
Mi Suegra Copa F
Capítulo 2
La cosa fue así. Gracias a un compañero de trabajo conseguí tres pases para el balneario El Paraíso, y pensé en darles una alegría a mi novia y a mi futura suegra.
La mamá de mi novia se llama Rocío Andrade, tiene cuarenta años y es una mujer de belleza deslumbrante, madura y sensual, un auténtico bombón.
Tiene un cuerpazo, con curvas generosas por delante y por detrás, y suele usar vestidos entallados que se le pegan a las caderas y le marcan sin disimulo las nalgas redondas y respingadas, de esas que dan ganas de acercarse y manosear a gusto.
Por eso, en cuanto tuve los pases, la primera que se me vino a la cabeza fue doña Rocío. Con solo imaginármela en traje de baño, tan sensual y encantadora, me calentaba como loco. Pero Rocío no sabía nadar ni había ido nunca a unas aguas termales, así que todavía no tenía traje de baño. Así que Ximena, como buena hija, le compró uno en la entrada.
Cuando doña Rocío se lo puso, quedó claro que le faltaba una talla, y encima se veía de lo más provocativa. La tela, minúscula, no alcanzaba a cubrir aquel cuerpo de infarto, y mucho menos esos pechos enormes, que rebotaban con cada paso y parecían a punto de romper el traje en cualquier momento.
Y para colmo, las copas acolchadas eran demasiado delgadas y no ocultaban ni un poco los pezones erguidos; al contrario, los relieves se marcaban en la tela y dejaban volar la imaginación. Un calor sofocante me recorrió el cuerpo entero y no pude apartar la mirada.
Como doña Rocío era tan guapa y tenía ese cuerpazo, atraía las miradas de muchos hombres, y eso la incomodaba.
—Iván, Ximena, busquemos una zona con menos gente.
Apenada por tantas miradas, se llevó una mano al pecho para taparse y, sin querer, terminó hundiendo más el escote. Me miró de reojo, todavía más apenada.
Así que yo, muy atento, la ayudé con el problema. Elegí una piscina sola, la llamada “piscina termal de vino tinto”, y ahí nos metimos.
Pero ¿quién iba a imaginar que, apenas doña Rocío se metió al agua, el tirante del traje de baño se rompió?
Cuando se le bajó la parte de arriba del traje, vi cómo sus pechos descomunales saltaban libres.
¡Era todo un tsunami!
Sus pechos suaves cayeron sobre el agua con un chapoteo; la piel, mojada por el agua caliente, le brillaba y desprendía un aroma suave.
Me quedé boquiabierto y sentí que toda la sangre se me iba a un solo punto.
¡Qué enormes, qué blancas!
Me moría por acercarme y apretar con fuerza esos pechos copa F.
Doña Rocío gritó del susto, se tapó a toda prisa con las dos manos y se puso roja de vergüenza. Pero, aun así, no lograba cubrirse esos pechos imponentes.
—Ximena, ¿qué traje de baño compraste? ¡Qué mala calidad! —le reclamó doña Rocío sin poder contenerse.
—Mamá, no es que comprara algo de mala calidad, es que te queda demasiado chico. ¡Aquí no tienen tu talla! —explicó Ximena entre risas.
Y por si fuera poco, Ximena alargó la mano y le manoseó el pecho un par de veces, jugueteando con los dedos sobre las puntitas mojadas, hasta hacerla estremecer. Yo, de tanto mirar, sentí que se me disparaba el deseo y casi se me caía la baba.
—¡Mocosa! ¡No! ¡Tu novio te está viendo! —Doña Rocío le apartó la mano de un manotazo, entre apenada y enojada.
Ximena se tapó la boca para contener la risa y, mirándome fijo, me dijo:
—No espíes, ¿eh? Voy a comprarle a mi mamá otro traje de baño más elástico.
Dicho eso, se fue, y en la piscina nos quedamos solos doña Rocío y yo. Estaba que me volvía loco; me moría por verla, pero mi lugar de futuro yerno me frenaba y no me atrevía a propasarme.
Rocío se cubría el pecho con las dos manos, con las mejillas rojas, y bajó la mirada, sin saber dónde meterse. Ninguno de los dos sabía qué decir y, cuando el ambiente empezaba a tensarse, aparecieron tres tipos en la zona de aguas termales.
Asustada, doña Rocío terminó dándose vuelta y refugiándose en mis brazos. Aquello me encendió la sangre, mientras ella, todavía medio aturdida, ni siquiera reaccionaba.
Una mano pequeña, suave y tersa se deslizó bajo el agua y me agarró… Me estremecí de pies a cabeza y sentí que me faltaba el aire.
A doña Rocío se le escapó un “¡ay!” y por fin se dio cuenta; como si hubiera tocado algo hirviendo, lo soltó a toda prisa. Pero para entonces ya tenía las mejillas encendidas; hasta el cuello y las orejas se le pusieron rojos. Cerró apenas la mano, como si aún sintiera el tamaño de lo que acababa de tener entre los dedos, y empezó a mirarme de otra manera.
—Vamos para allá —dijo con la voz algo ronca, señalando el rincón—. Allá… estaremos más seguros.
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