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Portada de la novela La Última Carta

La Última Carta

Gabriel Fuentes y Julieta Ramírez siempre se detestaron, pero la presión social los obliga a un matrimonio por conveniencia. Dispuesto a humillarla, Gabriel libera gallinas en la boda, pero la fría reacción de Julieta apaga sus burlas. Ante su empeño por casarse, él le advierte con desprecio que se arrepentirá. Tres años después, tras presenciar la novena infidelidad de su esposo, Julieta comprende finalmente la crueldad detrás de aquella vieja advertencia que marcó el inicio de su tormentosa unión.
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Capítulo 4

Apenas terminó de hablar, Gabriel se dio media vuelta y salió corriendo del aeropuerto.

Julieta se quedó quieta unos segundos, luego sacó su celular. Como lo sospechaba, Camila Figueroa había hecho una publicación.

No decía nada. Solo había publicado una imagen: la pintura que Gabriel había comprado.

Y con eso había sido suficiente para que Gabriel no lo pensara dos veces antes de romper su promesa y dejarla sola.

—Señorita, ya es hora de abordar —le recordó el personal.

Julieta salió de su ensimismamiento, y, sin mirar atrás, decidió andar en dirección opuesta a él.

Al aterrizar, recibió un mensaje inesperado de Gabriel.

«Llegaré en dos días. Diviértete mientras tanto.»

Julieta parpadeó, sorprendida. No era un «no voy», sino un… «llego después».

Parecía que Gabriel tenía prisa por cumplir su parte... y quitársela de encima de una vez por todas.

Sin embargo, ella no lo esperó, sino que contrató un guía local y se unió a un pequeño tour.

Su cuerpo no aguantaba el ritmo del grupo, así que la mayoría del tiempo lo pasaba acostada, sola, en una cabaña.

Cuando Gabriel por fin llegó, ella ya estaba haciendo su maleta para irse.

—Julieta, dejé mi trabajo tirado para acompañarte en esta locura, ¿y ahora resulta que me estás tomando el pelo? —preguntó, volcando la maleta de una patada.

Julieta se quedó mirando su ropa desparramada por el suelo, y soltó una risa amarga.

—¿Acompañarme? Si Camila Figueroa está justo en la habitación de al lado.

El rostro de Gabriel se tensó.

—Camila vino a pintar, nada más. ¡Deja de buscarle cinco patas al gato!

Julieta apretó los dedos, pero ya no tenía fuerzas para discutir, por lo que se limitó a recoger su ropa.

—¿Los interrumpo? —preguntó Camila, apareciendo en la puerta.

Gabriel olvidó de inmediato su enojo. Su rostro se suavizó, y se tornó ansioso, atento…

—Pensé que te sentías mal, ¿por qué te levantaste?

—Ay, no puedo quedarme en la cama todo el día. Escuché gritos y vine a ver si todo estaba bien.

—¿Tienes hambre? —preguntó Gabriel, mirándola con ternura—. Voy a buscarte algo de comer.

Ella asintió con una sonrisita.

Gabriel se giró para salir, pero, antes de dar el paso, se detuvo y miró a Julieta con fastidio.

—¿Y tú? ¿Quieres algo?

Julieta acababa de guardar la última blusa, una simple acción que la dejó empapada en sudor.

Detectó el cambio en el tono de Gabriel: de agresivo a incómodamente condescendiente, y, en voz baja, respondió:

—No, gracias.

Gabriel frunció el ceño.

—¡Pues muérete de hambre si quieres! ¡Con esa cara amarilla pareces un muerto!

Dicho esto, salió dando un portazo, dejando a Julieta y a Camila a solas.

Ya se habían visto antes. La familia Figueroa era de los nuevos ricos, y los Fuentes nunca los habían considerado «dignos». Por lo que, Camila, con su temperamento altanero y no soportando que la miraran por encima del hombro, se había ido a Europa para «hacer una carrera» y demostrar lo que valía.

Sin embargo, había vuelto… sin gloria, y lo primero que había hecho había sido contactar con su amor de la adolescencia.

Para Julieta, la situación era tan patética como predecible.

Con Gabriel fuera, Camila ni siquiera fingió cortesía.

—Cuánto tiempo sin vernos, señorita Ramírez —dijo, dándole una patada a la maleta que Julieta acababa de organizar y tirándola al suelo.

Ver su esfuerzo deshecho en segundos le encendió la sangre. Sabía que Camila lo hacía a propósito, que buscaba provocarla.

Y lo logró.

Julieta, sin pensarlo dos veces, le estampó una fuerte bofetada, en el mismo momento en el que Gabriel entraba en la habitación.

Llevaba un plato de fideos en las manos, el cual, al ver el rostro enrojecido de Camila y sus ojos llenos de lágrimas, dejó caer al suelo.

No pidió explicaciones ni escuchó razones, sino que simplemente se lanzó hacia Julieta con el rostro desencajado, y le cruzó la cara con una bofetada brutal.

—¡Julieta Ramírez, ya basta! ¡Estás cruzando todos los límites!

—Fue culpa mía... —sollozó Camila—. Yo tiré la maleta sin querer. Sé que no me quiere aquí... me voy.

Tras decir esto, salió corriendo y Gabriel fue tras ella sin pensarlo.

Pero Julieta lo detuvo.

—¡Gabriel!

Él se giró, furioso.

—La tercera cosa: quédate.

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