
Renací: Intercambio de Boda
Capítulo 4
Ignacio se terminó de vestir y se me plantó enfrente. Agarró mi ropa, como si de verdad fuera a vestirme él.
—Vamos juntos, amor. Los Flores me salvaron la vida. No puedo hacerme el loco con su única hija. Así que ven conmigo, ¿sí? Y cuando volvamos, me pegas, me regañas, lo que quieras.
Me quedé un segundo en blanco; luego lo empujé y me vestí sola.
—Vámonos.
Ni lo miré. Salí con la cara helada. No caminé ni dos pasos cuando sentí su mano caliente en la mía: me la tenía agarrada.
Sacudí la mano dos veces, pero no me soltó, y le lancé una mirada fulminante.
—Amor, camina más despacio. Está bien oscuro.
Como si no viera mi coraje, me apretó la mano con fuerza. En un abrir y cerrar de ojos llegamos a la casa de Liliana.
Como sus papás ya habían muerto, en el ejército la cuidaban bastante. Vivía sola en un cuarto grande.
Y en ese momento, el cuarto estaba lleno de gente.
La primera en darse cuenta de que Liliana había desaparecido fue María Zamarripa; llegó corriendo con una carta en la mano:
"Ignacio, no quiero ser una carga para todos. Me voy con mis papás."
Una sola línea cortita, pero a Ignacio se le frunció el ceño al instante. Y de inmediato empezó a dar órdenes para que todos salieran a buscarla.
En cuestión de nada, toda la isla se llenó de gritos.
—¡Liliana!
En la costa había especialmente mucha gente. Yo también me puse a buscar, por si de verdad le pasaba algo.
Pero como por la orilla ya estaba hasta el tope, me fui a revisar los rincones, los huequitos, los lugares más escondidos.
Y ahí fue cuando me cayó el "premio".
—¿Qué haces tú aquí? ¿Y Ignacio? ¿Dónde está?
Al escuchar mis pasos, Liliana se giró toda emocionada. Pero en cuanto vio que era yo, se le cayó la cara. Estaba parada encima de unas rocas, mirándome con puro rencor.
Me solté una risita, burlona.
—¿Qué? ¿Por un hombre que ni te tiene en el corazón vas a andar jugándote la vida?
A ella se le fue el color de la cara; luego le volvió de golpe: roja… blanca… roja… blanca… Apretó los dientes.
—¿Tú qué vas a saber? Ignacio y yo crecimos juntos. Y mi familia le salvó la vida. Si no fuera porque tú te metiste, su esposa sería yo.
Se me salió una risa helada.
—Ajá. ¿Y si de verdad te tuviera en el corazón, crees que yo habría tenido chance de meterme? Además, lo nuestro es compromiso desde antes de nacer. Si hablamos de primero, ni de chiste te toca. Así que mira: antes no pintabas, y después, menos. Ignacio va a ser mi hombre. Pero si a ese hombre se le meten ideas raras, no me tiembla la mano para romperle las piernas y regalártelo, para que se vayan de parejita por ahí. Nada más que a ver si te da para cargarlo.
Dicho eso, me di la vuelta.
Ya la encontré. Y por cómo estaba, era obvio que no quería morirse; solo quería armar su show de lágrimas. Yo no iba a perder el tiempo.
Pero en eso, Liliana me jaló del brazo, se me pegó al oído y susurró, bajito:
—Dime, si nos caemos las dos al mar al mismo tiempo, ¿a quién salva Ignacio? ¿A ti o a mí?
No me dio ni tiempo de reaccionar: sentí un tirón brutal. Y al segundo siguiente, caí al agua.
Me tragué varias bocanadas de agua de mar, salada y amarga. Y entre el ahogo, lo único que alcancé a escuchar fue su voz chillona:
—¡Ignacio, sálvame!
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