
Aullidos De Plata
Capítulo 2
Eran las dos de la mañana.
Leo estaba hecho una bolita sobre la alfombra de piel de lobo en la sala; su pequeño cuerpo no dejaba de temblar.
Yo había preparado el espacio para el ritual a la perfección, pero faltaba lo más importante.
—Mami... ¿él... no va a venir?
Leo hablaba entrecortado por el llanto. Me miró con esos ojos suyos, enormes y suplicantes.
Me arrodillé a su lado y luché por mantener la voz firme mientras le acariciaba el cabello.
—El Alfa... tiene asuntos muy importantes que atender. No pasa nada. Yo puedo guiarte.
Sentí que las palabras me amargaban la boca.
Sin la presencia de un Alfa, el ritual estaba incompleto. Era peligroso. La reacción del alma colectiva de la manada podía destrozar el espíritu del niño.
Me temblaba la mano mientras marcaba el número de Seth una última vez. Una vez. Dos veces.
Nadie contestó.
Cuando estaba por rendirme, la pantalla del celular se iluminó.
No era una llamada, sino una alerta de noticias de la Crónica del Lobo.
El titular gritaba en mayúsculas: “EL ALFA SETH RECLAMA A LA BETA BLACKWOOD BAJO LA MIRADA DE LA DIOSA”.
Sin poder evitarlo, abrí el enlace.
La pantalla mostraba el banquete después de la ceremonia.
Frente a todos, Seth le tomó la cara a Sarah entre las manos y la besó profundamente.
En nuestro mundo, que un Alfa bese a alguien que no es su pareja destinada bajo la luna es un voto público; un desafío deliberado al destino.
Los comentarios que aparecían debajo de la transmisión en vivo me lastimaban la vista.
“¡La Diosa es testiga! ¡Nuestro Alfa ha elegido un camino más fuerte!”
“¡Esta es la Luna que nuestra manada necesita! ¡Un linaje noble y una mente brillante!”
Y la frase debajo de la imagen me atravesó el corazón:
“Donde la voluntad desafía al destino, nace una leyenda”.
Un dolor punzante y desgarrador me partió el pecho. El vínculo de pareja estaba gritando. Su traición pública se sentía como una cuchilla retorciéndose en mi alma.
—Mami... me... me siento mal...
Leo me agarró la mano. Su propio espíritu estaba en caos por la larga y ansiosa espera.
Ya no había tiempo.
Solté el celular y presioné ambas manos contra el pequeño pecho de Leo.
Si su padre, el Alfa, lo había abandonado, entonces su madre le construiría una fortaleza.
Invoqué todo mi poder. No estaba intentando calmarlo; estaba levantando un muro dentro de su mente, un escudo para separarlo del peso aplastante de la manada.
—Mírame, Leo. Escucha mi voz. Ahora... conmigo... aúlla...
Eché la cabeza hacia atrás y solté un aullido suave, usando mi propia fuerza para guiarlo.
Leo me siguió con voz temblorosa. Lanzó el primer aullido de su vida, el más solitario de todos.
Cuando terminó, yo estaba empapada en sudor y mi energía se había agotado.
Caminé con torpeza hasta un espejo. Un mechón de cabello blanco caía ahora sobre mi frente, fruto del cansancio puro y de la tristeza.
El reloj marcaba las cuatro de la mañana.
Escuché que la puerta principal se abría en la planta baja.
Seth había llegado a casa.
Me despegué de la pared, fui a mi estudio y saqué un documento del cajón. Luego bajé las escaleras.
La sala apestaba a alcohol y al aroma amaderado de Sarah.
Seth se estaba aflojando la corbata.
Le bastó una mirada a mi cara pálida y a mi espíritu decaído para reaccionar. No había rastro de culpa en sus ojos, solo repulsión.
—¿Sigues usando a Leo para llamar mi atención? Ya pasaron doce años, Viola. ¿No te cansas de este juego tan patético? No olvides cómo terminaste en mi cama en primer lugar.
Ni siquiera preguntó por la ceremonia de Leo.
Así que eso era yo para él: la loba manipuladora que lo drogó para conseguir un título. Doce años de devoción no habían sido más que un teatro para él; mi penitencia.
En ese momento, el último poco de esperanza que tenía se murió.
Le extendí el documento. Eran los papeles del Acuerdo de Separación.
—Fírmalos. Felicidades. Por fin podrás estar con tu opción más fuerte.
Seth miró el título del papel y rio con desprecio. Pensó que era otro de mis “trucos baratos”.
En ese instante, su celular sonó.
Era Sarah.
—Estoy en el ala de invitados, pero los guardias parece que no saben quién soy. No me dejan pasar. ¿Puedes venir?
La expresión de Seth se suavizó.
—Espérame ahí. Ya voy para allá.
Colgó, pasó a la última página del acuerdo sin siquiera leerlo y garabateó su nombre en la línea de la firma.
—Si esto sirve para que te quedes callada unos días, ten. Y deja de querer cosas que no te pertenecen. Aprende cuál es tu lugar.
Me arrojó los papeles, se dio la vuelta y caminó hacia la puerta.
Tenía la mano en la perilla cuando se quedó petrificado.
Se llevó la mano al pecho y su cara se puso pálida.
Yo también lo sentí: la primera grieta en nuestro vínculo, un dolor fantasma provocado por su firma.
—Maldición... Este vino... pega fuerte.
Seth se tambaleó y se golpeó el pecho, pero no miró atrás.
Confundió la agonía de su alma partiéndose en dos con una cruda terrible.
Lo vi desaparecer en la noche. No lloré.
Me di la vuelta y regresé al cuarto de Leo.
Mi cachorro estaba dormido, pero tenía las mejillas manchadas de lágrimas. Estaba acurrucado bajo las cobijas, hablando entre sueños.
—Papá... yo… monstruo...
Me acerqué y lo abracé, apoyando mi barbilla en su frente húmeda.
—No, Leo. No eres un monstruo. Eres el lobo más valiente de todos.
Me quedé mirando por la ventana cómo el cielo empezaba a aclararse poco a poco; mi mirada era dura como la piedra.
—De ahora en adelante, no vamos a esperar a nadie.
Besé la cabeza de mi cachorro y sentencié a Seth.
—Ya no tenemos un Alfa.
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