
Pues, Fuiste Mi Tío Para Siempre
Capítulo 6
Aunque Diana ansiaba irse de inmediato, prefería evitar una discusión, así que
obedeció y se quedó tumbada.
—Gracias, tío Enzo.
Murmuró en voz baja.
La mirada gélida de Enzo se posó en su rostro.
Algo en ella le parecía distinto.
Antes, ella siempre se aferraba a él, parloteando sin cesar en cuanto lo veía.
De haber sido antes, en una situación como esta, ya le estaría llorando llena de angustia.
Además, hacía mucho que no lo llamaba “tío”.
En algún momento, había empezado a usar su nombre.
Afuera, los truenos retumbaban y la lluvia seguía cayendo.
Ella permaneció quieta mientras terminaba de recibir el suero nutritivo bajo la atenta
mirada de Enzo.
—Tú…
Empezó él, a punto de preguntarle qué le ocurría últimamente, por qué se había vuelto
tan sumisa, cuando un grito proveniente de la habitación contigua lo interrumpió.
El rostro de Enzo se ensombreció al instante.
Por reflejo, salió disparado de la habitación.
—¡Debe de ser Isabel! ¡El trueno la habrá despertado y le habrá dado otro episodio depresivo! ¡Tengo que estar con ella!
Diana asintió en silencio, las lágrimas claras resbalando por sus mejillas.
Aunque sabía bien que no ocupaba lugar en su corazón, cuando él la abandonó sin
dudar, no pudo evitar que la punzada de dolor la atravesara.
Pero, de pronto, una mano grande y cálida se posó en su cabeza.
—Quédate tranquila, vuelvo enseguida. Duérmete, luego te llevo a casa.
El propio Enzo no entendió por qué, tras cruzar la puerta, había regresado sin pensar.
Una inquietud lo recorría, la sensación de que esta Diana actual parecía a punto de
desvanecerse en cualquier momento.
Volvió a salir corriendo hacia la habitación de al lado, tomó en brazos a Isabel, que se
retorcía en su supuesta agonía, y se dirigió con ella a la habitación segura del sótano.
En su vida anterior, Isabel también tenía estos episodios con frecuencia.
Entonces, Enzo se encerraba con ella en dicha habitación segura durante días y noches, hasta que ella “se recuperaba”.
Diana recordó una vez, cuando su hija tenía seis meses y sufrió una convulsión por fiebre alta en medio de la noche.
Aterrada, llamó a Enzo, suplicándole que las llevara al hospital.
Pero él la reprendió furioso, diciéndole que era una inconsciente, que Isabel estaba
teniendo un episodio y no podía dejarla sola, que se arreglara como pudiera.
Ella acababa de dar a luz, ¿qué podía hacer?
No tuvo más remedio que salir a la calle con la niña en brazos, bajo una nevada
glacial, sin siquiera haberse puesto un abrigo, solo con su pijama y pantuflas.
No sabía cuántas veces se había caído en la nieve, hasta que por fin un auto se detuvo
y las llevó al hospital.
Al llegar, a su hija le dieron un aviso de gravedad.
Diana acababa de cumplir diecinueve años, nunca había enfrentado una situación tan
crítica, y el miedo hacía que sus manos temblaran demasiado para firmar.
Se arrodilló frente a la unidad de cuidados intensivos, llamando a Enzo incontables veces.
Él nunca descolgó.
Después, él la culpó a ella, diciéndole que no volviera a molestarles con “problemas
menores” durante los episodios de Isabel.
Llamaron a la puerta, sacando a Diana de sus recuerdos.
—Isabel quiere la sopa dulce especial del Restaurante Celestial, voy a comprársela. Cuídala un momento, por favor.
Diana vaciló, su plan era enviar un mensaje a Enzo e irse de allí.
Pero en estas circunstancias, no tuvo más opción que aceptar.
Apenas llevaba él unos minutos fuera cuando Isabel salió de la habitación segura.
La miró con desdén, una sonrisa burlona en sus labios, sin parecer en absoluto una
paciente depresiva que necesitara compañía constante.
Diana supo de inmediato que Isabel estaba fingiendo.
En su vida anterior, ella misma había sufrido depresión severa.
Sabía exactamente cómo era un paciente real.
—¿Qué ganas con obligarlo a casarse usando al bebé en tu vientre? Él me ama a mí.
¡Jamás podrás igualar eso!
Al ver que esta vez no había logrado enfurecer a Diana como de costumbre, una
sensación de frustración la invadió.
Pero, de pronto, soltó una risa.
—¡Diana Ximénez, cuanto más le gustabas antes, más te odiará en el futuro!
Diana no lo entendió, mirándola perpleja.
Isabel, riendo a carcajadas, volvió a la habitación segura del sótano.
Pronto, desde dentro, llegaron gritos desgarradores.
El corazón de Diana se encogió de horror y corrió hacia el sótano a toda velocidad.
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