, eso reflejaría mejor el lado humano de la empresa.

La miré. Aquello me pareció casi ridículo.

—La tradición de la empresa es darles a los empleados la libertad de elegir. Con 200 dólares, cada quien puede comprar varias canastas navideñas del tipo que prefiera, o también puede comprar otra cosa para su familia. Eso es mucho más humano que hacer una compra masiva y obligarlos a recibir productos de marcas que tal vez ni siquiera les gusten.

A Carmina se le borró la sonrisa.

—No me refería a eso. Lo que digo es que podríamos combinar las dos cosas: un gesto simbólico y un apoyo económico.

La interrumpí.

—Yo solo sé que darles ese dinero directamente a los empleados y dejar que ellos decidan es la mayor muestra de respeto.

Ella se quedó sin palabras por un segundo y apenas logró soltar una frase seca:

—Solo era una sugerencia.

Dicho eso, apretó la carpeta contra el pecho y salió a toda prisa.

No le di importancia. Solo pensé que era una joven recién llegada con ganas de hacerse notar.

Al principio, cuando la empresa apenas empezaba, todo fue muy difícil. Siempre sentí que les debía mucho a los primeros empleados que me siguieron.

Por eso, cuando la empresa por fin se estabilizó, mejoré los beneficios laborales todo lo que pude. Solo quería construir un lugar donde todos pudieran trabajar con dignidad y ganar un sueldo decente.

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