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Portada de la novela Un Mango Fue el Final de Nuestro Matrimonio

Un Mango Fue el Final de Nuestro Matrimonio

9.2 / 10.0
Marcada por el suicidio de su madre tras un divorcio detonado por unos mangos, una mujer advierte a su esposo, el multimillonario Héctor Preciado, que regalarle esa fruta significará el fin de su matrimonio. Tras cinco años de aparente respeto y de alejar a una rival, ella regresa de un viaje de negocios solo para ser víctima de una cruel traición: Héctor y su amiga Violeta le sirven jugo de mango como una burla. Al descubrir el engaño y la falta de empatía de su esposo, ella decide divorciarse sin mirar atrás.

Un Mango Fue el Final de Nuestro Matrimonio - Capítulo 1

A los siete años, papá llevó a casa a una mujer hermosa y fue ella quien me regaló una caja de mangos.

Ese mismo día, mamá me vio comerlos con tanto gusto. Firmó los papeles del divorcio sin decir nada y, poco después, se lanzó del edificio.

Desde entonces, el mango se convirtió en la pesadilla que me acompañaría toda la vida.

Por eso, el día de mi boda le dije a mi esposo, Héctor Preciado, que si algún día quería divorciarse, solo tenía que regalarme un mango.

Él me abrazó sin responder y, desde ese momento, el mango también se volvió su tabú.

Cinco años después de casarnos, en Nochebuena, su amiga de la infancia dejó un mango sobre su escritorio.

Ese día, Héctor anunció que cortaba toda relación con Violeta Sánchez y la despidió de la empresa. Y ahí sí creí, sin dudarlo, que él era el hombre indicado para mí.

Hasta que, seis meses después, regresé del extranjero tras cerrar un trato de cien millones de dólares.

En la cena de celebración, Héctor me pasó una bebida. Y, cuando ya me había tomado la mitad del vaso, Violeta, la mujer a la que había despedido de la empresa, apareció detrás de mí con una sonrisa provocadora y preguntó en tono despreocupado:

—¿Está bueno el jugo de mango?

Me giré para mirar a Héctor con incredulidad. Él apenas contenía la risa.

—No te enojes —dijo—. Violeta insistió en que te hiciera esta broma.

—No te di un mango, solo jugo de mango.

Luego añadió, como si nada:

—Pero, creo que Violeta tiene razón: que no comas mango es una manía tuya.

—Mira lo feliz que estabas tomándolo hace un momento.

Mi expresión se endureció. Levanté la mano, le arrojé el resto del jugo en el rostro y me di media vuelta para irme.

Porque hay cosas con las que no se bromea. El mango no lo es. Y mi decisión de divorciarme, tampoco.

—Señorita López, lo que tiene es una recaída de gastritis provocada por un episodio de estrés. Si hay cosas que le caen mal, no las vuelva a comer; de lo contrario, la próxima vez puede que no sea solo dolor de estómago, sino que termine necesitando una resección del estómago. Quédese internada en observación durante un día.

Al escuchar al médico, me quedé en silencio.

Por el nuevo proyecto me pasé treinta y nueve días en el extranjero, sin distinguir día de noche, desvelándome al límite, y regresé sana y salva… o eso creía.

No imaginé que, en la cena de celebración, con solo beber un vaso de jugo de mango que me dio Héctor, terminaría directa en el hospital.

Por pura inercia abrí WhatsApp; alcancé a teclear dos letras y recién entonces noté que algo no cuadraba.

Miré con atención: sí, era Héctor, pero había cambiado la foto de perfil por un mango verde.

Me quedé clavada viendo el chat, atontada, cuando de pronto me entró su llamada. Al otro lado, su voz sonó helada:

—Ya llegué a casa. ¿Y tú dónde estás?

Me quedé callada; si hubiera sido cualquier otro día, habría suavizado el tono, habría fingido ser una niña y le habría hecho pucheros con voz dulce, pero esa noche no supe cómo abrir la boca.

Héctor se impacientó:

—Georgina, ¿hasta cuándo vas a seguir con tu show?

—En el hospital.

Hubo un silencio pesado; él nunca se había preocupado por mi salud, y mucho menos habría imaginado que aquel vaso de jugo de mango que me dio me había mandado directo a urgencias.

—Quédate ahí. Voy para allá ahora mismo.

No quería saber nada de él, pero la debilidad me dejó sin ganas de moverme siquiera.

El tiempo se me hizo eterno; el médico vino a revisarme tres veces, y Héctor no apareció ni una sola vez.

Antes de dormir, revisé el celular por última vez y me salió una publicación de Violeta: “Cada vez que me lastimo, mi guardián aparece al instante. ¡Qué lindo!”

La foto lo decía todo: Héctor poniéndole una curita.

La foto de perfil de Violeta era un mango amarillo, bien lindo, y aun así me dio asco.

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