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Portada de la novela Solo El Plomo Florece

Solo El Plomo Florece

Tras tres años de matrimonio con Alexander, el temido Don de la mafia, la vida de su esposa se derrumba cuando él le entrega el broche de la Donna a su asistente Elena. Cansada de justificar los desplantes de su esposo bajo la excusa de la gratitud, ella decide firmar el divorcio y abandonar su vida en común. Alexander, confiado en que una huérfana desamparada no sobrevivirá sola en Sicilia, acepta sin dudarlo. Sin embargo, ignora que su ahora exesposa es en realidad la hija menor de la dinastía mafiosa más antigua de Europa y su peor enemiga, lista para regresar con su verdadera familia.
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Capítulo 4

El tiempo pasaba muy lento; cada segundo era un martirio. Alexander no regresó sino hasta esa noche de lluvia.

Traía a Elena en brazos, bañada en sangre. En realidad no estaba tan grave, solo era una herida de cuchillo en la pierna. Se veía escandaloso y aterrador, pero me bastó una mirada para darme cuenta de que no había tocado ninguna arteria importante.

Alexander se veía fuera de sí, irradiaba pura violencia. Después de entregarle a Elena al doctor, se dirigió a mí.

—Llévenla a la cámara de tortura —les ordenó a los guardaespaldas como si nada.

Dos tipos corpulentos me obligaron a ponerme de rodillas sobre el suelo de piedra.

Poco después, Elena salió cojeando, apoyándose con debilidad en el pecho de Alexander y con la herida ya vendada.

—No culpes a Ivy. Tal vez yo la hice enojar sin querer... —Lloraba con una delicadeza fingida, como una flor bañada por la lluvia.

Alexander la miró con angustia y luego giró la mirada hacia mí. Sus ojos solo mostraban un juicio implacable.

—Según la Omertà y las reglas de la familia: quien lastime a un compañero o se alíe con el enemigo, recibirá latigazos.

Tomó de la pared un látigo de cuero empapado en agua con sal y lo arrojó a los pies de Elena.

—Como tú fuiste la que sufrió, tú misma debes cobrarte la ofensa.

Lo miré con asombro.

—En serio vas a dejar que esta mentirosa me dé latigazos?

Esa era una herramienta para castigar a los traidores. Un solo golpe podía abrir la piel y desgarrar la carne.

Alexander evitó mi mirada; su voz sonaba tensa pero cruel.

—Esto es para que aprendas. Te equivocaste y tienes que pagar el precio. Solo aguántate. Deja que se desahogue y así ya dejamos esto atrás.

Elena levantó el látigo con manos temblorosas, mirándome con un miedo fingido.

—Yo... no puedo... Nunca le he pegado a nadie...

Alexander le tomó la mano, dándole ánimos con suavidad.

—No tengas miedo. Aquí estoy yo. Ella te la debe.

Un destello de maldad cruzó los ojos de Elena.

Al segundo siguiente, levantó el látigo y lo descargó contra mi espalda con todas sus fuerzas.

¡Zas!

Un dolor agonizante estalló. Mi ropa se rompió y sentí cómo se me abría la piel. Apreté los dientes y no hice ni un solo ruido.

—Ay, no, se me resbaló la mano... perdón... —Elena se disculpaba de dientes para afuera, pero sus golpes eran cada vez más fuertes.

¡Zas! ¡Zas! ¡Zas!

Cada latigazo llevaba consigo el placer de la venganza.

Alexander se quedó a un lado, observando mi cara pálida y la sangre que manchaba mi espalda. Tenía los puños apretados junto a los costados.

En su mirada hubo un rastro de duda, como si quisiera detener todo aquello.

Pero al ver la gasa en la pierna de Elena, se obligó a no intervenir.

—Es una lección. No vuelvas a meterte con mi gente —dijo con tono indiferente, como si tratara de convencerse a sí mismo.

El sudor por el dolor me corría por la cara y mi visión empezó a nublarse, pero mantuve la espalda recta y no dejé de mirar fijamente a Alexander.

En ese momento, todo el amor que sentía por ese hombre se hizo pedazos, golpe tras golpe.

Cuando Elena se cansó, se detuvo, jadeando.

Alexander se acercó para sostenerla y le preguntó con dulzura:

—¿Ya te sientes mejor?

Elena asintió con debilidad y escondió la cara en su pecho.

—El Don es tan bueno conmigo.

Tirada en el suelo, viendo sus siluetas abrazadas, de pronto solté una risita amarga.

—Te vas a arrepentir de esto.

Alexander me miró ahí, en medio de un charco de sangre, y un rastro de pena cruzó sus ojos. Luego ordenó que trajeran el botiquín.

Me cargó y me puso con cuidado sobre la cama, intentando aplicarme medicina en las heridas, mientras arrugaba la frente con frustración.

—¿Ya fue suficiente? ¿Ya te diste cuenta de que te equivocaste?

La pura soberbia de su falsa preocupación hizo que se me revolviera el estómago.

—No me toques.

Retiré mi mano y lo miré con los ojos apagados.

Alexander perdió la paciencia y azotó el botiquín sobre la mesa.

—¿Hasta cuándo vas a seguir con tus caprichos? Ya te dije que Elena nunca va a ser una amenaza para tu puesto. ¿Qué más quieres? ¿Tengo que sacarme el corazón para que me creas?

—¿Corazón? —pregunté, como si hubiera escuchado un chiste—. ¿A poco tienes uno?

Entonces, de reojo, vi la Glock 17 que traía metida en la cintura.

En ese instante, el odio que había estado reprimiendo tanto tiempo estalló.

Ya que me llamó malvada, ya que dijo que no podía tolerar a esa mujer, ¡pues iba a hacer que su acusación fuera real!

Me abalancé sin aviso, moviéndome rápido como una pantera, y le arrebaté la pistola de la cintura.

La cara de Alexander cambió.

—¡Suelta el arma!

Lo ignoré. Giré la pistola, agarrándola por el cañón, ¡y estrellé la pesada culata con toda mi furia contra la cabeza de Elena, que seguía fingiendo debilidad junto a él!

—¡Ah!

Elena gritó mientras yo me le iba encima y la tiraba al suelo.

Me senté sobre ella, fuera de mí, y le estrellé la culata de la pistola en la frente y en las mejillas una y otra vez.

—¿No decías que te quería lastimar? Pues como tanto quieres que sea la mala, ¡te voy a dar el gusto!

La sangre me salpicó la cara. Elena ni siquiera tuvo tiempo de pedir ayuda; solo podía sollozar de dolor.

—¡Ya basta! ¡Maldita loca!

Cuando me había desahogado e iba a apuntarle a Elena para disparar, Alexander rugió aterrado. Se lanzó hacia mí y me agarró la muñeca, usando su enorme fuerza para quitarme de encima de Elena.

¡Pum!

Mi espalda chocó con fuerza contra la pared. Sentí como si se me hubieran movido los órganos internos y un sabor metálico me subió por la garganta.

¡Cof!

No pude contenerme y escupí un bocado de sangre viva, manchando de rojo la alfombra blanca.

Pero Alexander ni siquiera me miró.

Recogió del suelo a Elena, que estaba inconsciente y llena de sangre, con una voz temblorosa de pánico.

—¡Despierta! ¡Preparen el auto! ¡Llévenlo al hospital!

Salió corriendo por la puerta con esa mujer en brazos. Al pasar junto a mí, se detuvo un segundo y me lanzó una sentencia que me caló hasta los huesos:

—Si no despierta, te juro que te entierro con ella.

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