
Engañada por Mi Amor de Infancia
Capítulo 2
El dolor, fino y punzante, llegó después, como una ola tardía.
En realidad… yo no debería estar tan destrozada.
Si lo pensaba fríamente, que un amigo me traicionara no debería ser el fin del mundo.
Pero fue él quien decidió cruzar primero esa línea que nos separaba.
El día que acordamos cambiarnos de escuela juntos, Diego me tomó de la mano y me arrastró a un bar para celebrar “nuestra libertad”.
Las luces tenues envolvían todo con un aire ambiguo, y yo, mirándolo como lo había mirado en secreto tantos años, me sentí un poco aturdida.
Así que cuando se inclinó para besarme, no lo rechacé.
El sentimiento que había reprimido durante tanto tiempo brotó sin control.
No pude evitar preguntar, con la voz temblorosa:
—Diego… ¿qué somos ahora?
Él me rozó la frente con un beso suave, casi con cariño:
—Tonta, ¿qué más podríamos ser?
Las ovaciones estallaron dentro del salón privado.
La atmósfera ardía, igual que mi corazón.
Jamás imaginé que solo dos días después escucharía de su propia boca cómo destrozaba todo lo que yo creí.
Reí.
Pero las lágrimas cayeron sin pedir permiso.
Así que aquel “¿qué más podríamos ser?”, borroso y ambiguo, también había sido una mentira para empujarme más rápido fuera de su vida… ¿por Coco?
Las campanillas junto a la ventana tintinearon, secando poco a poco mis lágrimas.
Mi corazón roto fue encajando, pedazo a pedazo.
Diego lo había entendido mal desde el principio.
Él era solo el hijo ilegítimo de los Sarmiento;
yo era la única heredera de los Herrera.
Nunca debimos estar tan cerca.
Porque no éramos… compatibles.
La solicitud de transferencia en mis manos estaba empapada, las letras corridas por mis lágrimas.
Pero no importaba.
Si esta hoja estaba sucia, podía imprimir otra.
A mi familia nunca le faltaban reemplazos.
Imprimí un nuevo formulario.
Al llegar al apartado de “Escuela receptora”, levanté el teléfono y llamé a mi madre:
—Mamá, la vez pasada dijiste que querías que estudiara en el extranjero… ¿a cuál preparatoria te referías?
—Sí, iría sola.
El sonido de las campanillas llenó mi habitación, como celebrando por mí.
Cerré los ojos apenas un instante, y la imagen que apareció no fue la de Diego.
Fue la del hombre que se le parecía un poco, pero cuya presencia era aún más imponente y decidida.
Alejandro Sarmiento —su medio hermano, el legítimo, el que siempre mostraba una seguridad aplastante— sonriéndome igual que hace dos años:
“Camila Herrera, tarde o temprano dejarás a Diego y me elegirás a mí.”
Creí que estaba bromeando.
Hoy, en silencio, pensé:
Diego, realmente ya no te quiero.
Terminé de llenar la nueva solicitud y exhalé profundamente.
Dentro de mí, todo se había calmado.
Cuando estaba por guardar los papeles, la puerta sonó de repente.
Me quedé inmóvil.
Esta casa siempre había sido mía y solo mía.
Los únicos que sabían la contraseña eran…
Abrí la puerta y, por supuesto, era él.
Diego hablaba con la misma dulzura de siempre:
—Cami, hace rato que no vuelves a despedirte de los chicos. Me preocupé.
Intenté mantener mi voz estable:
—Me duele el estómago. Hoy no voy a salir.
Estaba a punto de cerrar la puerta cuando, por el rabillo del ojo, vi una silueta inesperada.
Coco.
Pequeña, frágil, encogida detrás de Diego.
Al cruzar miradas conmigo, dio un respingo.
Diego, atento a cada movimiento de ella, la rodeó con un gesto protector:
—Camila, la asustaste.
Otra vez.
Siempre era lo mismo.
Siempre parecía como si yo fuese una villana que la amenazaba sin motivo.
Pero yo no había hecho absolutamente nada.
Mi expresión se heló:
—Te dije que no me gusta que la gente venga a mi casa.
Diego frunció el ceño, ya irritado:
—Coco no es “la gente”.
—Y vino porque también está preocupada por ti.
Antes de que pudiese responder, Coco habló con la voz temblorosa, los ojos vidriosos:
—Lo siento, Camila… sé que siempre te desagrado, pero yo… yo sí me baño todos los días.
La frase me golpeó de lleno.
Y golpeó a Diego aún más.
Él torció el gesto, indignado, mirándome como si yo fuera la peor persona del mundo:
—Camila, Coco es pobre, no sucia. No es como tú imaginas.
—Que la trates así… me decepciona muchísimo.
Coco tiró suavemente de su camisa, con un aire humilde y comprensivo:
—Diego, no importa. De verdad. No pelees con Camila por mí…
Tenía la nariz roja, la voz quebrada, y aun así sonreía con fragilidad:
—Después de todo, Camila y tú son… amigos de toda la vida. ¿Cómo podría yo compararme con eso?
—No digas tonterías. Tú ya eres especial por ti misma —respondió Diego, tomándole el rostro con delicadeza, como si fuera de cristal.
Luego volvió hacia mí.
Con una frialdad que nunca antes me había dirigido:
—Coco no está bien. Me la llevo.
—Y tú… piénsalo mejor. No olvides llevar la solicitud a que la firmen.
Yo sí lo pensé.
Pensé en todo el tiempo que tardé en abrir los ojos.
Luego caminé hacia la puerta principal…
y cambié la contraseña.
Solo así, por fin, pude respirar un poco.
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