
La Última Carta
Capítulo 3
Del otro lado de la línea, se escuchaba su respiración agitada.
Julieta pensó que, si estuviera frente a él, en ese mismo instante, probablemente no tendría que esperar ni un mes para morir: Gabriel la estrangularía con sus propias manos.
Antes de que él pudiera soltarle una grosería, Julieta soltó una risa suave.
—Gabriel... esta vez no estoy jugando. Pero tengo una condición.
Gabriel no contestó. Pero Julieta, como si nada, siguió hablando:
—Quiero que hagas diez cosas conmigo. Solo diez. Cuando las terminemos, te juro que firmo y desaparezco de tu vida para siempre.
La propuesta era tentadora.
Gabriel frunció el ceño.
—Diez es demasiado. Cinco.
—Hecho —respondió Julieta, con una leve sonrisa.
La primera de esas cosas fue asistir juntos a una gala benéfica.
Julieta se arregló con esmero. Llevaba un vestido elegante, discreto, pero de un gusto impecable. Gabriel llegó a recogerla revisando el celular, sin dedicarle ni una sola mirada.
A ella no le importó. Ya sabía que de su boca no iba a salir ningún cumplido.
Pero, cuando subieron al auto, Gabriel la miró de reojo... y frunció el entrecejo.
—¿Adelgazaste? Estás pálida. Qué fea te ves.
Julieta mantuvo la vista al frente. No respondió.
Al bajar del vehículo, Gabriel le tomó la mano con brusquedad y Julieta se tensó.
—¿Y ahora qué? —bufó él con desprecio—. No es como si fuera la primera vez que nos tocamos. Hemos hecho cosas mucho más íntimas, ¿ahora te haces la recatada?
Sus manos eran un contraste cruel: la de ella, helada; la de él, cálida.
No era la primera vez que Gabriel la tomaba de la mano, pero sí era la primera vez que lo hacía... por iniciativa propia.
Los asistentes notaron el extraño equilibrio entre ellos. Una tensión casi armónica, que dejaba a todos desconcertados.
Durante la subasta, Julieta vio algo que le llamó la atención. Levantó la paleta instintivamente, pero alguien más se adelantó.
Era una pintura de un artista francés fallecido. Muy codiciada. Todos querían quedarse con ella. Y, al final, fue Gabriel quien la adquirió… tras pagar una fortuna.
A Julieta se le calentó el pecho con una sensación inesperada.
—Gabri...
—Mándenla a la casa de los Figueroa, en Córdoba —ordenó él al personal.
La mano de Julieta, que ya se había alzado, se quedó suspendida en el aire, al comprenderlo.
No era para ella. No la había comprado por ella.
Una ola amarga la invadió por completo. Se levantó sin decir palabra y salió del salón.
Gabriel frunció el ceño y la siguió con pasos largos, alcanzándola justo antes de que cruzara la puerta.
—¿Y ahora qué? ¿Te vas a ir a mitad de todo?
Ella intentó soltar su brazo, pero él no se lo permitió.
—Tú fuiste la que me trajo hasta aquí. ¿Qué show estás montando ahora? ¡Estás loca!
Esas palabras fueron como un disparo directo al pecho de Julieta.
—Sí —dijo con los ojos apagados—. Estoy loca.
Se soltó con fuerza y se fue sin mirar atrás.
***
Durante la semana que pasó una semana sin hablarle, se mudó del departamento que compartían.
Al principio, Gabriel no le dio importancia. Pero cuando pensaba en las otras cuatro cosas que faltaban, algo le incomodaba. Como si tuviera que apresurarse antes de que Julieta volviera a pegarse a él como un parásito.
No pudo con la incertidumbre y la llamó.
Cuando ella respondió, acababa de salir de una sesión de radioterapia, y el dolor que sentía en los huesos era insoportable.
—Faltan cuatro cosas, Julieta. No me vengas con jueguitos ahora.
Ella dudó unos segundos antes de responder:
—Quiero ir a la Patagonia.
Gabriel frunció el ceño.
—¿Ahora?
—Sí. Ahora.
Gabriel pensó que estaba completamente loca. Pero, con tal de divorciarse y quitársela de encima...
Pensando en esto, compró los pasajes de inmediato.
Julieta llegó cubierta de pies a cabeza. Gabriel ya la esperaba en el aeropuerto, visiblemente irritado.
—¿Qué te pasa? Quise ir a buscarte y no me dejaste. ¿Y encima llegas tardísimo?
Ella le entregó la maleta, contestando suavemente:
—No seas pesado.
Gabriel soltó una risa sarcástica, pero tomó el equipaje sin protestar, como si su cuerpo ya supiera lo que tenía que hacer.
Estaban a punto de abordar cuando sonó el teléfono de Gabriel.
Julieta se detuvo en la puerta de embarque y lo miró desde lejos.
Él contestó, apretando el celular con fuerza y su cuerpo se tensó por completo.
—Lo siento, Julieta... No puedo ir contigo a la Patagonia.
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