
Mi ex novia, su esposa, mi amante
Capítulo 2
Sin decir más, me di la vuelta y me alejé. Pero Lucas me gritó a mis espaldas, con mucha arrogancia:
—No importa cuánto tiempo lleven juntos, lo que cuenta es que una mujer acepte casarse contigo. Ahora ella es mi esposa, así que mejor no te le acerques.
No me detuve. Mantuve la espalda bien recta y caminé hacia casa fingiendo que nada me afectaba.
Ivana ya estaba ahí cuando llegué. En cuanto me vio entrar, se le iluminó la cara con esa sonrisa y abrió los brazos para recibirme, como si nada.
—Mi amor, ya volviste.
Me hice a un lado por instinto para esquivarla.
Ella se quedó ahí, con los brazos al aire y una cara de total desconcierto. Me fijé en lo que traía puesto. No era el mismo vestido con el que había salido esta mañana.
—Veo que te cambiaste de vestido.
Esa confusión en los ojos de Ivana se transformó en culpa en un segundo. Sonrió y se apresuró a inventar una excusa:
—Ay, es que se me cayó el café encima por accidente, así que tuve que pedirle a mi asistente que me trajera otro. Pero no te preocupes, en cuanto esté limpio lo voy a guardar como un tesoro. Después de todo, es el diseño que hiciste exclusivamente para mí.
¿De verdad se había manchado con café? Seguro pasó mientras estaba con Lucas.
El asco que apenas había logrado contener en el camino regresó de golpe. Estuve a punto de echarle en cara su mentira en ese mismo instante.
Pero al recordar que me iría en dos días, ¿qué sentido tenía armar un escándalo?
—Está bien, como quieras.
Ivana me miró con mucha ternura:
—¿Por qué siento que hoy no estás de humor? ¿Quién hizo enojar a mi vida? ¡Dime para ir a darle su merecido! ¿O prefieres que te lleve a cenar algo rico para que te sientas mejor?
Después de seis años juntos, nos conocíamos de memoria.
Ella notaba de inmediato si algo me pasaba.
Antes, yo siempre cedía ante sus mimos. No importaba qué tan mal me sintiera, ella lograba animarme enseguida.
Pero ahora no sentía absolutamente nada. Apenas iba a abrir la boca para contestarle cuando le empezó a sonar el celular.
Como estábamos cerca, alcancé a ver el nombre en la pantalla: Querido.
No hacía falta ser un genio para saber que era Lucas.
En cuanto colgó, Ivana me miró con cara de pena:
—Marcos, mi amor, surgió un imprevisto en la oficina que tengo que resolver ahorita mismo. No te muevas de aquí, ¿sí? De regreso te traigo ese pastelito que tanto te encanta.
Salió a toda prisa antes de que yo pudiera decir palabra.
Solté una sonrisa amarga y, en absoluto silencio, empecé a hacer mis maletas.
Al ver que tres maletas no bastaban para todo, se me nubló la vista.
En estos seis años, Ivana siempre encontraba la manera de darme gusto cuando me veía triste.
Desde un simple antojo de la calle hasta relojes caros o corbatas. Eran tantos recuerdos acumulados que ya hasta perdí la cuenta.
En todo este tiempo, todos pensaron que ella me amaba con locura, y yo también estaba convencido de eso. ¿Pero cuándo fue que este amor empezó a echarse a perder?
¿Habrá sido cuando la ropa que le regalé, las tazas que hice a mano y las joyas que elegí con tanto cuidado empezaron a desaparecer?
¿O cuando se le pegó tanto a Lucas y me veía la cara una y otra vez con el cuento de que si el trabajo, que si las juntas o los dichosos viajes?
¿O tal vez fue mientras me bajaba el cielo y las estrellas planeando una boda de ensueño, al mismo tiempo que se revolcaba con Lucas y organizaba su boda por el civil a mis espaldas? Me estaba convirtiendo en "el otro" de mi propia relación y yo ni cuenta me daba.
No es que no hubiera pensado en enfrentarla. De camino a casa tenía mil reclamos en la cabeza, pero al final preferí callar.
Ya no tenía caso, todo se había terminado.
Hice una llamada:
—Me voy del país en tres días. Quiero que manden un arreglo de flores enorme a la boda de Lucas. En la tarjeta pon: Felicidades a la señorita Ivana y al señor Lucas por su unión eterna. Y fírmala con mi nombre.
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