
Estrenando Cuñadita
Capítulo 3
Fui a la recámara de mi cuñada, abrí el cajón de su clóset y encontré una fila de calzoncitos lindos acomodados. Tomé al azar unos calzoncitos con estampado de fresitas, regresé a la puerta del baño, toqué y le pasé la prenda por la rendija.
Mi cuñada apenas entreabrió la puerta, agarró los calzoncitos a toda prisa y se los puso.
Después, el vapor del baño empezó a salir y mi cuñada apareció frente a mí con la blusita de tirantes y los calzones.
Su piel, recién salida del agua caliente, se veía nítida y traslúcida. Como no traía brasier y la blusita era de algodón delgado, se alcanzaba a ver con toda claridad la forma entera de sus pechos, hasta sus dos pezoncitos.
Los calzoncitos de fresitas parecían quedarle un poco chicos: daban la impresión de que ya no iban a poder con esas nalgas redondas y carnosas, y dejaban ver a la perfección su monte.
Al verme bloqueando la puerta, mi cuñada seguramente sintió vergüenza: su piel blanca se tiñó de un rubor tentador.
—Cu… cuñado, ve al baño tú…
Al oler ese aroma virgen que emanaba de su cuerpo, aguantarme en ese momento habría sido imposible. La abracé y la besé. La punta de mi lengua, por fuera de sus dientes apretados, jugueteaba con suavidad contra sus labios blandos.
—Ah… mmm…
Mi cuñada dejó escapar un gemido desde la garganta, que bajo mi beso se convirtió en una voz nasal coqueta. Su espalda recta se fue ablandando, se curvó, y al final perdió toda la fuerza y quedó derretida entre mis brazos.
Pero pasaron dos o tres minutos enteros y aún no quería abrir la boca. No sabía si era tensión, resistencia, o si estaba tan aturdida que no sabía qué hacer.
Así que decidí echarle una manita. Extendí la mano y la apoyé sobre su pecho.
Seguramente era la primera vez que un hombre le tocaba los pechos desde que se había desarrollado. Levantó el brazo, me agarró la muñeca y tiró para apartarla con fuerza.
Pero ese impulso de querer gritar ya le había abierto los dientes apretados.
La distraje por un lado y recorrí a mis anchas el interior cálido y húmedo de su boca, y atrapé con destreza su lengüita, que ya no tenía a dónde huir.
La saliva pegajosa se mezcló entre los dos.
Un beso húmedo tan profundo y ardiente bastaba para que una jovencita sin experiencia amorosa se rindiera.
Cuando mi mano se metió otra vez bajo la blusita, tanteando para subir, mi cuñada meneó la cintura y volvió a agarrarme la mano, pero esta vez ya no la jaló para apartarla a la fuerza.
Mis dedos abiertos consiguieron así la oportunidad de apretar a gusto esos pechos vírgenes.
Ya que estaba en racha, había que aprovechar: al que le dan, pide más. Ya la había besado y le había tocado los pechos, así que no me quedaba ni un gramo de reparo. Besé un rato más, le solté los labios y la lengua, y pasé al ataque hacia el hueco de su cuello.
—Cu… cuñado… ya no me toques… aahh…
Mi cuñada ya había perdido el control y, con un susurro nervioso, lo dijo atropelladamente.
Pero cuando mis labios se pegaron al costado sensible de su cuello, no pudo evitar soltar un gemido meloso, y su voz se volvió coqueta.
Cuando esos gemidos se hicieron más y más seguidos al ritmo de mi mano apretándole los pechos, mi aguante también llegó al límite. Mientras le lamía la raíz de la oreja, le dije entre jadeos:
—Nati, ¿te gusta que tu cuñado te toque?
—Sí… —respondió casi como un gemido, y luego murmuró bajito—: pero eres mi cuñado…
Me agaché, la cargué sin esfuerzo en brazos, entré a su recámara y la recosté en esa cama suave y perfumada.
—Entonces deja que tu cuñado te estrene, ¿sí? —le dije con voz dulce.
—Es… es que…
Mi cuñada se notaba agitada. Se encogió hacia la esquina de la cama, juntó las piernas sin darse cuenta y su cara se puso tan roja como si tuviera fiebre.
—¿Y si se entera mi hermana?
—Si tú no dices nada y yo no digo nada, ¿cómo se va a enterar?
No lo pensé más. Aprovechando que la jovencita estaba enredada en sus dudas, volví a meter las dos manos bajo su blusita, sin ningún obstáculo, y le sostuve los pechos.
Mi cuñada se estremeció, pero no me apartó las manos. Al contrario, levantó un poco la cabeza y, por iniciativa propia, me besó.
Yo sabía que le gustaba ese beso profundo de lenguas enredadas, así que dejé a un lado por un momento las ganas de explorar otras partes y, mientras la besaba con intensidad, me bajé el pantalón y el bóxer sin hacer ruido.
—Mmm…
Yo le succionaba y le lamía la lengua sin parar, y sus gemidos nasales y blandos sonaban uno tras otro. Quedó hecha bolita sobre la cama y, obediente, levantó los brazos para que le quitara la blusita de tirantes.
Al instante, una jovencita semidesnuda y limpia apareció frente a mis ojos.
Y en la parte baja de esos calzoncitos de fresitas ya asomaba una pequeña mancha húmeda…
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