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Portada de la novela Engañada por Mi Amor de Infancia

Engañada por Mi Amor de Infancia

Tras descubrir que Diego Sarmiento, su amigo de la infancia, fingió sufrir acoso escolar solo para deshacerse de ella y enviarla a otra escuela, Camila Herrera toma una decisión radical. En lugar de transferirse al Colegio San Rafael de Marisia como tenían planeado, decide aceptar la propuesta de sus padres y marcharse a un internado en el extranjero. Al comprender que Diego solo la consideraba una molestia y que ambos pertenecen a mundos distintos, Camila elige distanciarse definitivamente.
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Capítulo 1

Acepté cambiarme de escuela para acompañar a mi amigo de la infancia, que supuestamente estaba siendo acosado.

Pero un día antes de sellar la solicitud… él se arrepintió.

Su amigo se burló:

—Te la jugaste bien, ¿eh? Fingiste ser víctima del acoso todo este tiempo solo para engañar a Camila Herrera y hacer que se fuera.

—Ella creció contigo, ¿de verdad puedes dejar que vaya sola a una escuela desconocida?

Con una voz fría, Diego Sarmiento respondió:

—Solo es otra escuela en la misma ciudad. ¿Qué tan lejos podría ir?

—Además, me cansa tenerla pegada todo el día. Así está mejor.

Ese día estuve mucho rato parada fuera de la puerta, hasta que al final decidí dar media vuelta.

Solo que, en mi solicitud de transferencia, cambié el Colegio San Rafael de Marisia

por el internado en el extranjero al que mis padres querían enviarme.

Al final, todos parecían olvidarlo:

él y yo, desde el principio, pertenecíamos a mundos completamente distintos.

En el instante en que escuché la verdad, el corazón me dio un vuelco brutal.

Durante todo este mes, Diego Sarmiento había “sufrido” golpizas, falsas acusaciones y mil desgracias más.

Yo hacía todo lo posible por ayudarlo a evitar que lo lastimaran, aunque siempre había momentos en los que no lograba llegar a tiempo.

Desesperada, llegué a sugerirle que se cambiara de escuela.

Aquel día Diego acababa de recibir un balde de agua helada. Su rostro fino estaba pálido, vulnerable.

Me tomó la mano con desesperación y dijo:

—Camila… no me atrevo a ir solo a un lugar desconocido.

Diego y yo éramos prácticamente inseparables desde el kínder. Íbamos y veníamos juntos todos los días, y así habían pasado más de diez años.

Y aunque nunca lo dije en voz alta… yo también lo quería, en silencio.

Por eso, dejándome llevar por el impulso, le prometí:

—No tengas miedo. A donde vayas, yo voy contigo.

Pero ahora, recién ahora, entendía que todo había sido una actuación elaborada solo para alejarme.

No pude evitar preguntarme…

¿Diego me detestaba tanto?

Dentro del salón privado, las voces seguían resonando:

—Camila Herrera sí que está perdidamente enamorada de ti.

—¿No te da miedo que, si la mandas a otra escuela, termine fijándose en otro?

—¿Ella? —Diego soltó una risa irónica, como si hubiera escuchado el chiste más absurdo del mundo—.

—Por mí se metió en medio de una golpiza, aun cuando terminó con la cara llena de moretones. ¿Tú crees que va a cambiar de opinión?

Alguien murmuró:

—Pues uno nunca sabe. Camila no es precisamente fácil de tratar…

El tono de Diego era perezoso, casi aburrido:

—No hay “nunca se sabe”. En el Colegio Santa Marisia sobran los chicos ricos. ¿Alguna vez la viste mirar a otro? —Su voz se tiñó inevitablemente de desprecio—.

—Todo el día encima de mí… ni un perro faldero es tan pegajoso.

Las carcajadas dentro del salón fueron como bofetadas estrellándose en mi cara.

Quise irme, pero mis pies parecían haber echado raíces.

Me quedé ahí, escuchando… y doliendo.

—Es la primera vez que veo a alguien empujar con sus propias manos a la mujer que está loca por él. Mis respetos, hermano —dijo uno entre chasquidos de sorpresa.

—Pero si no te gusta que Camila esté tan encima de ti, ¿por qué no se lo dices directamente? Ella no es del tipo que arma escándalos.

Diego chasqueó la lengua, impaciente:

—Camila es demasiado terca. Si se lo digo de frente, no sería tan fácil que se alejara. —Luego cambió el tono—: Además, Coco se siente insegura cada vez que la ve. Solo cuando estoy con ella se calma un poco.

“Por Coco”…

“Tenía que hacerlo por Coco”…

—Así que no me queda otra que actuar así. Es una lástima, pero Camila tendrá que aguantar un tiempo.

En ese instante, todos entendieron la situación.

Si uno hacía las cuentas, la decisión de Diego de fingir acoso coincidía exactamente con la semana en que Luciana “Coco” Ledesma había llegado transferida al Colegio Santa Marisia.

—Mirá tu, qué rápido actuaste —rió uno—. La chica nueva te gustó desde el primer día, ¿no?

—Pero es que Coco es preciosa, tan frágil… cualquiera caería por ella.

—Nada que ver con Camila: fría, distante, siempre con cara de pocos amigos. Muy linda, sí, pero así no se puede.

Los comentarios sobre mí subían y bajaban como una marea venenosa.

Y Diego…

Diego, a quien yo había querido durante tantos años… no los frenaba.

No los contradecía.

A veces incluso asentía.

Sentí cómo mi corazón caía, pesado, a un abismo oscuro.

Por un segundo, quise abrir la puerta y gritarle en la cara.

Quise preguntarle por qué me engañó.

Quise preguntarle si, cuando yo recibía golpes por interponerme por él, siquiera sintió un instante de culpa.

Quise preguntarle si, al planear todo esto, pensó en nuestros más de diez años de amistad.

Pero entonces recordé las palabras de mi madre:

“No hagas cosas de más.”

Las personas no se pudren de un día para otro.

Di media vuelta…

y me fui de aquel salón privado.

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