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Portada de la novela El Repartidor De Placer

El Repartidor De Placer

9.0 / 10.0
El protagonista de esta novela comparte vivienda con su atractiva casera y la hermosa hija de esta. Una noche de tormenta, mientras él está en su cama sosteniendo una prenda íntima que le ha quitado en secreto a la joven, ella entra inesperadamente a su habitación vistiendo un camisón muy ligero. Asustada por los truenos y aprovechando la ausencia de su madre, le pide quedarse a dormir allí. Al notar su silueta bajo la pijama, él deja de lado sus temores y la invita a entrar en su cama.

El Repartidor De Placer - Capítulo 1

Mi casera, una mujer madura, todavía estaba buenísima, y su hija todavía más, con carita inocente y unos pechotes.

Vivíamos en la misma casa. Esa noche, entre truenos y relámpagos, estaba metido en la cama. Saqué las pantaletas rosas que la hija de la casera se acababa de quitar, listo para calmar las ganas.

La hija de la casera abrió la puerta de mi cuarto en un camisón finito y se quedó mirándome. Me llevé un buen susto; pensé que me había descubierto robándole las pantaletas. Pero entonces me dijo:

—Esta noche los truenos me dan mucho miedo y mi mamá no está. ¿Puedo dormir en su cuarto?

Al verle la entrepierna marcada bajo el pantalón de la pijama, ¿qué me iban a importar las pantaletas? Levanté la cobija.

—Ven para acá.

Me llamo Rubén Salgado, tengo cuarenta y tantos y sigo soltero. Sin una mujer a mi lado, vivía muerto de soledad todos los días.

Le renté el cuarto del fondo a la casera y vivía solo en la ciudad, trabajando como repartidor.

La casera era divorciada. El exesposo le había sido infiel y les dejó el departamento a ella y a su hija.

Criaba sola a la muchacha y trabajaba de empleada en una oficina, pero aun así no le alcanzaba. Sin más remedio, terminó por rentar el cuarto que le sobraba. Apenas me mudé, sentí que me había sacado la lotería.

En ese departamento no solo vivía la casera, divorciada pero muy bien conservada, sino también su tremenda hija, Dayana Ramírez.

Y para colmo, Dayana terminó la escuela técnica y dejó de estudiar; se quedó en casa, con pinta de pandillera de pies a cabeza.

Todos los días estaba dando vueltas por la casa con su uniforme de colegiala.

Parecía sacada de una película porno; se veía toda inocente y tenía un par de melones tan grandes que casi le reventaban la ropa.

Si la casera no la tuviera encerrada en casa, imagino que habría terminado de stripper.

A una chica así, que no sabe hacer nada, no le queda más que vender el cuerpo; de talento no iba a vivir.

Dayana se la pasaba en casa jugando videojuegos y de vez en cuando salía con unos vagos a jugar billar.

De día salía a repartir, y de noche volvía a vivir con ese par de florecitas, madre e hija. La ropa interior y las medias que lavaban quedaban tendidas en el balcón. Yo me daba un buen festín con la mirada, y a veces hasta me acercaba a olerlas.

Esto se sentía más rico que ser el esposo de la casera; un esposo jamás se atrevería a tener intenciones con su hija.

Yo, en cambio, podía aprovechar cualquier descuido de Dayana, agarrar sus pantaletas con osito y calmarme la calentura. Las muchachas de la ciudad sí que son tiernitas y blanquitas, y hasta la ropa sucia que usaban olía rico. La casera también se portaba bien conmigo; casi siempre comíamos en la misma mesa.

Yo limpiaba un poco a diario y lavaba los platos, como si fuéramos una familia.

Ella seguro no sabía que, frente a ellas, yo me portaba muy correcto, pero a escondidas me desahogaba con la ropa íntima de las dos.

Últimamente el clima se había puesto caluroso, y Dayana estaba en casa muy ligera de ropa. El camisón delgadito era tan transparente que hasta dejaba ver el color de lo que traía debajo. Yo, soltero desde hacía años, cuando veía algo tan provocativo, sentía que la calentura me recorría entero.

Me moría por probar a qué sabía una chica rebelde tan tiernita. Y pronto llegó la oportunidad. Ese día cayó un aguacero, las calles se inundaron y volví del trabajo antes de tiempo.

Apenas llegué a casa y me cambié de ropa, retumbó un trueno y se fue la luz. Todo el cuarto quedó a oscuras.

En ese momento sentí algo suave entre mis brazos. Dos cojincitos de carne tierna se apretaron contra mi pecho, dulces y suavecitos.

No pude evitar rodearla con los brazos. Era un cuerpo muy delicado; de inmediato supe que era Dayana. No paraba de pegarse a mí, con el vientre apretado contra el mío, y una corriente eléctrica me subió desde el coxis hasta la frente.

Sentí cosquillas y comezón en todo el cuerpo. Me daban ganas de cargarla y restregarme contra ella con fuerza. Pero me daba miedo que la casera siguiera en casa; si llegaba a vernos así, estaba perdido.

No me quedó más que aguantarme las ganas y apartar a Dayana.

—Daya, te equivocaste de persona. No soy tu mamá.

En vez de rechazarme, Dayana me abrazó más fuerte. Parecía morirse de ganas por sentir a un hombre; escondió la cabeza en mi pecho y se me pegó, suavecita y blandita. Una chica de esa edad anda muy necesitada de cariño, y más Dayana, criada por una madre soltera y sin el cariño de un padre.

Por eso se aferraba tanto a los hombres. Aunque yo lo disfrutaba mucho, también me preocupaba que la casera me viera; ¿y si después me echaba de la casa?

—No hagas eso, no vaya a ser que tu mamá te vea.

Dayana murmuró con voz suavecita:

—No, mi mamá no está en casa hoy y los truenos me dan mucho miedo.

¿La casera no estaba? Me venía de maravilla. La abrazaba con las dos manos y, a propósito, me restregaba contra su vientre suave. No saben lo rico que se sentía.

Siempre había querido probar el cuerpo de una jovencita, y esa noche por fin lo estaba disfrutando. Dayana también parecía disfrutarlo; meneó el cuerpo y acomodó la postura. Ese meneo fue mi perdición. La fricción contra su vientre me disparó la emoción.

Se me puso duro. Dayana lo notó y, en vez de echarse atrás, separó un poco las piernas. Se le escapó un gemidito suave.

—Mmm.

Por dentro me moría de gusto. Esta chamaca todavía no había probado a un hombre; seguramente era la primera vez que la rozaban ahí.

A propósito me meneé abajo, disfrutando el placer de la fricción.

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Tabla de contenidos de El Repartidor De Placer

Ch. 1 Ch. 2
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