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Portada de la novela La Mestiza Que Terminó Con El Alfa

La Mestiza Que Terminó Con El Alfa

8.0 / 10.0
Al asumir el trono, el Rey Alfa Dexter tomó a Jenica, la viuda de su hermano, para asegurar un heredero que su compañera mestiza no pudo darle. Pese a jurarle amor eterno a su verdadera Luna, él continuó compartiendo el lecho con la otra mujer hasta dejarla embarazada. Tras ser desalojada de su habitación para favorecer al futuro cachorro, la protagonista asume que su lazo se ha roto por completo. Desilusionada, contacta a un amigo humano para planear su escape en cuatro días.

La Mestiza Que Terminó Con El Alfa - Capítulo 1

Dexter, mi compañero destinado, se convirtió en el Rey Alfa cuando su hermano murió. No solo heredó la corona y el poder, sino también a Jenica, la viuda de su hermano. Todo porque yo, por ser una mestiza, no había podido darle un heredero de sangre pura en todos estos años.

Me dijo que tenía que marcar a Jenica y sentí que el alma se me partía. Aun así, me abrazó con fuerza, secó mis lágrimas con sus besos y juró que su lobo y su destino solo me pertenecían a mí; que yo siempre sería su única Luna. Le creí.

Pero, a pesar de sus promesas, él seguía pasando cada noche en la cama de ella. Entonces, Jenica quedó esperando cachorros. Mientras la manada celebraba, Dexter me obligó a dejar la suite de la Luna; quería que su cachorro naciera bajo el aura lunar más pura de la manada.

Sentí cómo nuestro vínculo se deshacía dolorosamente, hilo por hilo, así que le envié un último mensaje en clave a un amigo del mundo humano.

“Sácame de aquí en cuatro días”.

Esa noche tomé una decisión. Mi tiempo como su compañera había terminado.

Dexter, mi compañero destinado, se convirtió en el Rey Alfa cuando su hermano murió. No solo heredó la corona y el poder, sino también a Jenica, la viuda de su hermano. Todo porque yo, por ser una mestiza, no había podido darle un heredero de sangre pura en todos estos años.

Todas las mañanas, sin falta, tenía que soportar el aroma de otra loba en la piel de mi pareja. Era un recordatorio constante y sofocante de que yo le había fallado. Ese era mi tormento. Mi realidad.

Hasta el día en que Jenica anunció que estaba esperando cachorros.

—Felicidades, Jenica. Un heredero de sangre pura le da una nueva esperanza al reino.

La voz de la Sabia Erin llegó desde la sala del consejo. Me quedé quieta afuera de la puerta, apretando los resultados del laboratorio que acababa de recoger. Dexter me había dicho que necesitaba estos datos sobre la estabilidad del linaje imperial para preparar la sucesión. Pero ahora estaba claro que ya habían elegido a alguien más.

—Que la Diosa de la Luna nos bendiga, este niño será el heredero más fuerte que nuestro reino haya visto jamás —dijo otro de los sabios, con la voz de respeto—. Un príncipe Alfa de sangre pura. El primero en siglos.

Empujé la puerta para entrar. La conversación se detuvo.

Dexter estaba sentado a la cabecera de la mesa, debajo del escudo imperial: una luna llena de plata cruzada por garras afiladas. Aunque llevaba un traje de humano hecho a la medida, su poder se sentía en todo el lugar; tenía un aura de autoridad que se notaba en cada respiro. A su lado, Jenica se acariciaba con suavidad el vientre, que ya se veía un poco abultado. Tenía una sonrisa orgullosa y triunfante. Era la madre del futuro príncipe.

Pero mis ojos se clavaron en el collar que llevaba en el cuello. La piedra de luz lunar. Era una reliquia sagrada que solo la verdadera Luna del Rey Alfa tenía permiso de usar. Era mía.

En los ojos de Dexter noté un brillo extraño cuando me vio.

—Ya llegaste.

No lo miré. Mi mirada seguía fija en el cuello de Jenica.

—Te queda muy bien la piedra de luz lunar —le dije con voz plana.

Jenica se llevó la mano al collar por instinto. Sonrió, tratando de verse elegante.

—Gracias, Noelle. Dexter me dijo que el heredero necesita el poder de la piedra para que su energía alfa esté tranquila.

—Siéntate —dijo la Sabia Erin, señalando la silla que estaba más lejos de la cabecera—. Tenemos cosas que discutir.

Me senté y puse el reporte sobre la madera brillante de la mesa.

—Aquí están todos los datos. El linaje imperial se debilita para la tercera generación, a menos que...

—¿A menos que qué? —Dexter habló con el mando cortante del Rey Alfa.

—A menos que los dos padres sean de un linaje imperial puro.

El ambiente en el cuarto se puso tenso. La Sabia Erin asintió con un gesto de satisfacción.

—Por eso la presencia de Jenica es tan importante para el reino. Ella viene de una línea antigua y pura. Su hijo será lo más valioso que tengamos: un heredero de sangre pura.

Dexter me buscó la cara, tratando de encontrar algo. Quizá enojo. Quizá una queja. Quizá dolor. Pero no encontró nada más que un gesto tranquilo.

—Entiendo —dije mientras me ponía de pie—. De hecho, la piedra de luz lunar debería proteger al heredero. También voy a mandar el resto de los objetos ceremoniales de la Luna que tengo en mi suite.

—Noelle... —Dexter por fin habló, y su tono de voz sonaba inseguro.

—¿Necesitan algo más? —le pregunté directamente a la Sabia.

Erin me miró con un brillo de victoria en los ojos.

—No. Te puedes retirar.

Recogí el folder, que ya estaba vacío, y me di la vuelta para salir. Cuando llegué a la puerta, escuché la voz suave y empalagosa de Jenica.

—Siento que el bebé se mueve. Seguro siente el poder de Alfa de su papá. Esta energía... solo la verdadera realeza puede tenerla.

Luego escuché la respuesta de Dexter, que sonaba asombrado.

—Sí, puedo sentirlo. Este poder... así es como se debe sentir un verdadero heredero imperial.

La puerta se cerró detrás de mí.

Más tarde esa noche, me senté en el cuarto temporal del piso doce al que me habían mandado, mirando las luces de la ciudad. Era una imitación barata de la suite del penthouse imperial. No había jacuzzi, ni un balcón enorme, ni siquiera una cama King. Solo una matrimonial normal.

Alguien tocó la puerta.

—Pasa.

Dexter entró. Se había quitado el saco y tenía las mangas de la camisa enrolladas hasta los codos. Incluso estando solos, tenía esa actitud de rey que no se le quitaba con nada.

—¿Estás enojada? —preguntó en voz baja.

—¿Por qué tendría que estarlo?

Se sentó junto a mí en la cama.

—Por la piedra de luz lunar. Por Jenica. Por... lo de la sucesión.

Por fin me volteé a verlo.

—¿La sucesión?

—Sabes que tengo que poner al reino primero —dijo él, con ese tono de cansancio que siempre usaba cuando quería justificarse—. Una mestiza no puede heredar el trono. Es una regla inquebrantable desde hace mil años. Necesito un heredero de sangre pura.

Mi mente regresó a lo que pasó hace tres años. La noche en que me puso la piedra de luz lunar en el cuello por primera vez, después de nuestra ceremonia de unión.

“Solo hay una loba digna de ser mi Luna, y esa eres tú, mi compañera destinada”, me había jurado. Y también: “Te lo prometo, pase lo que pase, tú eres la única para mí”.

¿Y ahora?

—Esto es solo para que el linaje continúe, Noelle.

Su voz era suave, como queriendo convencerme, manipulándome.

—Lo que siento por ti no ha cambiado. Jenica es solo... una necesidad política.

Una necesidad para el reino. Qué excusa tan noble y conveniente.

Asentí.

—Lo entiendo.

—¿En serio? —Se veía muy aliviado.

—Sí. —Me acerqué más a él, buscando su espacio como lo había hecho miles de veces—. Abrázame.

Traté de creérmelo. Creer que nada de esto era su decisión, que solo era el peso de su corona. Dexter me rodeó con sus brazos y recargó su barbilla en mi cabeza. Este abrazo, que antes era mi refugio, ahora se sentía como una jaula.

Y entonces lo olí. El aroma a sándalo, fuerte y dominante, que salía de su piel. El olor de Jenica.

No era algo nuevo. Durante meses se le había quedado pegado como una mancha que no podía quitarse con agua. Yo me había obligado a ignorarlo. Incluso cuando el dolor me destrozaba el vínculo de pareja mientras él estaba con ella, yo me obligaba a sonreír cuando volvía conmigo.

Pero ese día, después de todo lo que había pasado, el olor era muy fuerte. No había duda. Era una pesadilla de la que no podía escapar. Mi cuerpo se puso rígido y me dieron náuseas.

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