
La Diosa Que Durmió En Su Sombra
Capítulo 8
Dos días después, la herida de mi espalda apenas empezaba a cerrar.
Maya me estaba organizando una fiesta de despedida en el club Nightfall.
—Ya cambiaste tu vuelo tres veces. Mañana te subes a ese avión para Francia —dijo mientras levantaba su copa—. ¡Por la libertad!
—Por la libertad.
Chocamos las copas y me tomé el trago de un golpe. El alcohol hizo que todo me diera vueltas.
—Voy al baño.
De camino, pasé por los privados VIP.
Una risa que conocía muy bien salió del privado 101.
Me detuve.
Era la voz de Killian.
—Por fin te escapaste —rio un macho—. ¿Ya se largó esa tal Freya?
—Debería haber entendido cuál era su lugar y haberse ido antes —intervino otra voz. Era el hermano de Vivian—. Una loba de sangre mezclada como ella no merece ser la Luna de Killian. Solo mi hermana es digna.
Entonces, escuché a Killian.
—Una loba de su linaje —dijo con una voz desagradable— solo sirve para una cosa: para calentar la cama. Convertirla en mi pareja sería envenenar la sangre de la manada.
El privado estalló en carcajadas.
—¡Ja, ja, ja! ¡Alfa, eres un bárbaro!
—Aun así, cinco años es un buen rato para un juguete, ¿no?
Me apoyé contra la pared, sintiendo que la sangre se me subía a la cara por la humillación.
Cinco años.
Durante cinco años, eso fue todo lo que significaba para él. Una herramienta. Un cuerpo para su placer. Un juguete al que podía pisotear.
Así que todos sus intentos por evitar que me fuera... ¿eran solo para poder acostarse conmigo una vez más?
Di media vuelta y me alejé. No podía escuchar ni una palabra más.
Al salir del club, el aire de la noche me dio de lleno en la cara.
Respiré.
Ya casi terminaba todo.
Mañana estaría en un avión rumbo a Francia.
—Nena. Espéranos.
Un grupo de lobos sucios y desarrapados salió de entre las sombras.
Eran errantes. Lo más bajo de nuestra especie.
—Vaya, vaya, pero si es la sobrita del Alfa Killian —dijo el líder, mostrando unos dientes amarillentos mientras jugaba con una daga—. Escuchamos que eres un premio sin marca.
Me puse tensa y retrocedí un paso.
—¿Quién los mandó?
—¿Conque querías ser una Luna? —se burló él, acercándose—. Te vamos a convertir en la ramera de unos errantes. Vamos a ver si tu preciado Alfa todavía te quiere después de que una docena de nosotros dejemos nuestro rastro en ti.
Vivian. Esto era obra suya.
El miedo me apretó el pecho, pero no tenía más opciones.
Cuando su mano mugrienta intentó agarrarme del cuello, dejé de ser la asistente sumisa.
Soy una loba. Aunque mi sangre no sea pura, no seré una presa.
—¡Suéltame!
Saqué el cuchillo de plata que siempre llevaba en el bolso y se lo clavé en el hombro.
—¡Aaaah! —Su grito desgarró el silencio de la noche.
Aproveché el caos para soltarme y corrí hacia la luz al final del callejón.
Cuando estaba por salir a la calle, alguien me bloqueó el paso.
Era Vivian.
Me vio cubierta de sangre, sosteniendo el cuchillo plateado. El pánico cruzó su cara un segundo antes de que lograra ocultarlo.
Soltó un grito de terror y se desplomó en el suelo.
—¡No! ¡Por favor! ¡No quise molestarte!
Se hizo bolita en el piso, apretándose el vientre, mientras las lágrimas le brotaban de los ojos.
Killian apareció en un parpadeo, atraído por el grito.
Sostuvo a Vivian y luego levantó la mirada hacia mí.
Vio el cuchillo ensangrentado en mi mano, mi ropa rota y mi mirada desencajada. En un solo instante fatal, eligió un bando.
Su rugido fue estruendoso.
Traté de explicarle desesperadamente.
—¡No es lo que parece! Ella los mandó a...
—¡Cállate!
No quiso escucharme. No le interesaba.
Solo confiaba en lo que veía: a su frágil prometida temblando en el suelo y a mí, con toda la facha de una asesina armada.
—¡Los celos te convirtieron en un monstruo! —rugió con furia—. ¿Te atreves a atacar a tu futura Luna? ¡¿Intentaste matarla?!
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