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Portada de la novela Puse A Madre E Hija En Cuatro Ruedas

Puse A Madre E Hija En Cuatro Ruedas

8.0 / 10.0
Durante una lección de conducción en el vehículo de la escuela de manejo, un padrino decide sentar a su ahijada Camila sobre sus piernas para dirigirla de forma personalizada. Sin embargo, en el instante en que encienden el motor, el automóvil se apaga bruscamente, provocando una fuerte sacudida. Este repentino movimiento hace que ella se presione directamente contra su entrepierna, desatando una intensa tensión física que aumenta al notar que la joven viste una minifalda sumamente corta.

Puse A Madre E Hija En Cuatro Ruedas - Capítulo 1

—Hay algo duro aquí abajo que me está picando.

En el auto de la escuela de manejo, para enseñarle a manejar a mi ahijada, hice que se sentara en mis piernas para guiarla personalmente.

Pero apenas encendimos el motor, el auto se nos apagó y la carrocería dio un brinco muy fuerte.

Esos amortiguadores de mi ahijada se hundieron profundamente en mi entrepierna.

Lo que terminó por acelerarme el pulso fue notar que Camila solo llevaba puesta una minifalda cortísima que no le cubría nada.

Me llamo Roberto García y soy instructor de manejo.

La hija de la Directora Rivas acababa de salir de la prepa, y su madre me encargó que le diera clases.

La directora y yo tenemos una excelente relación, tanto que su hija, Camila, me eligió como su padrino.

Camila acababa de cumplir dieciocho años y se había desarrollado de la mejor manera.

Tenía una delantera impresionante; al caminar, el movimiento era hipnótico, como si esos faros quisieran escapar de la ropa.

Su cintura era tan fina que parecía poder rodearse con una mano, y no le sobraba ni un gramo de grasa en el cuerpo.

Pero lo mejor era esa retaguardia elevada; con la minifalda que traía, se le dibujaba a la perfección la redondez de la carrocería.

Uno no podía mirarla sin sentir el impulso inmediato de estirar la mano y apretar.

Sus piernas, largas y blancas, estaban envueltas en medias negras; verlas despertaba el deseo salvaje de echárselas al hombro y no tener piedad.

Cada vez que iba de visita a su casa, me resultaba imposible no clavarle la mirada a Camila.

Sin embargo, por respeto a la jerarquía de la directora, tenía las ganas pero me faltaba el valor.

Esa tarde, Camila apareció para su clase vestida con una minifalda provocativa y medias negras.

Caminó hacia mi auto luciendo esas piernas interminables, bajo la atenta mirada de todos los presentes.

Se inclinó y golpeó el cristal.

—Ya vine a mi clase —dijo con una voz dulce y cristalina.

Bajé la ventanilla y mis ojos se encontraron con esos faros que amenazaban con desbordarse, mostrando una piel rosada y tierna.

—¿Cómo se te ocurre venir a aprender a manejar sin sostén? —pregunté, sin poder evitarlo.

Camila se rio y respondió con desparpajo:

—Con este calor, si me pongo ropa interior me voy a asfixiar. Además, tú eres mi padrino, no pasa nada si me ves un poquito.

Abrió la puerta del copiloto y se subió.

De reojo, a través de la apertura de su manga, pude ver la curva redonda y llena de sus faros.

Tragué saliva con dificultad.

Camila me miró con picardía y comentó:

—Cómo se te mueve la nuez cuando tragas, te ves bien varonil.

Su comentario me puso nervioso, así que me apresuré a cambiar el tema.

—Normalmente, los alumnos se agrupan en el auto y se turnan para manejar. A ti te estoy dando clases privadas, así que más te vale poner atención para que pases el examen a la primera.

Pero Camila se levantó del asiento del copiloto y comenzó a deslizarse poco a poco hacia mí.

Al ver que me quedé paralizado mirándola, sonrió y dijo:

—Estamos solitos en el auto... mejor me siento en tus piernas y así me enseñas bien cómo mover la palanca.

Dicho esto, terminó de treparse sobre mis muslos; con la postura, su retaguardia quedó elevada, regalándome una vista privilegiada de lo que había bajo su falda.

¡Así son las chicas de dieciocho, una frescura irresistible!

Solo con verla, sentí cómo se me calentaba el motor.

Camila notó el bulto que empezaba a marcarse y no pudo ocultar una sonrisita.

Una vez que acomodó los pies, dejó caer todo su peso sobre mi regazo.

¡Sus suaves y elásticos amortiguadores aterrizaron sobre mi entrepierna!

Sentí que cada poro de mi piel se dilataba; percibía la suavidad de su cuerpo y su aroma dulce.

Estaba en la gloria.

Camila movió la cadera, y la fricción resultante me provocó un escalofrío de placer.

—Hay algo duro aquí abajo que me está picando.

Esta niña, no sabía si se hacía la inocente o si no entendía, ¿cómo preguntaba eso?

Me aclaré la garganta y, fingiendo serenidad, respondí:

—Es mi pierna, que está muy dura; aguántate tantito y ya.

Para mi sorpresa, Camila se lo creyó y se quedó sentada como si nada.

Pude sentir, incluso, el contacto con una zona húmeda y cálida a través de la tela.

La ropa de verano es delgada por naturaleza, y yo solo traía puestos unos pantalones cortos.

Aquel contacto tan íntimo me tenía al mismo tiempo excitado y muerto de nervios.

Después de todo, era la hija de la directora; si llegaba a contarle algo a su madre, podía despedirme.

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