
Oí a Mamá Muerta y Cambié Mi Destino
Capítulo 3
Ella hizo ademán de golpearse a sí misma en la mano.
Paul se apresuró a detenerla y me miró con enojo.
—Margarita ya se disculpó. ¿No puedes dejar de aprovecharte de que tienes la razón?
Mamá se enfureció todavía más.
—¡Qué mocoso tan malcriado! Tú no has dicho ni una sola palabra. Esa niña teatrera se está montando todo este drama ella solita. Mi niña, esta vez no puedes quedarte callada y tragártelo todo.
Yo siempre le hacía caso a mamá. Así que levanté la mano y empujé a Margarita con tanta fuerza que la tiré al suelo.
Luego miré a Paul.
—Esto sí es aprovecharme de que tengo la razón. Mi mamá me lo enseñó.
Margarita se quedó sentada en el suelo, completamente aturdida.
Paul también se quedó helado. En su rostro infantil apareció un rastro de rabia.
—Tú…
Volví a levantar la mano y también lo empujé a él.
—Y esto sí es pasarme de la raya.
Desde que lo conocí, siempre le había seguido la corriente. Nunca me había rebelado contra él.
Ese empujón lo dejó totalmente desconcertado.
Paul me miró con incredulidad, tan enojado que se le puso la cara roja.
—Muy bien. Te atreviste a ponerme una mano encima. Después no vengas a arrepentirte.
—Margarita, te llevo a la enfermería.
Mamá se burló sin piedad.
—No se preocupa por ti, que eres la que está herida, y en cambio se desvive por la que se lanzó contra otra persona.
De lo que sí te arrepentirías sería de dejar que ese mocoso tonto, incapaz de distinguir el bien del mal, se volviera parte de la familia. Ay, mi niña buena, esa herida debe dolerte muchísimo, ¿verdad?
Bajé la cabeza y miré la palma de mi mano, donde todavía salía sangre. La tristeza que llevaba dentro ya no pude contenerla.
Antes, cada vez que me lastimaba, Paul se ponía tan nervioso que casi daba vueltas en círculos, como si quisiera sufrir en mi lugar.
Tal vez aquellas preocupaciones no habían sido del todo falsas. Pero ahora, él ignoraba mi herida y solo pensaba en defender a Margarita.
Las palabras de mamá empezaban a parecer cada vez más ciertas.
Aunque de verdad se convirtiera en mi hermano mayor, quizá solo repetiría la tragedia de la que mamá hablaba.
***
Me limpié las lágrimas y fui a la enfermería para que me curaran el raspón de la mano.
Varias enfermeras estaban reunidas junto a la ventana, mirando hacia la cancha. Yo también miré con curiosidad.
Vi a Margarita y a Paul escondidos detrás de la canasta de básquetbol, hablando en secreto. Margarita le jalaba la manga a Paul mientras se hacía la tierna.
—Si Raquel se entera de que fingiste haber perdido la memoria solo para poder jugar conmigo, seguro se va a enojar.
Paul le acarició la cabeza sin darle importancia.
—Que se enoje si quiere. De todos modos, ella siempre anda detrás de mí. Aunque finja haber perdido la memoria, ella me va a rogar que vuelva a jugar con ella.
—¡Ni lo sueñes! —dijo mamá en mi cabeza, furiosa—. Esta vez, mi niña buena no te eligió. Cuando anuncien el resultado, quiero ver si sigues tan presumido.
Hice una mueca, como si acabara de probar algo amargo, y caminé hacia el salón, sosteniendo mi mano ya vendada.
En ese momento, de pronto se escucharon gritos desde la cancha.
—¡Los de grados superiores se están peleando! ¡Vayan a buscar a un maestro!
Toda la cancha se volvió un caos.
Por instinto quise correr, pero un chico mayor que estaba peleando me empujó y caí al suelo. El palo de escoba que él llevaba en la mano estaba a punto de golpearme en la cabeza.
Aunque papá me había enseñado algunos movimientos de defensa personal, yo seguía siendo pequeña y no tenía mucha fuerza.
Al ver que Paul notaba el alboroto donde yo estaba, grité de inmediato:
—¡Paul! ¡Ayúdame!
Paul estaba a punto de venir, pero Margarita se aferró con fuerza a su brazo.
—Tengo miedo. No te vayas, ¿sí?
En ese instante de duda, el palo de escoba me golpeó el brazo. La herida recién vendada volvió a sangrar, y el dolor me hizo llenarme los ojos de lágrimas.
—¡Pobrecita! —mamá sonaba tan ansiosa que casi perdía la calma—. Este mocoso desgraciado fingió haber perdido la memoria y encima no tiene corazón. Siempre fuiste tan buena con él, ¡y aun así no te ayuda cuando estás en peligro!
Me dolía tanto que casi no podía mantenerme de pie. Reuní las últimas fuerzas que tenía y grité:
—Paul, me duele mucho. ¡Ven a ayudarme!
Antes de que terminara de hablar, Margarita soltó un grito.
Resultó que otro chico mayor que estaba peleando corrió hacia ellos. Paul protegió de inmediato a Margarita detrás de él y salió corriendo sin mirar atrás.
Los vi alejarse, y sentí como si me pincharan el corazón con agujas.
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