
Mi íncubo desobediente
Capítulo 5
Parecía que mi devoción sin límites de esos últimos días le había hecho olvidar lo más básico: que su razón de ser era servirme a mí.
No se suponía que debía estar ahí parado, fingiendo que me hacía un favor por pura lástima o caridad.
Le cerré la puerta en la cara con un golpe seco, sin gastar una sola palabra más en él.
Sentí que se quedó ahí afuera una eternidad. Fue recién entrada la madrugada, entre sueños, cuando por fin escuché sus pasos alejándose.
Los días siguientes, Diego parecía otro. Empezó con un jueguito de seducción constante, intentando provocarme con roces sutiles y buscándome todo el tiempo. Se notaba que estaba desesperado por llamar mi atención.
Al ver cómo su cara se ponía cada vez más pálida, supuse que debía estar muriéndose de hambre.
Pero yo ya le había hecho la cruz. Simplemente me dediqué a ignorar sus indirectas, fingiendo que no entendía sus señales.
El nuevo íncubo llegó el lunes.
Mi padre se había ido temprano a trabajar, mi abuela estaba en sus clases para la tercera edad y mi madrastra se había ido de compras. La casa estaba prácticamente sola.
En cuanto abrí el paquete, un hombre me recibió con una sonrisa radiante y unos ojos que parecían brillar con luz propia. Fue un flechazo directo al corazón.
Sus ojos se iluminaron de golpe al verme, con una chispa que me dejó claro lo mucho que me esperaba.
—Buenos días, ama. Mi nombre es Iván y es un verdadero placer estar a su servicio.
Tragué saliva. ¡Esto era exactamente lo que yo quería!
Ese asesor de ventas se había lucido. Decidí que, en cuanto tuviera un segundo, le dejaría una reseña de cinco estrellas.
Empecé a darle vueltas a Iván, admirándolo, y de vez en cuando estiraba la mano para tocar sus músculos. Él se quedaba ahí, quietito, dejándose querer y permitiendo que yo lo tocara con total libertad.
De pronto, escuché un alboroto en la planta alta. Me sorprendió el ruido, así que dejé mis impulsos para después y subí a ver qué pasaba.
Iván me siguió obediente, como un guardaespaldas fiel.
La voz de Raina salía de la habitación de Diego.
—Diego, ¿te peleaste con Fiona? He notado que te ves cada vez más demacrado. Me puse a investigar en el manual y parece que, si duermen separados, no puedes saciar tu hambre, ¿verdad?
Mi querida hermanastra por fin sacaba las garras. Me apoyé contra el marco de la puerta para disfrutar del espectáculo.
No alcanzaba a ver qué pasaba adentro, pero escuché la voz de Diego, que sonaba bastante alterada.
—Raina, no hagas esto, por favor... Yo soy de tu hermana... Si se entera, se va a poner mal.
Raina respondió con la voz entrecortada, casi sin aliento.
—Pero es que tienes mucha hambre... Yo solo quiero que estés bien, Diego...
No pudo terminar la frase. Diego la empujó hacia afuera de la habitación.
Ambos estaban forcejeando cuando me vieron ahí parada. El tiempo se detuvo y el silencio se volvió sepulcral.
Raina tenía la ropa toda desordenada. Me miró con los ojos como platos, sin poder creérselo.
—Hermana... ¿qué haces tú aquí?
Diego estaba pálido como un muerto y tenía una mancha de labial de Raina en la mejilla.
—Fiona, no es lo que parece, te juro que yo no...
Sacudí la cabeza con total indiferencia.
—No te preocupes, no me molesta en absoluto. De hecho, te equivocas en algo: ya no eres mío porque ya estás devuelto.
Iván, que estaba justo detrás de mí, dio un paso al frente. Seguía con esa sonrisa encantadora y radiante, pero sus palabras fueron letales.
—Diego, número de serie 0201, ¿cierto? Mucho gusto. Yo soy Iván, el 0204. Para ser un íncubo, te falta mucha ética profesional. El gerente me pidió informarte que tu contrato ha sido transferido al mío por completo. Ya puedes retirarte.
Su sonrisa se ensanchó mientras disfrutaba de ver cómo el rostro de Diego se desfiguraba por el horror.
—Eres simplemente un producto defectuoso que le dio una experiencia mediocre a su dueña.
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