
El Tesorito De La Juventud
Capítulo 2
Me giré a ver y resultó que la chiquilla estaba mirando un video.
En el video no era otra persona más que su otra compañera de departamento, la divorciada Leticia Ortiz.
Ella estaba acostada en la cama de su habitación, de espaldas a la cámara del celular, sosteniendo un objeto alargado y con la mirada perdida en una especie de trance.
Tenía las medias negras bajadas hasta la mitad, dejando a la vista la curva redondeada de su trasero.
Aunque la imagen estaba un poco borrosa, se alcanzaba a ver claramente cómo ella empujaba aquello hacia adentro...
Solo con escuchar los sonidos del video ya quedaba clarísimo qué estaba haciendo Leticia.
Sobre todo porque su cuerpo seguía subiendo y bajando sin parar, lo que me confirmó todo.
Nunca me imaginé que Leticia, que siempre parecía tan elegante y con clase, pudiera ser tan desvergonzada.
Al verla moverse de un lado a otro, y con Mariana a mi lado, cuyo vestido ya le llegaba casi al pecho y solo le faltaba descubrir la parte que cubría el cinturón de castidad, el aroma dulce de adolescente que desprendía se me metía directo por la nariz... ¿cómo no iba a reaccionar?
Estaba tan metido en el video que mi cuerpo respondió sin que pudiera evitarlo.
Mariana se molestó un poco.
—Tío, ¿quién es más guapa? ¿Lety o yo?
Escuchando eso de la chiquilla, mirando a las dos mujeres, cada una atractiva a su manera, se me cruzó por la cabeza la idea de poder disfrutarlas a las dos al mismo tiempo...
Me quedé imaginando esa escena y no le contesté.
Al ver que me callaba, Mariana se enojó más. Suspiró y murmuró para sí misma:
—Lety sí puede hacer lo que quiere sola, ¿por qué yo no? Me da igual, tío, tienes que ayudarme. Si no me ayudas...
Mariana puso los ojos en blanco un segundo, se puso toda roja y se lanzó encima de mí.
Sin decir nada más, estiró la mano directo hacia allá abajo.
—No te hagas el que no pasa nada. Hace rato que me pegué a ti y se te notó clarísimo el cambio. Ahora que estás viendo el video de Lety, está mucho peor. Mira, yo estoy aquí a tu lado, ¿no sería mejor conmigo? Si no me ayudas... voy a gritar bien fuerte, voy a arruinar tu reputación y todos van a pensar que eres... que eres... ¡hmmm!
Al escuchar eso de la chiquilla, aparté con pena la mirada del video y levanté las manos en señal de rendición.
—No grites, no grites. Está bien, yo te ayudo, ¿contenta?
Ya que lo había dicho tan claro, no tenía caso hacerme el santo. Extendí la mano grande hacia el candado del cinturón de castidad.
Lo miré con cuidado y vi que no era tan fácil de abrir; iba a tomar algo de tiempo.
Toqué por aquí, probé por allá, lo fui estudiando despacio.
No esperaba que Mariana fuera tan sensible. Cada vez que mi mano rozaba algo, ella se estremecía y hasta se movía sin querer.
Cuando me di cuenta, levanté la vista hacia ella.
Tenía la cara roja hasta las orejas, los ojos como derretidos.
—Tío... ve más despacio, yo...
Y temblaba cada vez más fuerte, con la piel toda sonrojada en grandes manchas.
Verla así, tan tímida y excitada, me dejó la boca seca.
Si seguía así, no sé si iba a poder controlarme.
Me contuve como pude y volví a tocar el pequeño candado.
Mariana se derritió por completo y se quedó tendida encima de mí.
—Tío... ya no me toques más, yo... no aguanto.
—¿Cómo que no? ¿No fuiste tú la que me amenazó con que te ayudara a abrir esto? Solo te estoy ayudando, resiste un poquito.
Tragué saliva, y mi mano volvió a moverse.
Mariana, toda sensible, se quedó quieta encima de mí, dejando que mi mano siguiera en el candado.
Mientras intentaba abrirlo, sin querer mi mano rozó esa parte que ya tenía bien levantada...
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