
Estrenando Cuñadita
Capítulo 2
Me sentí mucho más excitado.
Jamás imaginé que mi cuñada, que parecía tan pura, estuviera espiando a su cuñado y a su hermana teniendo sexo.
Para que mi cuñadita viera todo con más claridad, para que su primera clase de educación sexual le quedara bien grabada, ni siquiera me detuve a pensar si mi esposa se había dado cuenta de que su hermana estaba mirando. La jalé, la obligué a levantar el torso con las nalgas en alto, mirando hacia la puerta que daba a la sala.
Le arranqué el camisón, dejando su cuerpo entero al descubierto, y seguí embistiéndola con movimientos brutales, como un toro enloquecido.
—Aah… mi amor… me vas a destrozar…
Los pechos de mi esposa se sacudían, y no lograba contener sus gritos; como yo le sujetaba las manos con firmeza, no podía taparse la boca, quería gritar y no se atrevía.
—Aah… ya no puedo más… ten piedad de mí…
Sus gritos se fueron quebrando en llanto hasta que se desplomó sobre la cama como una muñeca de trapo, y solo quedaron en alto sus nalgas redondas y carnosas, que yo aún sujetaba.
Me puse el bóxer y salí a la sala, fingiendo que iba por agua.
Vi que la puerta de mi cuñada estaba cerrada, pero por la rendija se colaba la luz; en cuanto mis pasos se acercaron, la luz del cuarto se apagó.
A la mañana siguiente, era como si yo despidiera un aura de varios metros a la redonda: a donde yo iba, mi cuñada se apartaba, pegada todo el tiempo a mi esposa.
Parecía un poco asustada. Su hermana y su cuñado eran una pareja que se amaba, pero el cuñado en la cama era así de feroz, y dejaba a la hermana cogida como una perra.
Y la hermana, por su parte, se veía disfrutando, entregándose con gusto a que el cuñado la usara así.
Este mundo de los adultos la dejó perturbada.
En principio, aunque yo tuviera intenciones, si mi cuñada iba a esquivarme de esa manera no iba a tener oportunidad de acostarme con ella.
Pero jamás imaginé que hasta el destino me estaría dando oportunidades.
Esa noche volví a casa de madrugada, después de un compromiso; mi esposa ya estaba dormida, y la luz del baño estaba prendida: debía ser mi cuñada bañándose.
A través del vidrio esmerilado de la puerta del baño se alcanzaba a ver, difusa, la silueta curvilínea de mi cuñada, que al parecer se estaba secando el cuerpo.
Se me movió algo por dentro; fingí creer que quien estaba dentro era mi esposa y giré la manija.
—Amor, voy al baño, ya no aguanto…
En efecto, mi cuñada no puso el seguro por dentro; gritó un “¡ah!” y se escondió detrás de la puerta, empujándola un poco con la mano.
—Cuñado… soy yo…
Para entonces yo ya había metido medio cuerpo; el cuerpo desnudo, aún joven e inmaduro, de esa muchacha quedó completamente expuesto ante mis ojos: blanco con tintes rojizos y cubierto de gotitas de agua, esa piel suave y blanca sin una sola imperfección, junto con esa cara delicada y pura, me provocó una erección casi de inmediato.
Fingiendo sorpresa, dije en voz baja:
—Nati, ¿cómo es que todavía no duermes?
—No podía dormir…
Mi cuñada, desnuda, sostenía una toalla frente al cuerpo, apenas logrando cubrirse los pechos y allá abajo; con la cabeza agachada, no se atrevía a mirarme, y con una voz suavecita, suavecita, dijo:
—Cu… cuñado, no entres todavía… me voy a vestir…
—Ah, sí.
Hice como que caía en la cuenta y salí de mala gana.
—Apúrate, que ya no aguanto…
No tenía ganas de orinar; me quedé esperando afuera solo porque quería ver a mi cuñada apenada. A través del vidrio alcancé a ver que de pronto se quedó quieta, y con voz muy bajita llamó:
—Cu… cuñado…
—¿Ya estás lista? ¿Entonces entro? —Seguí haciéndome el tonto.
—No, no, no… no entres… —Mi cuñada se puso evidentemente nerviosa, tartamudeando—. Se me cayeron los calzones al piso sin querer y se ensuciaron, ¿me podrías pasar unos limpios?
Su voz se fue apagando al final, como zumbido de mosquito:
—Están en el primer cajón del clóset.
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