
Mi novio, el jefe final del terror
Mi novio, el jefe final del terror - Capítulo 1
Me metí en un juego otome, un simulador de romance para chicas, para conquistar al tierno y frágil protagonista. Justo cuando por fin lo tenía en la cama provocándolo, reapareció el sistema que había desaparecido:
[Jugadora, te envié al juego equivocado. ¡Esto es un juego de terror! La persona a la que estás molestando ahora es el súper, pero súper jefe final.]
Levanté la vista y me encontré con sus ojos inyectados en sangre. Con una sonrisa tensa, dije:
—¿No tendrás sueño? ¿Y si mejor lo dejamos para otro día...?
Él sonrió:
—No tengo sueño. Continúa.
En el año 2224, fui seleccionada para participar en un juego otome. Si lograba que el nivel de afinidad del protagonista conmigo llegara al máximo, pasaría de nivel y ganaría un premio de un millón de dólares.
Al entrar al juego, el sistema tuvo una falla y perdió comunicación conmigo.
Por suerte, antes de entrar, ya me habían dicho que el protagonista que debía conquistar tenía el pelo blanco; los demás personajes lo tenían negro.
Así que cuando vi a un chico en la escuela, uniformado, con una cabellera plateada, casi me da algo. ¡Por fin había encontrado a mi objetivo!
El viento jugueteaba con su cabello, dejando ver su rostro de una belleza irreal. Su piel era pálida y radiante, de figura bien formada y porte distinguido.
Lo que me emocionó aún más fue que, además de ser hermoso, ¡se parecía muchísimo a Joaquín Delgado, mi "esposo"!
Era una estrella de la farándula muy famosa, mi ídolo. Había sido su fan durante tres años.
Seguro que el protagonista del juego estaba basado en él.
Para conquistarlo, yo, que acababa de graduarme de la universidad, volví a la preparatoria.
Cuando fui a pedirle permiso al director, me lo concedió.
Terminé siendo su compañera de al lado. Vi su nombre en los libros: Leonardo Vargas.
Durante un mes entero, lo perseguí con terquedad. Todos los días le regalaba botanas, leche, o lo seguía a sus paseos. Pero él jamás me dirigía la palabra.
Noté que tampoco hablaba con nadie más.
Según la información que me dieron, era un pobre chico solitario al que todos aislaban. Y yo adoro a esos muchachos frágiles y adorables. Así que aunque me ignorara, mis ganas de conquistarlo no hacían más que crecer.
Ese día, llegaron seis chicas nuevas al salón y ocuparon los seis asientos vacíos.
La profesora del grupo, desde el estrado, dijo sonriendo:
—Ya estamos todos, puede comenzar el juego.
Yo estaba medio dormida y no escuché lo que dijo la profesora. Tampoco noté la mirada extraña que me dirigió el chico a mi lado.
Esa noche, regresé al dormitorio 204. Las tres chicas nuevas compartían cuarto conmigo; las otras tres estaban en el 205. Todas tenían muy mala cara.
Camila Ríos, la de pelo corto, me preguntó: —¿Tú también eres jugadora?
Asentí: —Sí.
De un juego otome, ¿no? ¿Serían ellas mis rivales? ¿También venían a conquistar al protagonista?
Camila murmuró para sí: —Qué raro, ¿no siempre son seis personas? ¿Por qué hay una más?
Por la noche, las tres chicas estaban cada vez más pálidas.
Entonces, Camila propuso: —Hagamos así, rifemos quién va esta noche por la primera llave.
¿Primera llave? ¿De qué hablaba? Yo estaba desconcertada.
Al final, me tocó a mí el número 1.
Las otras tres me miraron con lástima o alivio.
Camila dijo: —Ve por la llave.
Pregunté, confundida: —¿Qué llave? ¿A dónde voy?
—Eres nueva, sí. —explicó Camila—. Según la pista de esta ronda, la primera llave está en el cuarto de la encargada del dormitorio.
Miré hacia donde estaba el cuarto de la encargada. ¿Solo así?
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