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Portada de la novela Mi Muerte Fue Su Peor Castigo

Mi Muerte Fue Su Peor Castigo

Al casarse con el poderoso heredero Alberto Aguirre, Sandra no esperaba que él mismo la arrastraría a firmar el divorcio para complacer a su hermana adoptiva, Beatriz. Humillada por el entorno de su esposo y abandonada por sus propios hermanos —Jorge, Miguel y Ángel—, quienes la obligan a apartarse para no arruinar la felicidad de Beatriz, Sandra es forzada a retirarse. Sin embargo, en el peor momento de amargura, el sistema se reactiva para ofrecerle el retorno a su mundo real tras completar su misión. La farsa ha terminado y ella no volverá a jugar bajo sus reglas.
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Capítulo 1

Hacía muy poco que me había casado con Alberto Aguirre, el heredero de una de las familias más poderosas de la capital.

Y ahora, era él mismo quien me llevaba a firmar el divorcio.

Me quedé paralizada en mi sitio, mientras a mi alrededor sus amigos se burlaban de mí sin molestarse en disimularlo.

—Alberto, ¿de verdad te casaste con Sandra y ahora te divorcias solo porque te lo pidió Beatriz?

—¡Ja, ja! Miren cómo se quedó Sandra. No me vayan a decir que se va a poner a llorar.

Pero Alberto ya tenía rodeada por los hombros a su hermana adoptiva, Beatriz Cortes, y le habló con ternura:

—Ahora sí me vas a regalar una sonrisa, ¿verdad?

Beatriz dejó escapar una risita y, por primera vez, una sonrisa asomó en su rostro siempre frío.

Quise ir a pedir explicaciones, pero mis tres hermanos mayores me sujetaron con fuerza.

El mayor, Jorge Nogueda, presidente de una gran empresa, frunció el ceño.

—Beatriz solo sonríe cuando Alberto la hace reír. Ten un poco de vergüenza.

El segundo, Miguel Nogueda, un actor famosísimo, me empujó hasta tirarme al suelo.

—Su vida ya ha sido bastante desgraciada. Tú lo tienes todo; puedes vivir sin ese hombre.

El tercero, Ángel Nogueda, profesor de biología, endureció el gesto.

—Alberto siempre debió casarse con ella. Deja de interponerte entre los dos.

Me metieron a la fuerza en el auto y no me dejaron arruinarle el momento a la mujer a la que siempre habían puesto en un pedestal.

Entonces, el sistema, que llevaba muchísimo tiempo sin aparecer, por fin volvió a activarse.

[Anfitriona, se ha detectado que la misión ya fue completada. ¿Desea regresar de inmediato al mundo real?]

Sentada en el asiento trasero, contemplé la calle por la ventanilla con una amargura tan honda que casi me arrancó una carcajada.

La farsa melodramática que había mantenido para cumplir aquella misión por fin terminaba.

A partir de ese momento, ya no pensaba seguirles el juego en ese enredo de amores y rencores.

[¡Se ha detectado que el nivel de conquista de los hermanos Nogueda y del protagonista masculino ha alcanzado el 95 %! ¡La misión de casarte con Alberto se ha completado con éxito! ¡Felicidades, anfitriona, por completar la misión!]

[Cuando este cuerpo muera, podrás regresar al mundo real, recibir una recompensa de cien millones de dólares y curarte del cáncer óseo.]

Reprimí la euforia que me bullía por dentro.

¡Por fin iba a poder volver!

Jorge y Ángel se quedaron con Beatriz y mandaron a Miguel a llevarme de vuelta a casa.

Casi por instinto, giré a mirar a Miguel, sentado a mi lado. Desde que se subió al auto, llevaba el gesto sombrío y ni siquiera se molestaba en disimular su fastidio. Solo aflojó el gesto cuando recibió un mensaje de Beatriz y, por fin, sonrió.

Al notar mi mirada, bloqueó el celular de inmediato y frunció el ceño.

—¿Qué pasa? ¿Todavía no te resignas? ¿Sigues pensando en volver para fastidiarles la vida a Alberto y a Beatriz? Beatriz es más chica que tú y, además, ya ha sufrido bastante. ¿Por qué no puedes dejarla en paz de una vez?

Me clavé las uñas en la palma y esbocé una sonrisa cargada de ironía.

Si de edad se trataba, yo era incluso un año menor que Beatriz.

Quizá al verme tan pálida, Miguel soltó un suspiro.

—Por todo esto, discúlpate con Beatriz y deja de ser tan caprichosa.

Extendió la mano para acariciarme la cabeza, pero yo me aparté con suavidad y le pregunté:

—¿Por qué tengo que disculparme yo? ¿En qué me equivoqué?

La mano de Miguel se detuvo en el aire y su expresión se volvió impaciente.

—¡No seas desagradecida!

Cerré los ojos un instante. Aunque todo hubiera empezado como una misión, después de tantos años era imposible que no quedara algo de afecto. Hubo momentos en que de verdad me dolió su manera de tratarme.

Pero ahora, todo eso ya había terminado.

—Cuando termine la competencia de Beatriz, vendrás con nosotros a pedirle perdón.

Ya no le respondí.

Solo confirmé en silencio con el sistema:

[¿Entonces, en cuanto este cuerpo muera, podré regresar, verdad?]

[Sí.]

Exhalé despacio y observé los alrededores por la ventanilla.

Cuando estuve segura de que no iba a herir a nadie, quité el seguro, abrí la puerta de golpe y me lancé hacia afuera.

Miguel, que hasta entonces no había dejado de sermonearme, soltó un grito de espanto.

—¿Qué haces?

No le hice caso. Salté sin la menor vacilación. El viento helado me azotó las mejillas y una violenta sensación de ingravidez me recorrió el cuerpo.

Cerré los ojos con fuerza, sin sentir ni una pizca de miedo. Pero al segundo siguiente, sentí que alguien me rodeaba la cintura con una fuerza brutal.

Me vi atrapada entre unos brazos que me envolvieron mientras los dos salíamos despedidos hacia la maleza al borde de la carretera.

En medio del mareo y la sacudida, oí un gemido ahogado. Rodamos varias veces por el suelo hasta detenernos.

Quien me había sujetado quedó cubierto de arañazos y sangre por las ramas, mientras yo estaba ilesa.

Levanté la vista y me encontré con el rostro aterrorizado de Miguel.

Con voz serena, dije:

—Suéltame.

Miguel me miró como si no pudiera creer lo que veía y estalló furioso:

—¡Solo te dije un par de cosas! ¿Y por una tontería como esa te lanzas del auto? ¡De verdad te hemos consentido demasiado! ¿Otra vez querías llamar nuestra atención? ¡Deja de hacer teatro!

Lo ignoré por completo y fui apartando uno a uno sus dedos.

Me puse de pie y miré alrededor.

Entonces vi, a lo lejos, un auto negro que venía a toda velocidad en nuestra dirección.

—Esta vez me lanzo yo sola. Luego no te olvides de hacerte cargo de los daños del auto.

Después de soltar esas palabras, me abalancé hacia el auto.

—¡Sandra!

Miguel gritó mi nombre con desesperación, tratando de levantarse, pero ya era demasiado tarde.

Yo, en cambio, solo tenía una esperanza: morirme de una vez. Aunque al volver al mundo real tampoco me quedaría mucho tiempo de vida, no quería pasar ni un segundo más en este mundo.

El chirrido de los frenos me perforó los oídos. El auto negro se detuvo en seco.

Trastabillé hacia atrás un par de pasos y caí en brazos de Miguel, que se había lanzado sobre mí.

—¡Estás loca! ¡De verdad estás loca!

Con los ojos enrojecidos, me palpó el rostro y los hombros con manos temblorosas.

—¿Te golpeó? ¿Te duele algo? ¡Habla!

Otra vez seguía viva.

Bajé la mirada, decepcionada hasta el fondo.

Entonces mis ojos se detuvieron en la pierna de Miguel.

La pernera del pantalón ya estaba completamente empapada de sangre. Era evidente que la herida no era leve, y la sangre seguía manando sin parar.

De haber sido la de antes, yo ya estaría llorando desconsolada, deseando haber podido ocupar su lugar.

Pero ahora solo aparté la mirada con indiferencia.

—¿Qué pasa? ¿Hasta para morirme necesito la aprobación de ustedes?

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