
Secreto Ciclista En La Montaña
Secreto Ciclista En La Montaña - Capítulo 1
Tengo dos genitales masculinos. El doctor me dijo que mi caso era rarísimo, una enfermedad incurable. Tampoco es que sea tan grave; ahí abajo tengo algo diferente a los demás y es bastante salvaje.
Pero a mí eso me arruinó la vida. Cada vez que llevaba a una mujer a casa, en cuanto me bajaba los pantalones y ella veía los dos mienbros, salía corriendo, muerta de miedo.
Mi amigo, Darío, sabía lo desesperado que estaba y me invitó a unirme a un club de ciclismo. Al principio no le di importancia. ¿Qué tiene de divertido estar en bicicleta? Pero él me dijo:
—No subestimes este club; está lleno de mujeres. Cuando subamos a la montaña de noche y esté tan oscuro que no se vea nada, ahí aprovechas para cogértelas. Las dejas bien contentas; te garantizo que no se van a resistir, y ya con eso la vida va a ser una maravilla, ¿no?
Me ganó la calentura y acepté ahí mismo.
Me llamo Iván Medina. Como soy distinto a los demás, ya casi cumplía treinta y no había probado a una sola mujer; no se imaginan lo reprimido que estaba.
En cambio, Darío subía fotos con una mujer tras otra y se daba gusto.
Ver a esas mujeres, todas pechugonas y de buenas curvas, con cinturas estrechas y piernas largas, y a Darío acostándose con ellas cuando se le antojaba, me mataba de celos y me calentaba la sangre.
Me moría por meterme a su casa y cogérmelas a todas. Pero eran las mujeres de mi amigo; por más desesperado que estuviera, no podía hacer algo así.
Lo único que me quedaba era ofrecer doscientos dólares y llevarme a una mujer a casa, pero apenas me bajaba los pantalones, la mujer ponía cara de haber visto al diablo y salía huyendo sin siquiera cobrarme.
Cuando Darío se enteró, me metió a un grupo del club de ciclismo.
—Las mujeres de aquí solo vienen a divertirse, y un dotado como tú seguro las deja a todas encantadas.
Darío terminó de convencerme y acepté entrar al grupo ahí mismo. Era el grupo cuatro. Lo formaban diez personas, y solo Darío y yo éramos hombres. Darío me dijo:
—De ahora en adelante, las salidas en bici las organizamos en este grupito; es un círculo cerrado.
Eché un ojo a las fotos de perfil del grupo. Tres de esas mujeres ya habían salido con Darío.
Al final parecía que tenía razón, y enseguida se me despertó el deseo. Me moría por quedar con alguna ahí mismo.
Apenas vieron que había entrado alguien nuevo, apareció un mensaje en el grupo.
“¡Uy! Llegó un galán nuevo, súbenos una foto, a ver”.
Los demás le siguieron la corriente, todos con mensajes subidos de tono, y hasta alguien escribió:
“A ver qué tan grande la tiene”.
Estas mujeres sí venían solo a divertirse, pero como yo acababa de entrar, todavía me dio pena subir una foto. Lo que no me esperaba era que Darío subiera una foto mía, una donde salgo entrenando en el gimnasio.
“Este es mi amigo Iván, miren qué tan grande la tiene”.
En el chat empezaron a responder.
“¡Guau! ¡Qué guapo! Pero qué bien se ve”.
“Darío, ¿cómo es que tienes un amigo tan bueno y no lo metiste antes al grupo? De haberlo sabido, ni habría buscado a otros”.
Mi celular empezó a vibrar enseguida. Cinco personas me agregaron. Las acepté una por una y abrí sus publicaciones. Todas iban bien arregladas, con tops cortos y mallas de yoga ajustadas; parecían de veintipocos años, y algunas hasta eran universitarias.
Y todas estaban buenísimas. Todas me escribían; apenas me daba abasto para contestarles. Al final elegí a una de aspecto inocente, con copa 36D, decidido a coquetear bien con ella; pasara lo que pasara, la iba a gozar.
Se llamaba Valentina, una estudiante de tercer año que acababa de entrar al club de ciclismo. Le pregunté a Darío:
—¿Ya te acostaste con esta?
Él le echó un vistazo y me dijo:
—Esta es nueva, todavía no ha salido con nadie. Sí que tienes suerte con las mujeres; una nena tan sexy viene a buscarte a ti.
Al escucharlo me reí para mis adentros. Si todavía no se había acostado con nadie, cogérmela iba a estar buenísimo. Solo me preocupaba que lo mío ahí abajo fuera demasiado raro y, a la hora de la verdad, la espantara. Darío me salió con lo mismo de siempre:
—Espérate a que sea de noche, llévala a los arbustos; ahí no se ve nada. Ahí haces con ella lo que quieras.





