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Portada de la novela El Imperio Siempre Fue de Mi Madre

El Imperio Siempre Fue de Mi Madre

Durante una junta clave, la protagonista recibe la llamada desesperada de su hermana menor, Dora, a quien le han robado su cupo de intercambio. Al llegar a la universidad, descubre que la usurpadora es una joven arrogante que afirma ser la hija de la influyente familia Guerra de la capital. Con el apoyo de un profesor cómplice, la impostora humilla a Dora. Sin embargo, la protagonista sabe que solo ella y Dora son las herederas legítimas, lo que la lleva a confrontar a su padre ante una posible e inesperada traición familiar.
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Capítulo 1

Estaba al frente de una reunión internacional importantísima cuando, de pronto, recibí una llamada de Dora Guerra, mi hermana menor.

Al otro lado de la línea, Dora lloraba tanto que apenas podía hablar:

—Me robaron el cupo de intercambio…

Fui de inmediato a la universidad. Al llegar, vi a Dora acorralada en una esquina de la oficina, con los ojos enrojecidos.

Frente a ella, una chica con pinta de buscapleitos la señalaba con el dedo, llena de desprecio.

—¿Crees que puedes competir conmigo? Soy la hija de la familia Guerra de la capital. Mi papá acaba de donarle a esta universidad todo un edificio de laboratorios. ¿Y tú quién te crees?

Hasta Ricardo Navarrete, el profesor de la materia, se puso de su lado:

—Dora, Marcela es hija de una de las familias benefactoras más importantes de la universidad. Sé razonable y no nos metas a todos en problemas.

Yo estaba a punto de acercarme para exigir una explicación, pero aquellas palabras, "la familia Guerra de la capital", me detuvieron en seco.

¿La familia Guerra de la capital?

¿Desde cuándo mi papá tenía una tercera hija además de Dora y de mí?

Marqué de inmediato el número de mi papá y, con una risa fría, dije:

—Papá, dime una cosa: ¿desde cuándo tienes otra hija a espaldas de mamá?

—¿Qué tonterías estás diciendo?

Al otro lado del teléfono, la voz de mi papá, Santos Guerra, sonó entre divertida y ofendida.

—Eva, otra vez estás burlándote de mí. En esta vida, aparte de ti y de Dora, ¿de dónde habría sacado otra hija?

Al escuchar su negación tan firme, la sospecha que me oprimía el pecho se disipó al instante.

Era verdad. Mi papá, en el círculo de la alta sociedad de la capital, era famoso por ser un "esposo modelo".

Durante treinta años, había tratado a mi mamá, Elvia Magaña, con una atención impecable. Para muchas damas de sociedad, él era el típico esposo que todas envidiaban.

En ese círculo, que un hombre fuera infiel o mantuviera a una amante ya ni siquiera era noticia. Pero todos estaban convencidos de que Santos jamás haría algo así.

—Más te vale que sea así.

Colgué con frialdad y levanté la mirada hacia Marcela, que seguía actuando con arrogancia.

Llevaba marcas de lujo de pies a cabeza, pero todo estaba combinado de una forma tan exagerada que solo le daba un aire vulgar de nueva rica.

Contuve mi enojo y le pregunté con tono aparentemente amable:

—¿Dijiste que eres la hija de la familia Guerra?

—Vaya, ¿qué pasa?

Ella soltó una risa burlona y cruzó los brazos.

—Sí, soy la hija de la familia Guerra. Me llamo Marcela Guerra. ¿Tienes algún problema? Ah, ya entendí. Ustedes quieren aprovecharse de mi apellido, ¿verdad? Pues les aviso que ya es tarde. En la capital, aparte de mi familia, ¿cuántas familias de apellido Guerra pueden considerarse de la alta sociedad? ¡Qué par de provincianas!

Después de decir eso, volvió a mirar a Dora. La malicia en su voz casi se desbordaba.

—¿De qué te sirve tener buenas calificaciones? ¿De qué te sirve haberte preparado todo un año? Con una sola palabra de mi papá y la donación de un edificio, todo tu esfuerzo no vale nada.

Dora agachó aún más la cabeza. Tenía los puños apretados con tanta fuerza que los nudillos se le habían puesto blancos.

Al verla encogerse así, como si ya estuviera acostumbrada a que la maltrataran, entendí todo al instante.

Esa Marcela seguramente llevaba tiempo acosándola en la universidad.

A mamá nunca le gustó presumir, y siempre quiso que nos abriéramos camino por nuestros propios méritos.

Por eso Dora y yo siempre habíamos mantenido un perfil bajo fuera de casa. Nunca revelábamos nuestra identidad.

Dora, además, era introvertida y solo pensaba en sus estudios. Pero jamás imaginé que esa discreción terminaría convirtiéndose, ante los ojos de otros, en una señal de debilidad de la que podían aprovecharse a su antojo.

Con el corazón apretado, jalé a Dora detrás de mí y volví a posar la mirada en el rostro de Marcela. Esta vez, mi voz se enfrió.

—Hasta donde sé, todos los documentos para el cupo de intercambio, incluida la validación de la universidad de destino, ya habían sido aprobados. Cambiar a la candidata a última hora va contra las normas, ¿verdad?

—¿Normas?

Marcela soltó una risa aguda. Sacó con aire triunfal un fajo de documentos de su bolso y los agitó frente a mí.

—¿Te refieres a esto? ¿La solicitud de Dora? Qué pena, pero yo la intercepté. Nunca llegó a entregarse.

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