
Muerta para Él, Libre para Mí
Capítulo 4
El amor verdadero de Miguel era para ella; su preferencia también. Incluso la herencia.
¿Y a mí qué me dejaron estos ocho años? Puras mentiras, engaños y una hipocresía de doble cara.
La puerta se abrió de golpe. Miguel y Patricia entraron besándose, sin soltarse, como si no hubiera nadie más en el mundo.
Yo me quedé clavada ahí, sin poder ni mover un pie. Así que eso de mandarme al hospital, eso de "preocuparse" porque no me sintiera bien, también era mentira. Solo quería sacarme de la casa, dejar la casa libre para que ellos pudieran verse a escondidas.
En ese instante, yo era la intrusa. Y ellos parecían un matrimonio enamorado desde hace años.
Los gemidos de Patricia retumbaron por toda la casa. Ella arqueó el cuello, respirando entrecortadamente.
—Cariño, si nos hubiéramos conocido antes, ¿habrías elegido casarte conmigo?
Él respondió con fuerza, con una brutalidad que sonó a regaño:
—¡Basta, no digas tonterías! ¡Si no fuera por Susana, ni te miraría!
—¿Ah, sí? Pero bien que te metiste en mi cama. Y dijiste que hacerlo conmigo, con Susana en la casa, te excita más. Eres un mentiroso.
Sus gemidos se hicieron más fuertes. Me tapé los oídos, intentando no escuchar, pero las palabras de Miguel se me metían a la fuerza, como agujas. Me punzaron el corazón, me desgarraron el alma, me hicieron trizas la poca dignidad que todavía me quedaba.
—Sí, todavía amo a Susana —dijo—. Pero después de ocho años también se cansa uno. Buscar un poco de emoción, ¿qué tiene de malo?
Así que esa era su razón.
Se me torció la boca en una sonrisa amarga.
El dolor me sacudió el cuerpo entero. El vientre se me retorció con una punzada feroz; perdí el equilibrio. Me doblé y caí al suelo con un golpe seco. Fue tan fuerte que lo sobresaltó.
Miguel salió corriendo hacia mí, ni siquiera tuvo tiempo de ponerse la ropa. Al verme tan pálida, me levantó en brazos desesperado y me llevó al auto.
Dentro del auto, me apretó la mano. Él lloraba, temblando de pies a cabeza.
Su angustia era real, pero las marcas de besos en su piel también lo eran.
—Mi amor, cuando nazca el bebé, te lo explico todo, ¿sí? Solo aguanta un poquito…
Una lágrima me resbaló por el rabillo del ojo. Esbocé una sonrisa sin vida y aparté la cara.
Me llevaron al quirófano. José presionó el émbolo de la jeringa y me dijo en voz baja:
—Después de la inyección, va a entrar en un shock simulado durante un día. ¿Está lista?
Asentí, con la cara hecha ceniza.
—El aviso de estado crítico que él firmará después… recuerde cambiarlo por el acuerdo de divorcio.
—De acuerdo.
La aguja se hundió despacio en mi brazo. La debilidad me inundó entera. Cerré los ojos, poco a poco.
Más tarde supe que, afuera de urgencias, Miguel caminaba de un lado a otro, fuera de sí. Nadie lo había visto nunca así: tan destrozado.
José salió con el aviso de estado crítico y se lo dijo:
—Señor Michaus, su esposa tuvo una hemorragia masiva; quizá necesitemos su firma.
Miguel pateó con furia el mostrador de enfermería y rugió, desgarrado:
—¡Me da igual lo que cueste, tienen que salvar a Susana! ¡Salven a mi esposa, ¿me oyeron?!
Firmó de inmediato, con la mano temblándole, y se quedó mirando cómo el médico volvía a entrar al quirófano, desesperado.
Diez minutos después, me sacaron cubierta por una sábana blanca. José habló con pesar:
—Señor Michaus, lo siento. Hicimos todo lo posible.
Las manos de Miguel temblaron al levantar la sábana. Se quedó mirando mi rostro pálido, sin moverse.
Luego dio dos pasos atrás, se desplomó en el suelo, hecho pedazos. Murmuraba una y otra vez, como un loco:
—No lo creo, no lo creo, no lo creo…
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